El síndrome de la angustia lectora solamente afecta -quiero serenar antes que nada a todos aquellos que nunca lo padecerán- a quienes, como yo, pasan más tiempo pensando en lo que les queda por leer -deleitarse y aprender, por tanto- que en lo que leen, que gastan más horas en hojear y adquirir libros que en leerlos. Este síndrome mordiente e inaplazable, ya digo, afecta solamente a los que se declaran lectores y, si me apuran, a lo que las encuestas denominan grandes lectores, de manera que, en el fondo, podría ser catalogada como una de esas enfermedades olvidadas o negadas de las que trata el
PLOS Neglected Diseases, una dolencia que no tiene otro tratamiento que el de recrearse en su propia desazón, en su propio sufrimiento (masoquismo lector, le llamarían algunos).

Y todo esto ¿a qué viene?, se preguntaran algunos miembros desorientadas de mi legión de entregados lectores. En el diario El País de ayer 5 de marzo, el insustituible y pugnaz Manuel Rodríguez Rivero, nos regaló una columna titulada "
Leer por haber leído" en la que, entre otras cosas, nos recordaba nuestra condición de míseros y paupérrimos lectores: "En realidad no deberíamos sentir ansiedad ante la inmensidad de lo que
no hemos leído. Según el historiador Anthony Grafton, y tal como
calculan (un tanto perfunctoriamente, al parecer) los agentes
digitalizadores de bibliotecas, el número de títulos publicados a lo
largo de la historia podría oscilar entre 32 y 100 millones. Suponiendo
que una persona corriente tardase cuatro días en leer un libro "de
tamaño mediano" (para entendernos: ni
El extranjero ni
El hombre sin atributos,
por citar sólo ejemplos narrativos), al cabo de una vida lectora de 65
años, sólo podría haber leído 5.931. En el fondo, una miseria".

En realidad, para que este síndrome de la angustia se manifieste, tiene que ocurrir lo que Rodríguez Rivero resalta: "la ansiedad ante lo que no se ha leído sólo puede producirse entre
lectores. Los no lectores radicales -ese 43,1% de nuestras encuestas-
no se angustian: no tienen por qué". La paradoja fundamental, por tanto, es que por una vez en la vida sería deseable propiciar entre nuestros congéneres el contagio, difundir la epidemia, propagar el malestar, para lo cual -déjenme ponerme un poco sociólogo-, sería necesario proporcionar a todos las condiciones universales de acceso a los valores más universales de nuestra cultura, que es tanto como decir una insistencia pertinaz por la elevación de las competencias lectoras en la primaria y la secundaria de nuestros colegios e institutos.

Pero yo, en realidad, quería ufanarme hoy -con el permiso de mis incondicionales y benévolos lectores- de esa angustia lectora que padezco hace décadas y que intenté trasladar a un cuento de
Las mujeres que vuelan titulado "Lo peor no son los autores", y que
comenzaba así:
"Me atormenta la idea de que nunca seré capaz de leer ni la más ínfima
cantidad de los libros que me interesan, me consume la certeza de que
sólo alcanzaré a poseer una mínima fracción de los libros que han sido
publicados, me abruma y mortifica la magnitud de mi desconocimiento, de
mi ignorancia. La cuenta es muy sencilla de realizar: si un lector
voraz como yo pudiera leer dos libros semanales durante los próximos
cuarenta años —suponiendo que las facultades mentales no quedaran de
ninguna manera mermadas y que la agudeza visual no necesitara de
ninguna clase de soporte o de refuerzo— tendríamos que podría llegar a
leer, ni siquiera a releer, unos cuatro mil sesenta libros, una suma
ridícula si reparamos en la cantidad desorbitada de libros que se
superponen en las librerías, en el continuo rotar de las novedades, por
no mencionar la inabarcable producción de los clásicos de todos los
siglos precedentes. Yo confieso que asomarme a ese abismo me produce
una desazón tan aguda que intento compensarla con una acumulación
doblemente desmedida de títulos, en la vana esperanza de que el mero
amontonamiento atenúe mi angustia. Quien no padece esta enfermedad no
sabe de qué estoy hablando; quien nunca haya perdido el resuello, la
orientación y aún el sentido —se le haya nublado la vista y haya
padecido un leve mareo— entre las baldas atestadas de una librería, no
sabe a qué me refiero; quien no haya sufrido de vértigos o de apneas en
el acecho y el asedio silenciosos a un libro, no sabrá de qué
sentimiento estoy hablando; quien no haya deseado poseer una biblioteca
infinita y una extensión de tiempo paralela para anegarse en las
páginas de todos los libros, no debe seguir leyendo estas cuartillas,
eso en la improbable contingencia de que hubieran caído en sus manos y
hubiera alcanzado a leer hasta este renglón".
Ojalá alguien se haya sentido contagiado de esa angustia y quiera seguir leyéndolo.