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miércoles, 14 de mayo de 2008

El 10 de mayo de este año se conmemoró en Alemania el 75ª aniversario de los prolegómenos del apogeo nazi, la quema indiscriminada de libros en piras ardientes que representaba y adelantaba, ya, la persecución indiscriminada y atroz a la que someterían a credos y razas distintas, en un delirio mitológico que se convertiría en el episodio seguramente más oscuro de la historia de la humanidad. Con ocasión de este lúgubre aniversario, se han publicado varios títulos muy interesantes que tienen que ver la quema de libros y con la significación que la incineración de las ideas de los demás tiene.



El libro seguramente más interesante pero, también, más inasequible (por el idioma), es el de Volker Widermann, El libro de los libros quemados, a través del que rescata al nombre y las obras de los autores que aquel día fueron incendiados en la pira de la Plaza de la Opera de Berlín donde Goebbels los incineraba como despojos: cien vidas y cien obras que van desde los nombres clásicos de Zweig, Brecht, Remarque o Hemingway a autores hoy olvidados y ahora rescatados como Tucholsky, Rudolf Braune, Hermann Essig, etc.

Los libros han sido el enemigo predilecto de los intolerantes, de quienes supuestamente perseguían -persiguen- la herejía, la blasfemia, la obscenidad, la sedición, cualquier forma de subversión del orden establecido. Extirpar el pasado y los recuerdos, reduciéndolos a cenizas; atemorizar a quienes se atrevan a expresar ideas impropias o a quien se atreva a consultarlas; higiniezar la sociedad hasta convertirla en una patena uniforme, sin aristas ni diferencisa, ese ha sido siempre el propósito, a lo largo de la histora -tal como nos cuenta exhaustivamente Haig Bosmajian en Burning Books-, de los fanáticos y los intransigentes, desde la Edad Media hasta nuestros días.



Rebecca Knuth es una especialista internacionalmente reconocida por dos de sus libros, Libricide: The Regime-Sponsored Destruction of Books and Libraries in the Twentieth Century y Burning books and leveling libraries, en los que confirma un presentimiento zozobrante: la quema de libros es, casi siempre, el preludio del genocidio o, como ella lo denomina, el libricidio, la quema de las ideas, es el preámbulo del crimen, tal como lo demuestra en los estudios de campo llevados a cabo en la Alemania nazi, Bosnia, Kuwait, China y Tibet.



No hace falta irse demasiado lejos para recordar que en Estados Unidos algunos exaltados pastores de credo vehemente, han pretendido quemar volúmenes de Harry Potter por su supuesta incitación al ejercicio de la brujería y que Shalman Rushdie sigue viviendo escoltado y escondido por que la idolatría no puede tolerar la riqueza desbordante de las ideas que los libros contienen. En nuestro propio país, hace setenta años, ocurría lo que Justino Sinova nos cuenta en Todo Franco. El franquismo de la A a la Z:

Uno de los primeros actos organizados por Falange una vez acabada la guerra civil fue una quema pública de libros. En la Universidad Central de Madrid, el 30 de abril de 1939 se celebró lo que se llamaron “auto de fe” para condenar al fuego a los “enemigos de España”, y allí ardieron libros de Sabino Arana, Gorki, Freud, Lamartine, Karl Marx, Rousseau, Voltaire y muchos otros, en una mezcla en la que se quería significar la condena a los liberales, los marxistas, los modernistas, los separatistas y todos los que el franquismo exaltado del momento podía considerar sus enemigos. Significativamente, la quema de libros se concibió también como un ejercicio educativo y en él participó el secretario nacional de Educación, Antonio Luna. El diario falangista Arriba del 2 de mayo glosaba el acto en un comentario titulado “Letras de humo” en el que decía: “Con esta quema de libros también contribuimos al edificio de la España, Una, Grande y Libre. Condenamos al fuego a los libros separatistas, liberales, marxistas; a los de la leyenda negra, anticatólicos; a los del romanticismo enfermizo, a los pesimistas, a los del modernismo extravagante, a los cursis, a los cobardes, a los seudocientíficos, a los textos malos, a los periódicos chabacanos”. Apelando a los “filósofos y poetas, novelistas y dramaturgos, ensayistas y pensadores de un mundo a la deriva”, el periódico les decía: “En España los hombres jóvenes tienen el valor de quemar vuestros libros y, sobre todo, de quemarlos sin un gesto de aflición”

En estos tiempos, más que nunca, con el recuerdo de la Plaza de la Opera de Berlín y el de la Universidad Central de Madrid presentes, ante el fanatismo recalcitrante y libricida, ideas ignífugas y muchos más libros, en los soportes que sean.

Pd. hoy se celebra el Digital Book 2008, organizado por el IDPF, sin demasiadas novedades aparentes, y sin el Kindle entre los temas o conferenciantes invitados, por incumplir los protocolos del estándar abierto EPub propuesto por la asociación.

10:31 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (2)