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domingo, 23 de marzo de 2008

Llega la primavera y con ella los juegos florales y las justas poéticas, ecos de disputas escolares de otros tiempos que, sin embargo, forman parte de la lógica del campo editorial y de la dinámica de su funcionamiento, de su renacimiento y reverdecimiento continuo, de su languidecimiento y debilitación permanente. Ahora -llevábamos algún tiempo sin sacudidas más o menos vehementes de las certezas, puntos de vista y posiciones ocupadas en el campo editorial- le toca el turno a la poética Nocilla, a ese nuevo canon que representan Agustín Fernández Mallo, como narrador, y Vicente Verdú, como oficiante laico, poética que reclama la fragmentariedad de la experiencia, la inconclusión de los argumentos, el deshilachamiento de las argumentaciones, la fascinación por las convulsiones truncadas y éfimeras de la publicidad, el rechazo efusivo de la narrativa basada en los argumentos, en su pretensión decimonónica de suplantar a la realidad y dotarle de sentido. ¿Quién ganará estos nuevos juegos florales?



Vicente Verdú nos lo advirtió hace ya algunso meses, en "Reglas para la supervivencia de la novela", en forma de decálogo instaurador de un nuevo canon moderno: rechazemos los argumentos, buceémos en el yo y sus experiencias intransitivas, aceptemos la fragmentariedad de la vida y su decurso, no intentemos ordenarla o dotarla de un sentido de la que carece, conformémonos con las llamaradas más o menos fatuas de una sucesión de ocurrencias más parecidas a la retahila publicataria de una cadena comercial que a las pretensiones omnicomprensivas de los novelistas decimonónicos, adecuémonos a esa nueva estética pop de tintes warholianos que dice las cosas por su nombre -Fernández Mallo prefiere escribir cogió una Coca-Cola a cogió un refresco- y abominemos de la elaboración de lenguaje, de la fútil intención de alterar la percepción que tenemos de las cosas a través de su reelaboración.



Reproduzcamos las cosas como son, por tanto, con pulcritud notarial pero, también, con la redundancia y la reiteración con que un espejo nos devuelve nuestra propia imagen, lejos del proyecto de reconstruirnos de manera falaz y narcisista a través de argumentos que nos doten de sentido, desmontemos los grandes edificios narrativos de una pedrada y traspasémoslos a una moderna inmobiliaria que los venda piedra a piedra como souvenirs a los turistas alemanes que visitan nuestras playas, tal como Fernández Mallo incita a hacer en su Luis XIV traspasa Versalles a una promotora inmobiliaria y rubrica Verdú en Los domingos de Baudelaire. Mejor aún: rompamos ese espejo y mirémonos en sus fragmentos esparcidos por el suelo, y obtendremos una nueva poética de la realidad parecida a ese anhelo futurista que glorificaba la "velocidad omnipresente". Con clarividencia inusual Marinetti anticipaba que toda vanguardia, incluída la suya, acabaría siendo fagocitada, demolida y derrocada por una generación posterior que renegaría de sus preceptos:



"Los más viejos entre nosotros no tienen todavía treinta años; por eso nos resta todavía toda una década para cumplir nuestro programa. ¡Cuando tengamos cuarenta años que otros más jóvenes y más videntes nos arrojen al desván como manuscritos inútiles!...Vendrán contra nosotros de muy lejos, de todas partes, saltando sobre la ligera cadencia de sus primeros poemas, agarrando el aire con sus dedos ganchudos, y respirando a las puertas de las Academias el buen olor de nuestros espíritus podridos, va destinados a las sórdidas catacumbas de las bibliotecas!...".



Hace no demasiado tiempo, en abril de 2006, Rafel Reig estuvo a punto de propiciar un vuelco del campo editorial español con su Manual de literatura para caníbales, no tanto porque propusiera unos principios estéticos radicalmente nuevos y divergentes como porque trató de reescribir la historia de la literatura nacional de manera insolente e imaginativa, irónica y inteligente, situándose en la cúspide de las consecuciones estéticas y  estableciendo una cisura definitiva entre los indígenas pertenecientes a la tribu de Marías y los que profesan otras creencias. El intento de reescritura y remodelación del campo editorial, sin embargo, quedó en una tentativa, aunque también fuera un mes de abril y se celebraran juegos florales.



Es curioso que el objetivo preferido de todas las críticas de los nuevos cánones sea, casi siempre, Javier Marías (antes lo fue, cuando era joven, del poder literario establecido, con Umbral a la cabeza), representante, según la mayoría de los tiradores, de un incontrolado apetito por describir lo inefable de las experiencias más cotidianas, de una reprendible fascinación por torcer el sentido recto de las palabras y aún de las frases buscando vetas de sentido desconocido, de una bulimia literaria incomprensible que le lleva a redactar tres volúmenes de más de dos mil páginas en tiempos donde las sacudidas fugaces de la publicidad reinan. Tan curioso como que Marías sea el punto de consagración más sólidamente establecido en el campo editorial respecto al cual todo recién llegado pretende definirse es el hecho de que sea la misma editorial, Alfaguara, quien defiende una y otra estéticas (¿o no es chocante?).



Si algo nos enseña esta nueva reyerta primaveral, esta justa poética archiconocida, es que el canon es un presupuesto dinámico, que se define y se redefine continuamente respecto a la estética preponderante y quienes la representan, que cambia contínuamente para que casi todo quede igual o parecido, que intenta aupar unos principios de percepción y valoración en principio diferentes a los valores éticos y estéticos predominantes, que quiere deshacerse de la herencia inmediatamente precedente para ocupar su lugar, sin que eso suponga ruptura radical alguna con el campo editorial y los principios de su funcionamiento. De hecho, si miramos con cierta atención lo que está ocurriendo esta primavera -nieva al otro lado de la ventana, en esta tarde desacostumbradamente invernal de marzo-, aprenderemos cómo funciona el campo editorial y cómo actúan coordinadamente todos sus agentes: un libro editado en una editorial periférica, Candaya, Nocilla Dream, se convierte, por obra y gracia de la crítica, en el libro representante de una generación supuestamente pop, y su autor, igualmente alternativo, acaba aceptando la oferta de una editorial consagrada, Alfaguara, para publicar un segundo volumen, fortaleciéndose mutuamente, aquél porque es publicado por una editorial que consagra a quien publica, ésta porque incluye en su catálogo a quien se erige en representante de la vanguardia narrativa y se destaca como empresa editorial siempre ojo avizor.

En el campo editorial hay mucha gente que vive del libro y para el libro, autores, editoriales, críticos, libreros, distribuidores, lectores, y todos pretenden, regularmente, instaurar unos principios de percepción y apreciación adecuados a sus valores, de manera excluyente, incluso ardiente y efusiva, desbancando a quienes ocupaban hasta ese momento las posiciones de máxima consagración y mudándose, si es posible, a ese Olimpo transitoriamente desocupado. Basta leer Las reglas del arte para entender cabalmente de qué estoy hablando.



En estos juegos florales, por tanto, el ganador o los ganadores parecen ser aquellos que representan a la generación nocilla, los agrupados en el movimiento afterpop, aunque deberían tener en cuenta que, como toda floración, tras el apogeo y la libación, llega el ajamiento y la consunción.

11:24 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (2)