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miércoles, 12 de marzo de 2008

En el número 235 de la prestigiosa revista Cuadernos de Pedagogía, publicado hace ya muchos años, en 1995, dos de los más destacados especialistas en edición y pedagogía debatieron en torno a las bondades y deméritos, a las propiedades y limitaciones intrínsecas que los libros de texto tenían. Ese debate - sostenido por Jaime Mascaró en el artículo "Una breve defensa" y por Jurjo Torres en la contestación "Algunas objeciones"-, está hoy más que nunca vigente, porque en el año 95 Internet no alcanzaba a ser ni siquiera un rumor de fondo y la digitalización no contaba, si quiera, entre las expectativas plausibles de futuro.



Si uno se toma en serio que dentro de un aula -no digamos en un aula de integración- existen alumnos con procedencias culturales diversas, sensibilidades o inteligencias de diverso signo más o menos desarrolladas y grados de competencia sensiblemente dispares, parece obvio que un libro de texto, dentro de las limitaciones estructurales que el papel tiene, no puede dar respuesta por si mismo a la variedad de situaciones que se presentan en el aula. Esa restricción estructural intrínseca, sin embargo, podría ser suplida o compensada por un profesor especialmente activo y dinámico que, haciendo caso omiso del libro de texto, construyera grupos de actividades diferenciadas para diversas tipologías de alumnos o, en el extremos ideal, para cada alumno en particular. Ambas cosas -que el libro de texto en papel se expandiera o que los profesores hicieran más de lo que hacen- parecen, sin embargo, quimeras inalcanzables.



En todo caso, ninguna de las dos demandas es de necesario cumplimiento, porque las nuevas tecnologías, los estándares internacionales de diseño de entornos educativos, garantizan la posibilidad de que cada alumno realice un recorrido distinto de los contenidos y de las actividades asociadas en función de sus intereses, grado comprobado de avance u otras variables que puedan determinarse. Los objetos de aprendizaje, de los que hablé someramente en una entrada anterior, y los entornos educativos que los soportan (LMS), son el futuro del libro de texto, su natural sustituto, su deseable evolución.



Probablemente sea la especificación SCORM la más aceptada y extendida y la que, mediante su uso ordenado y cabal y la utilización paralela de una aplicación que permita su edición (como Reload), permite definir y desarrollar objetos de aprendizaje, dotarles de descripciones precisas en forma de metadatos, hacerlos reutilizables y reconfigurables en función del contexto en el que quieran utilizarse, pautar una secuenciación o una navegación concreta en función de los resultados de la interacción que se produzca entre el alumno, la plataforma y el objeto, establecer pautas precisas para dar por válido o no el grado de avance de cada alumno en particular.



En fin, con la brevedad y la imprecisión que a veces obliga un blog, los libros de texto del futuro serán necesariamente digitales o no serán, porque las tecnologías digitales permiten lo que el papel no puede darnos y los profesores apenas pueden alcanzar, que es el dar respuesta a la extraordinaria diversidad que se encuentra en un aula, falazmente homogeneizada durante tanto tiempo, artificialmente igualada. Eso significa, y me atrevo a decirlo taxativamente, que los entornos de aprendizaje en los colegios deberán adaptarse a ese nuevo estilo de enseñanza, que los editores tendrán que adoptar las nuevas maneras de concebir y hacer los libros de texto del futuro -con todas las resistencias que eso conllevará-, y que la comunidad educativa, en su conjunto, tendrá que experimentar un cambio de actitud notable, aferrado demasiadas veces a las certezas y comodidades más cercanas.

8:00 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (1)