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viernes, 18 de abril de 2008

Marco Tulio Cicerón, filósofo, orador, tribuno romano, representante de la más depurada retórica latina y del pensamiento estoico no consiguió escapar, en su contención e impasibilidad filosóficas, al influjo fatal de los libros. Amasador de una notable biblioteca, no dudó en emplear su escaso peculio en la adquisición de obras notables que pudieran llenar sus estantes.



En uno de sus famosos discursos judiciales, Pro Archia Poeta, en defensa del poeta Arquiles, Cicerón desgrana casi todas sus convicciones literarias y su amor a las letras y a los libros que las contienen:

Porque si los preceptos de muchos y las muchas obras consultadas no me hubieran persuadido desde mi juventud que sólo debe desearse en la vida lo honrado y laudable, y que por adquirirlo deben arrostrarse todos los tormentos corporales, todos los peligros, el destierro y la muerte, jamás me hubiera expuesto, por salvaros, a tantos comabtes y a los cotidianos ataques de los hombres perversos. Llenos están los libros, llenas las sentencias de los sabios, llena la antigüedad de ejemplos que sin la luz de las letras hubiesen quedado envueltos en las tinieblas. ¡Cuántos relatos de grandes hombres nos han dejado los escritores griegos y latinos, no sólo para admirarlos, sino para imitarlos!

Y más adelante, en un encendido elogio de la práctica de las letras, dice:

...pero el cultivo de las letras alimenta la juventud, deleita la ancianidad, y es en la prosperidad ornamento y en la desgracia refugio y consuelo; entretiene agradablemente dentro de la casa, no estorba fuera de ella, pernocta con nosotros, y con nosotros viaja y nos acompaña al campo.



No es de extrañar, en consecuencia, que Cicerón atesorara los elixires que le proporcionaba ese extraordinario deleite en una portentosa biblioteca en Tusculum, y que hiciera todo lo posible, rebasando su moderación estoica, por procurarse algunos libros griegos que su amigo y editor Atticus podía conseguir en Atenas. En el año 67 A.C. Cicerón le escribe: "me gustaría que pensaras en la manera de adquirir algunos libros griegos particularmente deseables [...] Deposito en tu amabilidad toda la esperanza de los placeres que preveo alcanzar cuando me retire". Atticus no necesitó demasiado tiempo para localizar los libros requeridos pero el coste de los placeres demandados parece que excedía el presupuesto de Cicerón.



Cuando Atticus le informó del precio solicitado, Cicerón respondió con cierta compunción, como un niño pequeño que ahorrara moneda a moneda para poder adquirir el juguete de sus sueños: "estoy ahorrando todos mis escasos ingresos para conseguir este género para mi vejez". Algún tiempo más tarde, sin haber conseguido todavía el dinero necesario pero sin haber disminuido la avidez inicial, la codicia propia de un bibliómano impenitente y obsesivo, escribe de nuevo a su editor y librero: "guarda los libros y no pierdas la esperanza en que los haga míos. Si tengo éxito, superaré a Craso en riqueza y miraré con desprecio los bienes y haciendas de los demás hombres", en la convicción, inquebrantable, en el valor incalculable de los libros y sus contenidos.

4:22 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (0)