Convengamos una cosa: la pantalla de un ordenador no es la página de papel de un libro y aquello a que llamamos libro o capítulo o, incluso, artículo en Internet no es, propiamente hablando, ni libro, ni capítulo ni artículo, aunque por comodidad e inercia nominalista lo sigamos haciendo, quizás, también, porque todavía no sepamos cómo denominar a un nuevo contenedor, a un nuevo medio, literalmente ilimitado. Si hacemos caso a
McLuhan -al menos en lo que era irrebatiblemente cierto-, y si el medio es indisolublemente y al mismo tiempo el mensaje -contribuye a dotarlo de un significado distinto de acuerdo con la morfología que las distintas composiciones le atribuyan-, no cabe sino colegir que ya leemos, creamos y comprendemos de una manera muy distinta a la que los libros nos enseñaron.

Como no parece que se trate, simplemente, como propone la caricatura superior, de superponer una pantalla vacía sobre un libro tradicional -como si se pudiera seguir leyendo, por tanto, de la misma manera que antaño, como si la textualidad y las normas de lecturabilidad y legibilidad fueran equivalentes-, conviene plantear una seria reflexión sobre los cambios inevitables que la lectura en pantalla entraña, sobre lo que leer en la era tecnológica significa. El hecho de que sobre cada página de un libro en papel gravite el conjunto de la obra y que esa conclusión formal inevitable determine el tipo de lectura que practiquemos y el significado que se extraiga de los textos, se diferencia radicalmente de un tipo de lectura abocada a la fragmentariedad que la agregación de los diversos trozos de texto determina. En un libro en papel se lee la totalidad; en una pantalla se lee, se entrevé, a penas una fracción del todo.
Puede que eso sea lo que haya llevado a
José Lino Barrio a organizar un curso extenso y atiborrado de sugerentes propuestas y charlas sobre esta cuestión titulado, precisamente, así:
La lectura en un mundo tecnológico. Leer mejor, en la esperanza, seguramente, de que seamos capaces de sacar conclusiones y realizar propuestas para garantizar a los jóvenes una doble alfabetización que les permita conservar las competencias cognitivas asociadas a la lectura "tradicional" y adquirir con consistencia las ligadas al nuevo entorno virtual.

Me cabe el privilegio de intervenir el próximo jueves en un curso que comienza este próximo lunes. Mi charla lleva como título
Fedro ante la pantalla, y pretendo seguir profundizando -como un berbiquí o una tuerca que siguiera dando vueltas sobre sí misma hasta alcanzar mayor profundidad y solidez- hasta intentar dar con las claves de un fenómeno transcendental, como es el del cambio de hábitos lectores o, lo que es lo mismo, como es el del cambio probable del funcionamiento mismo de nuestro cerebro.

Nos vemos en Cuenca, en una sala atiborrada, seguramente, por legiones de lectores digitales -la vanguardia de la lectura- de este blog.