Hoy comienza en Alemania la mayor feria mundial de la impresión, la famosa
DRUPA. El contenido de esa feria, aparentemente dirigida a los profesionales de las artes gráficas y la producción, deberían interesarnos a todos aquellos que nos dedicamos al libro y pretendemos barruntar su futuro, porque no conviene olvidar que la revolución que precedió a la digital fue la de la imprenta y que de lo que se trató, sustancialmente, en aquel momento, fue de sustituir un modo ineficiente de producción -el de la copia a mano a partir de los
exemplares de los textos canónicos-, un modo de producción caduco, por una modalidad más rápida, fiable y económica de fabricación del libro. Después de cinco siglos de imprenta, y que me perdonen la imprudencia los expertos, es posible que convenga reinventar a Gutenberg.
Roll over Gutenberg -Reinventando a Gutenberg, me permito traducir de manera algo más libre y poética que el más literal
Dando la vuelta a Gutenberg- es un libro fabricado digitalmente que trata de la historia de la imprenta y de su transición de la reproducción mecánica a la reproducción digital. Desde la perspectiva del lego que soy, las novedades que la Feria anuncia son, esencialmente, las siguientes: CTPs que cargan varios tamaños diferentes y procesan un mayor número de planchas; máquinas Offset de hoja de mayor capacidad, más veloces, con más cuerpos, capaces de realizar cambios de plancha en tiempos aún menores, mejor coordinadas gracias al uso del estándar JDF para la gestión de los flujos de trabajo, más respetuosas con el medioambiente; máquinas de offset de bobina de formatos más grandes, que realizan cambios más rápidos y que tienden a ocupar espacios del mercado con tiradas inferiores a las que hasta hace unos pocos años eran concebibles.

Es cierto que todas esas y muchas otras novedades que no soy capaz de vislumbrar, estarán presentes en la feria pero la pregunta que me gustaría formular, que desearía saber contestar, es: ¿en qué contribuye ese aparatoso despliegue industrial a que la ineficiencia estructural de la industria editorial mejore? ¿no es ese esfuerzo renovador un intento de salvaguardar la pervivencia de la industria de artes gráficas más que una verdadera reflexión sobre las incoherencias de un modelo de producción editorial todavía anclado en un mundo predigital? Es cierto que
Benny Landa auguró en el año 1993 que en diez años (en el 2003), todas las imprentas serían digitales, pero también es verdad que ese cambio no se ha producido completamente por razones ajenas a la lógica unívoca de la tecnología: la amortización de los parques de máquinas de offset de muchas empresas exigen bastantes más años de uso; la entrada en el mercado de otros países (China, Rumanía, Brasil, Singapur) con descuentos superiores al 30%, han forzado a las empresas tradicionales a bajar los precios hasta niveles de hace 15 años, un umbral que, paradójicamente, hace todavía competitiva a la industria offset frente a la digital en tiradas por encima de los ¡200! ejemplares. También es verdad que los nuevos lenguajes de la industria gráfica (
JDF) permiten un control mucho más exhaustivo de los procesos de trabajo y, en consecuencia, abaratamientos progresivos en la producción, rebajas que acercan de nuevo los umbrales de precios del offset y de la impresión digital.

Aún con todo, sostengo que persiste el crecimiento imparable de las novedades editoriales motivado, sobre todo, por la necesidad de financiar ese ciclo endiablado de las devoluciones que gangrena el sistema editorial en su conjunto, que el ritmo al que se lanzan al mercado exige, en consecuencia, plazos más estrechos de producción, que las tiradas medias siguen decreciendo (porque nadie confía ya en su pervivencia en las librerías, causada por la misma inflación de novedades, de nuevo un círculo vicioso inmanejable), que las ventas no ascienden o, si lo hacen, son absorbidas por el crecimiento paralelo de la inflación, que la lectura quedó estancada hace muchos años y no parece que vaya a prosperar, que las devoluciones son abundantísimas y que, además de cargar con el pago de esas restituciones, los editores tienen que soportar los gastos de almacenamiento y, claro, el inmovilizado material que constituye un exceso de tirada inamovible, que aún así casi todo está agotado o descatalogado, con la consiguiente frustración del lector, del comprador que podría contribuir a apuntalar la supervivencia de la industria editorial... En fin, que no termino de comprender por qué no acabamos de reinventar a Gutenberg e implantamos, como tantas veces ha reclamado
Jason Epstein, una
impresión digital distribuida en los puntos de venta que sobrepase el incomprensible y obsoleto funcionamiento del ciclo de vida de un libro, de la industria editorial en su conjunto. En un artículo titulado
Books@Google, en
The New York Times Review of Books, Epstein decía:

"Espoleados por la iniciativa de Google y por los bajos costes y altos beneficios, por el ámplisimo alcance que puede tener la distribución digital sin intermediaciones, los editores y los detentadores de la propiedad intelectual deben superar definitivamente su inercia histórica y acordar, como han hecho los editores de las compañías discográficas, la comercialización de sus títulos en formato digital para ser leídos online o, más probablemente, para ser impresos bajo demanda en el punto de venta, en cada caso por una cantidad similar al coste y beneficio habitual del editor y a los beneficios que el autor deba recibir en función del contrato que haya firmado, creándose por tanto, por primera vez en la historia de la humanidad, la posibilidad teórica de que cualquier libro publicado en cualquier lengua estará disponible para cualquier persona en la tierra que tenga acceso a Internet".
Reinventamos a Gutenberg, cuanto antes.