Se cumplen ahora 100 años de la aparición del primer libro publicado por la
Editorial Rowohlt, por Ernst Rowohlt, su antecedente y fundador, padre de la dinastía de editores que retratan a la perfección los avatares y sucesos de una intensa, prolífica y ejemplar vida de editor.

Recojo, hace tiempo, como si fuera un florilegio de instrucciones o de admoniciones, algunas de las más clarividentes revelaciones de los editores más ilustres. Me gusta, particularmente, una de Ernst Rowohlt que dice: "Debes parecer al autor un joven lobo de la venta o un gentil mecenas; de cualquier forma, no eres ni lo uno ni lo otro. [...] El comercio de productos del espíritu será siempre un término medio entre tus gustos personales y lo que te apasiona, por una parte, y tu sentido de la oportunidad, por otra. Cuando tengas veinte años de experiencia en este comercio que no es tal comercio, tú mismo serás incapaz de distinguir si es el sentido artístico o el comercial el que te guía: te habrás convertido en un perfecto bastardo. [...] Editar un libro es una tarea casi más enloquecida que escribirlo".

En el año 1908, en Leipzig, Ernst Rowohlt, cuando tenía 21 años y apenas experiencia, publicó su primer libro, un poemario de un compañero de clase por completo desconocido, entonces y aún hoy. Su primer socio, Kurt Wolf, tenía dinero y pocos conocimientos editoriales, y su alianza duró hasta el año 1912, apenas cuatro años de andanzas conjuntas que acabaron en la primera de las ruinas económicas. En el año 1919 refundó su editorial, esta vez en Berlín, y se convirtió en la catalizadora de los felices años 20 alemanes, cuna del expresionismo más atrayente y radical. Al mismo tiempo, introdujo en Alemania la literatura norteamericana, hasta entonces desconocida, y fue capaz de sostener su empeño hasta el año 1931, fecha que le enfrenta de nuevo a la insolvencia y la desaparición. La ayuda financiera de la familia Ullstein, sin embargo, que adquirió un 60% de las participaciones, le permitió trabajar, con relativa calma, hasta el año 1938, momento en que el régimen nazi instruyó un procedimiento por el cuál le instó a liquidar su actividad editorial. Su catálogo, lleno de simpatías judías, provocó el cierre anunciado.

En el año 1945, por tercera vez, con la terquedad y el ensimismamiento suicida que solamente pueden tener los editores de raza, fundará por tercera vez su editorial, esta vez, simultáneamente, en Hamburgo y Stuttgart, y lanzará varias líneas que le convertirán en el editor "bastardo" que ahora es, libros de bolsillo, de bajo precio, que inundaron en el mercado alemán y le proporcionaron cuantiosos dividendos. No sería esta, sin embargo, su última estación porque en el año 1982, casi cuarenta años después de la tercera fundación, la editorial sería adquirida por el imperio mediático Holzbrinck y sus naturales herederos y sucesores (sobre todo Harry Rowohlt, traductor, dramaturgo) se dedicarían a otras actividades diferentes.

Dicen que Goethe dijo que "todos los editores son hijos del diablo. Para ellos tiene que haber un infierno especial", así que espero que Ernst Rowohlt, el bastardo, el genio editorial, ahora que se cumplen cien años de su endiablado propósito, esté bien acompañado en el infierno de los editores.