El archifamoso cuadro de Magritte titulado
Ceci n'est pas une pipe ponía de relieve, entre otras cosas, la distancia insalvable que existe entre la representación y lo representado, la traición esencial que supone intentar remedar de manera verosímil la realidad mediante una imagen o una descripción, el carácter de mentira inmanente, por tanto, que toda recreación tiene. En algo así consistía, dicho mucho mejor, el discurso de ingreso de Javier Marías en la Real Academia,
Sobre la dificultad de contar.

Todo este preámbulo viene a colación porque me parece que uno de los principales problemas al que nos enfrentamos es el de saber qué es un libro en la era de los soportes electrónicos, a qué podemos o debemos llamar propiamente libro, cuál es la definición más apropiada para una realidad antes autocontenida y encerrada en unos límites físicos perfectamente distinguibles, con un perímetro tangible, que hoy, por mediación de los soportes electrónicos, ha quebrado sus contornos y se ha expandido hasta convertirse en una flujo o en un fluído de contenidos encadenados que conforman un libro inacabable.

Algunos están en franco desacuerdo con la definición que la nueva
Ley del Libro proporciona y prefirían que la representación del libro que suministra distara tanto de la realidad -como en el cuadro superior, en el que un cepillo de dientes pretende suplantar a la pipa que no es-, que no cupiera duda alguna (Libro: obra científica, literaria o de cualquier otra índole que constituye una publicación unitaria en uno o varios volúmenes y que puede aparecer impresa o en cualquier otro soporte susceptible de lectura. Se entienden incluidos en la definición de libro a los efectos de esta ley los libros electrónicos y los libros que se publiquen o se difundan por Internet o en otro soporte que pueda aparecer en el futuro, los materiales complementarios de carácter impreso, visual, audiovisual o sonoro que sean editados conjuntamente con el libro y que participen del carácter unitario del mismo, así como cualquier otra manifestación editorial). Yo soy de los que sostengo, en contra, que es lo suficientemente vaga y valiente para dar cabida a una realidad cuya metamorfosis excede los límites formales conocidos.

La editorial
DQ Books, por ejemplo, nos propone un tipo de
libros que, tecnológicamente, consisten en una película flash que alberga dobles páginas con fotos impactantes y una banda sonora incrustada que suena como telón de fondo de esa nueva experiencia lectora. No son, propiamente hablando, libros, ¿o quizás sí?
Roger Chartier, el maestro francés, nos advertía hace ya bastante tiempo, de que uno de los principales problemas al que deberíamos enfrentarnos para comprender la transición de los soportes que ahora está sucediendo es que no disponíamos todavía de las categorías intelectuales necesarias para percibir los nuevos soportes como libros o, dicho de otra manera, que nuestras categorías perceptivas están indisolublemente ligadas a un medio concreto -el papel y sus diversas manifestaciones- y a la forma en que ese medio compone y transmite los significados. Los nuevos soportes propician, además, una experiencia lectora completamente diferente, ajena por completo al recogimiento silencioso y ensimismado que le lectura tradicional favorece, al generar un entorno en el que nuevos sentidos se ven comprometidos.

No es una discusión bizantina, por complicada que pueda parecer, sino un hecho que se pone de relieve cuando, como en el caso de DQ Books, nos enfrentamos a algo que parece un libro aunque realmente no lo sea o, quizás, sí...