Enviado el miércoles, 06 de febrero de 2008 10:48
En la edición del domingo de hace dos semanas del diario
New York Times, aparecieron dos artículos contraponiendo las virtudes contrapuestas de los portalibros analógicos y los portalibros digitales, sí, de los portalibros, es decir, de los soportes o recipientes que, analógica o digitalmente, acogen un contenido que seguimos llamando libro. Hábitos, usos y costumbres en nuestra relación con el libro seguirán siendo, como los artículos ponen de relieve, factores determinantes en la celeridad o no del cambio de unos soportes a otros.

Tom Stoppard, un dramaturgo poco conocido en España a tenor de las
escasas traducciones de las que ha sido objeto, pero indirectamente admirado por su
Rosencratz y Guildenstein han muerto, traslada desde hace décadas sus libros en un maletín de piel y madera, con herrajes metálicos, fabricado en una tienda hoy desaparecida de Manhattan. Su porte colonial parece hablar de aquellos tiempos en los que un lector occidental, atildado y culto, podía contar con la fuerza bruta de una legión de porteadores para arrastrar sus libros a lo largo y ancho de selvas y desiertos.

""Si estoy de viaje", dice
Stoppard, que no está dispuesto a cambiar este portalibros por ninguna alternativa digital, "y solamente tengo tiempo de leer un libro o libro y medio, nunca sé qué libro voy a leer, así que me llevo ocho". Experiencia que cualquier lector ansiosos y voraz, como me ocurre a mi, ha padecido en infinidad de ocasiones.

En cambio, según establece Randall Stross en
Freed from page, but a book nonetheless, "el objeto al que estamos acostumbrados a llamar libro está sufriendo una profunda modificación y se está liberando de sus limitaciones físicas. Todavía no sabemos si el Kindle tendrá éxito a largo plazo pero deberemos reconocer que Amazon ha redefinido imaginativamente su línea original de producto reemplazando el negocio de la venta de libros por el negocio de la lectura".
¿Con cuál de los dos portalibros te quedarías? Quizás la clave esté, precisamente, en que no haya que elegir.