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jueves, 08 de mayo de 2008

Quizás habría que titular los seminarios o los congresos una vez que hubieran concluido porque de esa manera se sabría cuál ha sido su verdadera orientación, cuál el contenido de sus discusiones, cuáles las inquietudes de los asistentes. Los días 6 y 7 de mayo hemos estado hablando en Sevilla, gracias a las buenas artes de Javier Celaya, de Leer en pantalla. Edición sostenible, y aunque se abordaron esos temas y se hablara sin duda de las ventajas e inconvenientes de la lectura en los nuevos soportes, yo lo habría titulado, retrospectivamente -con el permiso de Javier, claro-, Imaginando al editor del futuro o, en su defecto, Imaginando la edición del futuro.

 

El editor tradicional, si le sometiera a una radiografía, se mostraría como el poseedor de una cartera de derechos que explotar con exclusividad durante el tiempo que el contrato con el autor estipule. Hoy esa univocidad o esa exclusividad ha cambiado y el editor tiene que compartir la titularidad de los derechos con sus legítimos poseedores que, avisados de las posibilidades que las nuevas licencias le ofrecen, conocedor de las propiedades de las nuevas herramientas de edición online y consciente, por último, de los beneficios indirectos que pueden obtenerse haciendo circular libremente lo que se crea, ha reclamado la legítima posesión de sus derechos y su disponibilidad. El editor nuevo tiene que aprender a compartir lo que antes era un monopolio. Hasta tal punto ha llegado esa certeza, que estos días se reunen en Madrid, bajo la invocación de la Federación de Gremios de Editores de España, un grupo avanzado de editores para discutir qué nuevas modalidades de derechos podrían concebirse para incluir en los contratos editoriales. El editor del futuro deberá, pues, aprender a compartir los derechos y sacar partido del incremento de la visualización que su apertura propicia.



El editor tradicional era la garantía -pretendía serlo al menos- de que los contenidos que habían sido editados eran fruto de una rigurosa selección y decantación y que, por tanto, lo que ofrecía al lector era una pequeña alhaja de papel. En el griterio ensordecedor que es la red, la intermediación es, si cabe, más importante que antes. Atribuir crédito y credenciales a alguno de los contenidos que pululan por la red es labor de editores pero, también, de muchos otros intermediarios que compiten por la asignación de prestigio y consideración. Google es, claro, el más evidente de todos, el verdadero dueño del Potlatch, el gran otorgador de reputación y renombre. Hay muchos otros, claro, y hay profesionales que los denominan comisarios digitales, aunque yo preferiría evitar la connotación oscuramente estalinista y denominarlos, con algo más de neutralidad, intermediarios digitales. El editor del futuro deberá aprender a competir con los nuevos intermediarios digitales, pues.

El editor tradicional tenía sueños de papel (o pesadillas, en algunas ocasiones). El editor actual tiene que saber que el papel es hoy ya, tan sólo, uno de los posibles canales de difusión e impresión de contenidos, y que a ese soporte tradicional de limitada duración, tendrá que añadir la web y su lenguaje (html), los dispositivos móviles, sean cuales sean (xhtml), y la impresión digital que deberá aprender a controlar desde la concepción misma del original (jdf y Pdf X1A). Cada usuario buscará en el canal que le parezca más adecuado y consumirá esos contenidos. El editor del futuro, en consecuencia, pensará ramificadamente, fluidamente, como un catalizador de contenidos.



El editor tradicional se relacionaba con un objeto finito y con una comunidad de lectores silenciosos. Hoy la  narrativa transmedia, las comunidades de fans que expanden por su cuenta fragmentos de la trama de sus libros o autores favoritos, que imaginan otra vida para los personajes de los libros que aman, que practican lo que se ha dado en llamar fan fiction, dilatan la extensión de la ficción mucho más allá de lo que el autor hubiera imaginado, generándose una fricción que en ocasiones es fomentada y en ocasiones prohibida. El editor del futuro, pues, deberá habituarse a comprender un libro como un nucleo de contenidos en permanente expansión por medio de la intervención de lectores entregados.



El editor tradicional ama el libro de papel. Quinientos años de convivencia, de roce, quieras que no, hacen crecer el cariño. Hoy, sin embargo, le acosa un soporte que se pretende libro aun cuando no tenga propiamente páginas, y no parece que tenga la intención de dejarle en paz, aun cuando la celeridad con la que sustitución se produzca sea bastante inferior a la que sus fabricantes quisieran. En todo caso, el editor del futuro deberá hablar de futuros del libro, en plural, dando cabida en su estrecha definición a otras modalidades, entre ellas la electrónica.

De esto y de muchas otras cosas hablamos en Sevilla durante dos días, abiertamente, asumiendo más riesgos intelectuales de los que habitualmente se admiten en esta clase de encuentros. Imaginamos alguno de los rasgos que el editor del futuro, ineluctablemente, tendrá.

17:29 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (3)