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lunes, 12 de mayo de 2008

En el año 1997, una eternidad según los parámetros temporales de la red. Jeff Bezos auguró: "en los próximos años, habrá un número cada vez más grande de pequeños actores", pequeños libreros, "y habrá un número cada vez más pequeño de grandes actores, liderados, por supuesto, por Amazon". Quizás no le faltara razón y esa efervescencia lenta de pequeños libreros que se están lanzando a la red, conscientes de la importancia de trasladar su marca y su criterio al espacio virtual, esté comenzando, por fin, afortunadamente, a notarse.



Uno de los capitostes de la cadena norteamericana de librerías Borders declaraba hace poco: "todo el mundo usa la web. Incluso si [nuestros clientes] no la usan para comprar, la usan para informarse. Si no estás participando en ella, te estás perdiendo algo. Es un canal de márketing y comunicación enorme; es un canal de ventas potencialmente creciente. Tienes que estar ahí".



Damià Gallardo, director de la ejemplar y deliciosa librería Laie de Barcelona en el CCCB, nos hablaba hace unos días de la importancia que el uso de las herramientas de la Web 2.0. comporta para la supervivencia de las librerías tradicionales: la creación de clubs de lecturas, de recomendaciones y sugerencias, de redes de intereses comunes, de fan fiction o promoción de la generación colectiva de contenidos en torno a determinadas obras de culto, la publicación de paisajes e itinerarios bibliográficos en torno a distintas materias, etc., etc.



Recojo dos comenarios de Gallardo, relacionados con la labor intermediadora del librero y con su conservación y perpetuación en la red:  el "público identifica la librería como un lugar de mediación entre la ingente cantidad de títulos publicados a lo largo del año, el flujo inmenso de información y opinión que generan y la selección que ofrecemos. Los libros que ofrecemos son el resultado de la interacción entre las propuestas de la librería y la demanda real de los lectores. Los libros que permanecen en la librería permanecen porque hay una demanda por parte de un público especializado". En realidad, según cuenta un reciente artículo en The Bookseller, a los libreros independientes británicos les pasa lo mismo: de lo que se trata, para adaptarse a los tiempos, es de trasladar la credibilidad de la marca analógica y el criterio escogido de selección a la red, especializándose en aquella clase de temas y materias que los grandes desatiendan, fundamentándose en la creación de una red de lectores atentos y devotos por medio de las herramientas de relación social que la red ofrece.



En Atenas se celebra estos días, precisamente, el 51. International Congress of Young Booksellers (ICYB), con el provocativo título de "Traditional Bookstore. A business to invest or a business to lose", un negocio en el que invertir o un negocio en el que perder. De lo que se trata, para muchos de nosotros, es que las librerías a pie de calles sigan existiendo, oasis sin los que nos resultaría difícil concebir nuestras vidas, compaginando su presencia física tradicional con una manifestación cada vez más activa en la web, favorecida, por qué no, por el Gremio de Libreros, que podría abaratar el alojamiento de sus páginas y dotarlas de herramientas sencillas para convertirlas en verdaderos sitios transaccionales y no en meros escaparates virtuales. Todos esperamos, sin duda, que las librerías del futuro sean negocios en los que invertir, y que libreros emprendedores como Damià Gallardo lo hagan posible.

Pd. hoy cumplo 300 entradas, es mi cumpleblog, y para los más incondicionales de los lectores, un regalo aparecido este mes en la innovadora revista Literata, promotora de la lectura en Barcelona (gracias Pablo).


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