Esta tarde
Jorge Herralde impartirá la conferencia inaugural de la
Feria del Libro de Madrid, un elogio de su andadura histórica, segrún reza el título, y recibirá el
Premio Leyenda, que le han otorgado los
libreros madrileños. La Editorial Anagrama, uno de los sucesos más importantes de nuestra cultura en las últimas cuatro décadas -falta un año, si mis cuentas no son desacertadas, para que cumpla los 40 años de vida y de gloria literaria-, merece ser ensalzada y, más aún todavía, quien ha sido su artífice y forjador, Jorge Herralde.

Todos tenemos nuestros mitos editoriales y yo soy todavía demasiado joven (¡!) para que Barral fuera el mío, así que admito que reconozco en Herralde la hechura más consumada del editor, el empeño más sostenido y clarividente, el trabajo más elaborado y pertinaz. Hay otros, qué duda cabe, y entre mi santoral se encuentran Beatriz de Moura, Manuel Borrás y Luis Suñén, pero debo reconocer que como hace ya algunos años tituló la extraordinaria revista
Livres Hebdo, para mí Herralde es "el último de los grandes".

Sus primeros libros nacieron en el año 1969 y un año después, en 1970, metido ya de lleno en las primeras esperanzas de la transición, fundó una distribuidora, Enlace, junto a un grupo de sellos editoriales señeros de los cuales todavía existe, bajo la sabia dirección de Beatriz de Moura, Tusquets. Para quienes hemos sido y seguimos siendo lectores del sello Anagrama, apreciamos diferencias que bien pueden tener que ver con los vientos políticos que corren en cada época, y en esto Herralde es consecuente con su dictamen, porque en más de una ocasión le he oído decir que el editor no debe ser otra coas que un termómetro de su tiempo: tengo en mis estanterías todavía bastantes "Cuadernos Anagrama", en colores verdes planos con tipografías blancas, en formato de bolsillo y fabricado en un papel barato y encolado, libros que recogían a un tiempo la osadía de las ideas políticas que pretendían propagar y la inexperiencia editorial de quien las comenzaba a publicar. Yo recuerdo haber comprado cosas que hoy serían, simplemente, inhallables: las
Cuatro tesis filosóficas de Mao Tse-Tung;
Materialismo y empiriocriticismo, de Lenin;
El marxismo y la cuestión nacional, de Stalin. Pero esos títulos serían inencontrables no sólo porque estarían todos agotados, sino porque la sociedad en su conjunto está ya agotada de ellos, y más aún su editor, al que seguramente, a estas alturas, no se le ocurriría incluir en su colección "Argumentos" ningún título con un tufo similar.

"Contraseñas" fue, también, una colección gamberra, libertina, que anticipaba el diseño de los libros de "Panorama de narrativas", aunque con el fondo blanco y la ilustración central en colores vivos y llamativos. Desde 1973, si no tengo mal entendido, Tom Wolfe y los nuevos periodistas abanderaron esta colección preclara, con títulos que seguramente ni el mismísimo Herralde se atrevería ahora a publicar:
A la rica marihuana y otros sabores o
El libro de la Yerba, entre otras floridas obras.

Mucha entereza y profunda vocación editorial hay que tener para soportar el calvario del dinero (o su falta) y la censura, aunque también es verdad que en aquellos felices años 70 todo estaba por publicar -al menos, así se lo he oído yo asegurar a Beatriz de Moura-, y aun con angosturas y reveses, la aventura de la edición debió vivirse como un viaje intelectual sin precedentes, como una posibilidad real de intervención en la realidad.
En los años 80 (1981, creo, exactamente), Herralde dio rienda suelta a su estricta vocación literaria poniendo en marcha la colección "Panorama de narrativas", que José Manuel Lara llamaría "la peste amarilla", jugando con el color de sus cubiertas y con la extraordinaria capacidad de contagio de la colección. Sus primeros títulos anunciaban su vocación internacional y la audacia de su propuesta: Jane Bowles, Ruggero Guarini, Grace Paley, Joseph Roth, Thomas Bernhard, etc. A esos platos para paladares exquisitos, le segurían salvavidas literarios, con la "armada Highsmith" y, cómo no, con el patrón de los necios, John Kennedy Toole, que le darían un balón de oxigeno para apuntular su catálogo y su proyecto editorial.

Dejo la historia y me sitúo en su frondoso y suculento presente, en su indeseable absorción futura: los veinte primeros años de Anagrama estuvieron pegados a la ebullición política de los tiempos y sus libros sonaban como granadas de mano; los ensayos de Anagrama hoy invitan al análisis, el pensamiento y la reflexión, al más exigente ejercicio del razonamiento ponderado y bien fundamentado, seguramente porque nadie admitiría, en una democracia asentada, que fuera de otra forma; su literatura, por otro lado, es el ramillete más esplendente y diverso de las narrativas del mundo. Tan es así, que después de 40 años de oficio y una editorial con miles de millones de facturación, sigue ejerciendo de avistador de piezas que otras editoriales o grupos editoriales acaban levantándole.
Tantos años de trabajo y tan cercano un retiro dilatado, han dado lugar a toda clase de especulaciones sobre su sucesión. El hecho de que haya firmado un
acuerdo de distribución recientemente con Planeta -con la ilustrada mano de Gonzalo Pontón por debajo- y que haya bautizado a esa asociación con el nombre de la pretérita Enlace (Distribuciones Enlace, se denomina ahora), hace prever un paradójico relevo, comprensible porque el precio de su cartera de derechos resultaría simplemente inasequible para ningún otro grupo editorial, chocante porque después de sostener el banderín de la independencia durante cuatro décadas, tendrá que entrar finalmente en el
Fuerte para entregar las tropas.

Apegado a las
certezas de papel que Gutenberg le dio, predigital en sus convicciones porque de nada le serviría a estas alturas pensar de otra manera, es una leyenda viva de la edición en España e Iberoamérica, y quienes hemos tenido la suerte de aprender y disfrutar de su trabajo, queremos sumarnos hoy al homenaje merecido que se le concede elogiando su obra, que no es otra cosa que ese dilatado, frondoso y exuberante catálogo del que es autor.