Enviado el lunes, 25 de febrero de 2008 18:15
En el
Read Aloud Handbook
(Manual de lectura en voz alta), publicado por Penguin en el año 2006, su
autor,
Jim Trelease, un
especialista en enseñanza de la lectura y en los procedimientos de adquisición,
establece que un niño que haya sido educado en una familia lectora, en un
entorno propicio y favorable al encuentro cotidiano con la palabra escrita (e
insisto en que se trata, prioritariamente, de la palabra escrita), habrá
escuchado antes de los cinco años 32 millones de palabras más que un niño en
cuyo entorno social no se practique ese hábito, gigantesca diferencia
cuantitativa que se traduce en una no menos definitiva e insalvable distancia
entre niños de entornos sociales empobrecidos y culturalmente debilitados y
niños cuyos padres poseen títulos escolares y sólidos hábitos de lectura.

El
párrafo en el que el Manual de lectura en voz alta recoge la alusión mencionada
dice literalmente: "cuando el número diario de palabras para cada uno de
los grupos fue proyectado a lo largo de cuatro años, los niños de cuatro años
de edad de las familias profesionales habrían oído 45 millones de palabras,
mientras que los niños pertenecientes a familias obreras habría escuchado 26
millones, y los niños atendidos por la beneficiencia social tan solo 13
millones. Los tres niños llegarán al colegio el mismo día, pero uno de ellos
habrá escuchado 32 millones menos de palabras. Si el profesor pretende que ese
niño no se quede atrás, tendrá que pronunciar 10 palabras por segundo durante
900 horas para alcanzar esos 32 millones de palabras al final de ese
año..."


Esa
escalofriante diferencia no es trivial, porque supone una secesión
inconmovible, cognitiva y social. Por eso la lectura es, también, un factor decisivo
de inclusión social -y ahora, que a las once de la noche cuando escribo estas
líneas, se celebra un debate electoral televisado entre cuyos temas figura la
educación, me gustaría escuchar que alguien aludiera a un Plan Nacional de
Lectura dirigido a combatir esta diferencia silenciosa e indeleble.
Por eso es pertinente, al menos, realizarse algunas preguntas sobre el uso y manejo de las nuevas tecnologías, por la sustitución sistemática de los hábitos lectores tradicionales por el tránsito volatinero de enlace a enlace y por la supuesta equivalencia entre los tipos de lectura que los soportes propician (y sus derivaciones cognitivas y sociales, claro está). Mi legión de incondicionales y entregados lectores saben a estas alturas que soy firme partidario del uso adecuado de los soportes digitales, pero eso no debe hacerme eludir (hacernos eludir), las siguientes preguntas: ¿qué ganan y qué pierden nuestros jóvenes al sustituir la lectura tradicional por la consulta de información multmedial en un entorno que favorece la atención parcial y discontinuada? ¿cuáles son las implicaciones que la disposición de un enorme caudal de información indiferenciado puede tener para la evolución del cerebro lector y para nuestra propia especie? ¿amenazan los nuevos tipos de lectura basados en la descodificación fragmentaria y casi siempre truncada, formas de discernimiento tradicionales basadas en hábitos de adquisición del conocimiento más disciplinados y pautados?
Edward Tenner, un reconocido tecnófilo, en su famoso libro
Our own devices. How technology remakes humanity, hablando sobre Google afirma: "sería una lástima que una tecnología brillante acabara amenazando el tipo de intelecto que la ha producido". 32 millones de palabras. Es para pensárselo, por lo menos.