Hoy, que se celebra el
Día Mundial del Libro infantil y juvenil y que la
Feria de Bologna está en su punto culminante, quizás sea un buen momento para reflexionar, una vez más, sobre la extraordinaria y definitiva importancia que el fomento de la lectura tiene no solamente para el éxito escolar y la inserción profesinoal de los jóvenes sino, sobre todo y más importante aún, para su desarrollo intelectual, cognitivo y afectivo, sobre las transformaciones radicales que nuestro cerebro lector sufre cuando aprendemos a leer marcando de manera indeleble nuestras rutinas intelectuales y nuestras maneras de acceder al mundo.


No existe predeterminación genética alguna en la disposición que los humanos mostramos para leer y escribir. No hay genes en cuyo código esté inscrita la predisposición a la lectura. Existen, eso sí, genes que controlan las distintas áreas del cerebro dedicadas, específicamente, al lenguaje, a la visión e identificación precisa de objetos, a la coordinación de la acción, a la memoria, etc.

El cerebro, según establecen los
especialistas en neurología, practica una suerte de reciclaje neuronal y reconexión de las distintas áreas cerebrales que le permite hacer algo para lo que no estaba previamente programado, demostrando así su ilimitada plasticidad y capacidad de recomposición: cada vez que un niño aprende a leer, por tanto, lo hace siempre, literalmente, por primera vez, partiendo de la nada, porque se ve obligado a construir conexiones inexistentes, a especializar su cerebro de manera que la identificación de los grafemas y los morfemas sea posible.

La progresiva automatización y especialización en el reconocimiento de los signos y su asocación a los sonidos correspondientes -un paso de gigante basado en la invención de la escritura y, sobre todo, del alfabeto griego, como
Havelock nos ha enseñado- convierte a los niños, progresivamente, en lectores expertos, capaces de reconocer patrones morfológicos y sintácticos y, cómo no, semánticos. En esa especialización y automatización progresivas no solamente mejoran su pericia lectora sino que, sobre todo, aprenden a reducir -de manera completamente inconsciente y mecáncia, claro está- el espacio del cerebro dedicado a esas actividades, dedicándolo, a partir de ese momento, a actividades cognitivas superiores: aprenderán a distanciarse del objeto, a tomarse tiempo para reflexionar, inferir, colegir, anticipar, presuponer, planear, proyectar. Leer, literalmente, nos hace más inteligentes.

Si lo anterior es cierto -y la neurología moderna así lo indica-, la promoción de la lectura no puede ni debe ser, solamente, un divertimento que pueda resolverse con la participación de un cuentacuentos -que también-, sino una estrategia global, políticamente pactada, para su impulso integral, sobre todo entre los 5 y 7 años, en grupos de niños socialmente desfavorecidos, culturalmente desintegrados o lingüísticamente ajenos a nuestros estándares escolares. Sabemos lo que
PISA dice de nuestro sistema educativo y, en particular, de nuestras deficiencias lectoras; sabemos, también, hasta dónde ha llegado el
Plan Nacional de Fomento de la Lectura; sabemos, cómo no, que las cifras de
ventas de libros infantiles y juveniles representan, a lo sumo, el 10% de la facturación global, de manera que los padres, que son los que adquieren los libros para sus hijos, no demuestran una inclinación muy reseñable a que sus hijos lean.

En este día internacional del libro infantil y juvenil me parece más urgente y necesario que nunca reclamar una estrategia solidaria, integral y sin fisuras para que todos nuestros niños aprendan a leer, es decir, aprendan a desarrollar sus más altas capacidades intelectivas, aprendan a desarrollar sus más refinadas competencias intelectuales y eso, de paso, les garantice un futuro más pleno y mejor.