Dicen, quizás de manera apócrifa, que
Henry E. Huntington, después de construir un imperio
ferroviario y atesorar una enorme cantidad de dinero, dijo: "Ahora ha
llegado el momento de divertirse". Y parece que así lo hizo, adquiriendo
centenares de colecciones y decenas de miles de libros que conforman hoy la
dotación de la
Huntington
Library, en Pasadena, California, en cuya villa modernista se esconde
la última de las extravagancias del primer loco por los libros de estas galería
de chiflados que me propongo construir irregularmente.

En el año 1923 la revista
Publishers
Weekly, publicó un artículo, refiriéndose a la frenética actividad de los
coleccionistas norteamericanos de la época, especialmente a Henry E.
Huntington, que decía: "ahora nos damos cuenta que hemos estado viviendo
en el más maravilloso periodo de oporunidades que pueda haber tenido un
coleccionista de libros. También es evidente que nunca veremos de nuevo este
periodo, porque las rarezas que han pasado por el mercado han sido adquiridas
por amantes de los libros y coleccionistas, no por especuladores, y acabarán en
grandes bibliotecas universitarias o en bibliotecas públicas, para no aparecer
nunca más a la venta pública o privada".
Y así debió ser aquella época de afloramiento y circulación de obras
inigualables. Huntington, magnate ferroviario y propietario de cadenas de
hoteles, comenzó a hacerse famoso por dos razones: por sus cuantiosos
dispendios, que alcanzaron los 50.000$ de la época, según nota del New York
Times, por la adquisición de una
Biblia de Gütenberg o los 55.000$ que
desembolsó por una primera edición de
Titus Andronicus, de Shakespeare;
y fue también temido y conocido porque adquiría, al completo, las colecciones
de otros coleccionistas tan selectos y bizarros como él mismo, hasta tal punto
que hoy se considera a
la Biblioteca Huntington como una colección de
colecciones, como el fruto de una ansiedad depredadora incomprable, hecha de
gusto y dinero, de pasión y recursos, por los libros raros y antiguos.
La pasión inextinguible y creciente de Huntington, que le llevó a prescindir
prácticamente de cualquier ayudante o intermediario para la búsqueda y la
adquisición de las obras que nutrirían su biblioteca, llegó a la insólita idea
de enterrarse con sus libros. En los últimos años de su vida, preguntado por
las razones que le habían llevado a acometer aquella tarea desmedida, reconoció
que la condición del ser humano era transitoria, pero que la perduración de los
libros era eterna, justificación que le llevó a construir un
mausoleo donde está
enterrado hoy, coronando el campus donde se inscribe la biblioteca.Vivir para y
con los libros y ser enterrado junto a ellos. Divina posteridad.