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lunes, 28 de abril de 2008

Este título se lo he robado a Vicente Verdú, autor del artículo homónimo aparecido el sábado pasado en el diario El País, un estimulante ejercicio de reflexión sobre la lenta desaparición de un hábito que ha conformado nuestra cultura pero que hoy se ve arrumbado al arcón de las reliquias por la suma de factores hostile e incluso antagonistas: la falta del tiempo y el espacio necesarios para practicarla, porque la lectura, efectivamente, necesita de un ritmo lento y una actitud serena y concentrada, reflexiva y retirada, que no cuadra bien con la premura y la velocidad y un florecimiento de medios diversos capaces de entretener y amenizar ese escaso tiempo libre del que disponemos de manera más lúdica y menos gravosa. Nada de lo que aduce Verdú es incierto, más bien al contrario, pero colegir de ahí que convenga cuestionar la conveniencia de la lectura, quizás sea excesivo.



En el lado contrario de un imaginario antagonismo estaría, qué duda cabe, George Steiner: si alguien recuerda su texto "El lector infrecuente", contenido en Pasión intacta, sabrá de qué hablo: Steiner rememora esa época histórica, ya alejada, en que el encuentro entre el lector y el texto conllevaba un ritual de celebración que implicaba hasta al atuendo, vestido de fiesta o, al menos, de gala, para oficar la comunión singular -provista, siempre en Steiner, de rasgos místicos y contemplativos, como cabe esperar en un hombre culto de profundas raíces judías- entre el lector y el libro. Dibuja Steiner -todavía recuerdo la lectura extasiante de Manuel Galiana, quizás la más bella y evocadora que haya oído, un verano en Santander- un espacio pretérito en que el ritual de la lectura demandaba un tiempo, una actidud y un espacio que se le daban sin reservas -tiempo y espacio, hexis corporal específica y característica, que Fernando Rodríguez de la Flor, autor de esa declaración de amor inversa al libro, Biblioclasmo, estudia hace tiempo-, quizás porque no había competencia, quizás porque nunca existió más que en la imaginación de algunos letrados, quién sabe.



El punto de equilibrio entre el deshaucio de la lectura, que no encuentra, en palabras de Verdú, "suelo donde arraigar ni espacio donde esponjarse", y las quimeras extáticas de Steiner, que escucha ecos de revelaciones religiosas allí donde solamente hay textos de otros hombres, debe ser el de la generación de las condiciones necesarias para que todos, independientemente de la época que nos haya tocado vivir, podamos desarrollar las competencias lectoras necesarias para disfrutar de esos mismos textos, al tiempo que hoy desarrollemos competencias digitales que nos permitan entender y manejar medios de comunicación distintos que nos permitirán crear nuevas cosas.



Y la invocación no es meramente ornamental, no se trata de pedir que mantengamos el hábito lector a toda costa en contra de la falta de tiempo y de la concurrencia recreativa de otros medios: se trata de recordar que la base del desarrollo cognitivo humano, que la construcción de las competencias de más alto nivel intelectual -abstracción, proyección, planificación, inferencia y deducción, etc.-, provienen del aprendizaje lector. "El empleo generalizado de la escritura alfabética fue para este proceso de transformación social no menos importante de lo que sería, dos milenios después, la imprenta para el nacimiento de la sociedad burguesa", nos recuerda Havelock en La musa aprende a escribir: "[..] parece que ha contribuido decisivamente a l aformación de un pensamiento analítico y abstracto, cuya atención se desplaza desde la continuidad sonora de la palabra oral hacia unas estructuras compuestas de unos elementos como las letras del alfabeto...".

Cuidado, por favor, con las celebraciones prematuras de la desaparición de la lectura -que se han convertido casi en una costumbre, como hizo Alejandro Gándara en La Noche de los Libros, sentado en mi misma mesa, que consideró que leer era, simplemente, malo-, porque con ellas podemos deshacernos de los valores y las competencias que nos hacen propiamente humanos.

17:11 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (9)