Ya me
gustaría a mi poder estar ahora en Nueva York, siguiendo en directo el
O'Reilly Tools of
Change, cumbre mundial de la innovación editorial, y no conformarme con
leer en los periódicos lo que pasa, pero por ahora no he encontrado quien me
patrocine, mecenas se les llamaba antes, y se les dedicaban los libros, incluso
financiaban su edición. Bueno, a lo que voy: Jane Friedman, Chief executive de
HarperCollins Publishers Worldwide, ha anunciado el lanzamiento de varios
libros gratuitos, conmocionando algunos de los cimientos de la más inamovibles
certezas editoriales.

Puede leerse en la edición del New
York Times de hoy: Harper Collins lanzará durante un tiempo limitado y con
serias restricciones en su disponibilidad y circulación, varios títulos de su
catálogo principal para que sus lectores puedan experimentar, sin adquirirlo,
si el título es de su interés o no. Entre los libros que proponen podrán
encontrarse -ya lo sabíamos, en este mismo blog lo contaba Paulo
Coelho en un video recientemente grabado, adelantándose a la táctica de su editorial norteamericana- están los de celebérrimos best
seller y cocineros de vanguardia.

La discusión está presente desde hace tiempo en los medios editoriales: ¿es la
gratuidad en la descarga de determinados contenidos una medida disuasoria que
invita a conformarse con el archivo copiado, o es la gratuidad un argumento que
invita, posteriormente, a la adquisición en otros formatos y soportes de la
misma obra? En el caso de Harper
Collins, la liberación de los contenidos es relativa y viene acompañada de
multitud de limitaciones que instigan, directamente, a la compra del papel (no
se pueden descargar, ni copiar, sea en un ordenador personal o en un libro
electrónico, no se pueden, tampoco imprimir), de manera que bien podrían leerse
esas iniciativas como meramente promocionales, publicitarias, pero lo cierto es que no solamente beneficia los más pequeños, a los que menos tienen que perder en este intercambio gratuito, porque en la economía de la atención, de la ruda lucha por retener la curiosidad y el interés del usuario, del lector, todos se han dado cuenta, pequeños y grandes, que tienen que incorporar la gratuidad como un elemento más del ciclo de vida económico del libro, por mucho que extrañe esto a quienes siguen defendiendo la máxima simplificadora de que no hay nada bueno que se distribuya gratuitamente.
Parece que existe, más que disuasión, mutuo reforzamiento, algo que han descubierto los periódicos, obligados a reabrir sus puertas después de ensayar modelos de negocio cerrados. Y no parece que los libros vayan a sufrir otra suerte, por lo menos algunos libros, que verán incrementada su visibilidad, la posibilidad de captar esa decreciente atención del lector, mediante su exhibición gratuita, más o menos abierta y duradera en función de las expectativas de negocio que maneje la editorial o en función del principio intelectual que inspire la empresa.