Enviado el jueves, 12 de junio de 2008 5:55
Uno acumula a lo largo de su vida centenares o miles de libros, en la vana esperanza de poder leerlos en alguna ocasión o de que por una suerte de ósmosis parte del conocimiento almacenado en sus páginas quede prendido en nuestras manos. Cuando uno desaparece, la biblioteca suele convertirse en una pesada herencia de la que los herederos, con buen criterio, tratan de deshacerse, rentabilizándola, en el mejor de los casos, malvendiéndola, en el peor. Cuando no hay herederos, sin embargo, pueden existir otros agentes que se encarguen de fragmentarla.
Adrian McKinty, un periodista de The Times, visitó hace poco la casa que Hemingway ocupó en Cuba, Finca Vigia. aquella legendaria estancia que poseyó entre los años 1939 y 1960, el sitio donde escribió alguna de sus obras fundamentales y donde acumuló, como era previsible, buena parte de su biblioteca, unos 1000 libros "entre los que se encuentran las obras completas de Mark Twain, Honorato de Balzac, Benito Pérez Galdós, y otros clásicos de la literatura universal", como describe la página oficial.

La escasez y la necesidad se compadecen mal con la conservación bibliográfica, esa es la conclusión principal del reportaje de McKinty, porque los agentes que le acompañaron en su visita no tuvieron reparo en proponerle un intercambio ventajoso: "
The secret policeman frowned. “A hundred dollars, Scotsman,” he said. “For an
admirer of the great Hemingway that is nothing. Any book in the library for
a hundred dollars. Fifty English pounds”. 200 $ por un libro de la biblioteca de Hemigway, firmado y dedicado en muchos casos por sus autores originales, como el que el periodista sostuvo temblando entre sus manos,
El guardián entre el centeno, con una inscripción que decía: “Ernest, here’s remembering that time we spent liberating the Ritz bar, your buddy, Jerry".

El agente, incrédulo, y creyendo que el rechazo inicial del visitante no era más que una maniobra de regateo, insistió en la propuesta, planteando incluso una rebaja de sus aspiraciones inciales.
“Please understand, I’m not trying to haggle with you, I just don’t want to do
it. Thank you for the offer but I really don’t want to take one of
Hemingway’s books", contestó finalmente el periodista inglés, poniendo fin a la porfía y, también, a la posibilidad de hacerse con uno de esos inestimables ejemplares.

Esta mañana me he levantado ponderando la fugacidad del tiempo, de la vida y de las bibliotecas que dejamos a nuestro paso por el mundo, como una estela o un testimonio de esa huella efímera que se irá descomponiendo poco a poco. Será, seguramente, porque ayer cumplí años...