La industria editorial y los editores, dice el influyente semanario internacional
The Economist, están realmente preocupados por el auge de las nuevas tecnologías y por la manera en que eso está afectando a sus certezas tradicionales, a los fundamentos incuestionables de la industria, así reza el subtítulo del artículo aparecido a finales de la semana pasada,
Unbound. Publishers worry as new technologies transform their industry. La cuestión que cabría platearse, sin embargo, es, más bien, cómo es posible que no se hayan renovado antes, cómo es posible que un negocio industrialmente obsoleto, siga persistiendo en su manera extremadamente ineficiente de trabajar, cómo es que no ven en las posibilidades que las nuevas tecnologías abren la posibilidad de reinventarse.


Es posible que, ahora más que nunca, las promesas incumplidas de las nuevas tecnologías más al alcance se vean, o se presuma que sus efectos serán ya insoslayables. No es solamente que el libro electrónico siga pujando por sustituir al menos una parte de lo que el papel todavía hace -puja que todavía durará tiempo, sumergidos como están los postores en una guerra de formatos que no da clara ventaja a ninguno de ellos-; no es simplemente que en el ámbito científico y profesional la digitalización de los contenidos y su difusión por diversos canales virtuales haya sustituido ya en buena medida al papel; no es, meramente, que las obras de referencia y consulta hayan descubierto todo su potencial de concordancias, correspondencias y correlaciones gracias a las nuevas tecnologías; no es, únicamente, que los formatos proliferen y los libros se compartimenten, dando al traste con la noción de obra única y autocontenida. Todo eso ya lo sabíamos y lo hemos discutido hasta la saciedad en diversas entradas de este blog y otros muchos.

La noticia es que
The Economist se hace eco de ese cambio ineludible y constata que los editores no están preparados para la renovación, aferrados a sus certezas tradicionales, a sus inercias analógicas o a su ofuscación selectiva, seguramente perdidos en un bosque de libros que no les deja ver el ejemplar único. Como un faro arrojando sombra a la oscuridad se representan así mismos los socios o componentes de
Digicom, la primera asociación internacional de impresores digitales que, constituida en la
DRUPA alemana (que cierra pasado mañana sus puertas), pretende poner de manifiesto que ha llegado la hora de la verdad: ¿cómo es posible? -discutía hace pocos días con uno de los
profesionales más acreditados de la industria española- ¿que la industria editorial siga prefiriendo realizar tiradas desmedidas cuando sabe de manera fehaciente que no las va a vender, siga soportando el coste corrosivo de las devoluciones, almance cantidades exorbitantes de libros inmovilizados para siempre y cargue con los costes del inmovilizado que todo eso representa? La respuesta no es sencilla, pero parece que tiene dos protagonistas, dos responsables: la propia industria gráfica, que ha seguido inventando al margen de los intereses de sus clientes; la industria editorial, ensimismada en sus certezas, sin deseo de correr riesgo alguno. ¿Qué problemas técnicos existirían hoy? -pregunté a mi amigo- ¿para que los grandes grupos adquirieran máquinas digitales que colocaran en puntos estratégicos del territorio o en determinadas cadenas de librerías para abastecer puntualmente a quien lo necesitara, financiándolo directamente o por
leasing, y evitando las devoluciones, el almacenaje, etc.? Ninguno, hoy en día ninguno. Dentro de diez años eso será una realidad -me contestó, más o menos.

Amazon, de hecho, ya ha entrado en una competención similar, porque no le basta intentar monopolizar la venta de contenidos para su soporte electrónico dedicado sino que, además, previendo que el negocio no decrecerá, pretende obligar a todos sus proveedores a que sus libros se
impriman digitalmente en su propia empresa,
BookSurge. Más allá de si su actitud representa o no una práctica monopolística, lo cierto es que apunta en el sentido en el que la industria editorial, lo quiera o no, tendrá que moverse. Y no olviden desencuadernarse y digitalizarse...