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martes, 01 de abril de 2008

Frédéric Beigbeder pretendió recoger en el  libro homónimo del que tomo el título de esta entrada, en una concisa lista de cincuenta títulos, las obras más reseñables de la literatura, como un homenaje póstumo o como un inventario de especies protegidas en trance de desparición irreversible, una ofrenda a la literatura y a sus amantes en la firme y atribulada esperanza de que la literatura persista en el siglo XXI: "¿Qué ofrece la literatura que los demás no ofrezcan?" -se pregunta de manera eufemística-. "No tengo ni idea. Y, sin embargo, espero que esa sea la fiebre que quiero inocular en aquellos que hayan abierto este prefacio por descuido y cometan el error de leerlo hasta el final. Pues deseo de todo corazón que siga habiendo escritores en el siglo XXI".



En la revista Lire del mes de abril, una de las cabeceras literarias más importantes de Francia, Beigbeder escribe ahora un artículo titulado "Le livre est mort, vive le livre?", el libro está muerto, ¿viva el libro?, en una clara alusión a los sentimientos enfrentados que muchos de nosotros experimentamos ante el auge imparable y deseado del libro electrónico y a la irreversible pérdida que supone la desaparición de buen parte de la cultura del papel asociada al libro.



"Todo verdadero lector" -dice Beigbeder- "es, sobre todo, un maniaco del papel. El fin del libro impreso puede que coincida con la destrucción de la humanidad" -asegura superlativamente, como una provocación calculada que luego desmentirá. "Gutenberg se revolverá en su tumba, y Hitler habrá ganado: el autodafé será global".



La tentación fatalista y cataclismática, sin embargo, que todo amante de los libros tiene -incluido yo mismo-, queda matizada, incluso dedeñada, cuando se conocen las ventajas de la edición digital, la disponibilidad potencialmente ilimitada de los contenidos en línea, la velocidad de búsqueda y acceso, la conservación y disponibilidad de obras hasta entonces innacesibles: "me gustaría poder jurar aquí que leer sobre una pantalla me disgusta, pero mentiría" -reconoce más adelante Beigbeder. "Se trata, solamente, de la adquisición de un hábito, con sus ventajas (más necesidad de plegar las páginas) y sus inconvenientes (ya está bien de plegar las páginas)". Porque, en el fondo, cualquiera que haya gozado de la posibilidad de trabajar con textos digitales, sabe que la disociación entre el contenido y el continente que los lenguajes informáticos propician nos adentran en un nuevo espacio editorial lleno aún de posibilidades  inexploradas: "Pero" -se pregunta Beigbeder en consecuencia-, "¿hablamos del objeto libro o de su contenido? Puede que el progreso destruya el libro (o lo reserve a una élite), pero el progreso nunca destruirá la lectura, ni la escritura, ni la literatura. Al contrario: podremos disfrutar del libro (y de lo escrito) de otra manera. Y cuando, un día futuro, me tumbe en una playa sobre mi toalla con la edición completa de La comedia humana de Balzac, será extraño...".



Un hálito de duda aparece en la última línea del artículo, una alusión velada a ese último inventario antes de la liquidación, de la desaparición definitiva de un objeto tan amado, cuando dice: "...honestamente, todavía no he llegado a decidir si ese será el momento en el que alcancemos la cumbre del ridículo, la de un lujo extraordinario o la del fin del mundo". Y pocos de nosotros, si somos sinceros, sabríamos en cuál de esos puntos nos encontraremos.

13:38 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (0)