Kant se prende fuego es el título original de la única novela de
Elias Canetti, título que finalmente, en alemán, en el original, pasó a ser
Die Blendung, algo así como
El deslumbramiento, que más tarde sería universalmente traducido al español como
Auto de fé, seguramente con la intención de realzar el carácter expiatorio y purificatorio que el fuego tienen (aunque me estoy adelantando al final...).
Auto de fé fue una novela que Canetti publicó, tan solo, con 25 años, y a esa edad -corría el año 1936- ya había descendido a alguno de los más irresolubles antagonismos de la naturaleza humana: el intelectual apartado del mundo y la proletaria ávida de dinero; el poder absoluto, vigilante, y el rebaño de pérfidas marionetas obedientes que muchas veces somos los seres humanos; el placer de la soledad y la erudición compartida con los libros o la ostentación pública y desvergonzada de la sumisión y la ignorancia.

Es posible que Kien, el protagonista, el sinólogo replegado sobre sí mismo, una cabeza tan repleta de conocimientos como ajena al mundo que lo rodea, sea el precipitado de todas las fuerzas antagónicas que enumeraba antes, más unas cuantas más presentes en la novela: absorto en las complacencias que la erudicción procura, rodeado literalmente de libros por cuanto en su casa no existen ya paredes, completamente recubiertas de volúmenes hasta donde la vista alcanza, es cautivado por su ama de llaves, su figura antagónica, Teresa Krumbholz, que espera heredar la supuesta fortuna del profesor por medio de esta unión de conveniencia; el grupo de desmadejados amigotes de Kien, con los que se encuentra casualmente, una colección de subalternos que se comportan como títeres del poder, trasunto del auge del nazismo y del silencio cómplice y feudatario del pueblo alemán; su pasión irrevocable y pródiga por los libros, tesoro de conocimientos, reposo del sabio, "lumbre del corazón, espejo del cuerpo, confusión de vicios, corona de prudentes, diadema de sabios, honra de doctores, vaso lleno de sabiduría, compañero de viaje, criado fiel, huerto lleno de frutos, revelador de arcanos, aclarador de oscuridades", como establece el
Codex miscellaneus del siglo XI.

Es posible que en el fondo de esta novela estén deambulando todas esas tensiones personales y políticas -de hecho, parecería, en este sentido, el primer capítulo de su inmensa y posterior
Masa y poder-, pero yo preferiría quedarme a solas con Kien y recuperar el pleno sentido del título original,
Kant se prende fuego, porque todo bibliómano ha pensado alguna vez en consumirse en un pira de fuego purificadora junto a sus libros, en un acto de plena y final entrega a sus compañeros más fieles, destino sólo aparentemente trágico porque, en realidad, representa el último trance de entrega y consumación.

Kien, harto de su debilidad ante su odiada ama de llaves, vampiresa de sus recursos monetarios, y ante el atolondrado e incriminatorio comportamiento de sus supuestos amigos, acosado como un perro en un callejón por una policía que es la encarnación del poder sin rostro, decide inmolarse con sus libros, sus devotos compañeros: "Los libros van cayendo al suelo desde los estantes. Kien los recoge con sus largos brazos. Muy suavemente, para que no lo oigan desde afuera, traslada pila tras pila al vestíbulo y va amontonándolas contra la puerta de hierro. Mientras el salvaje ruido le destroza el cerebro, construye con sus libros un sólido parapeto. El vestíbulo se va llenando de volúmenes. Por último recurre a la escalera. En poco tiempo llega al techo. En el estudio, los anaqueles lo amenazan con sus fauces abiertas. La alfombra empieza a arder frente al escritorio. Se dirige al cuartito del fondo, junto a la cocina, y saca todos los diarios viejos. Va separando hoja por hoja, las arruga, apelotonándolas, y las tira a los rincones. Instala la escalera en el centro de la pieza, donde antes estaba. Se sube al sexto peldaño, vigila el fuego y aguarda. Cuando por fin las llamas lo alcanzaron, se echó a reir a carcajadas como jamás en su vida había reído..."