Enviado el viernes, 01 de febrero de 2008 9:35
Amazon acaba de anunciar que sus beneficios han crecido un 42% y que su cifra de ingresos ha ascendido a 5.7 $ billones (millardos) de dólares. No podemos seguir haciendo como si Amazon no existiera, como si las librerías virtuales no fueran ya una alternativa sólida y consolidada a las librerías tradicionales.

Es posible que España no sea un país acostumbrado a la compra por catálogo y, menos aún, todavía, a la compra en línea, bien sea porque nuestras antiguas conductas comeciales y de socialización se confundan en buena medida, y prefiramos encontrarnos con quien nos vende una mercancia a la mera relación anónima y virtual, bien sea porque confiemos poco en lo que no vemos ni podemos tocar, bien sea, finalmente, porque prefiramos pagar en metálico que arriesgarnos a utilizar nuestra tarjeta de crédito.

Es verdad, también, que diversos experimentos previos -que relaté, hace ya tiempo, en un artículo recogido en
El profesional de la información titulado
Grandes catástrofes editoriales y una pizca de sociología- han sido todos un fiasco considerable -recordemos a BOL, de Bertelsmann, a Crisol, de Santillana, a Veintinueve, de Planeta, a Submarino...-, fruto quizás de la anticipación, de la falta del conocimiento de los hábitos de compra y consumo, de cierta soberbia tecnológica, quién sabe.

Pero no cabe duda alguna que el tiempo nos va demostrando, poco a poco, que la alternativa virtual es cada vez más sólida, y que la calidad de sus servicios, la variedad de su catálogo y la rapidez de su servicio, son argumentos convincentes para utilizarla. Lo curioso es que muchas de las innovaciones tecnológicas que Amazon nos ofrece parten de la experiencia librera tradicional, hoy, seguramente, perdida: Amazon te identifica como usuario si accedes desde tu máquina habitual; realiza sugerencias de compra en consonancia con tus intereses; te permite hojear muchos de los libros de tu interés, incluso buscar conceptos claves, explorar concordancias, recorrer la red de referencias que aluden a otros libros donde haya podido aparecer un título o un autor; leer y valorar las evaluaciones de la comunidad de lectores que han leído ese mismo texto y, voluntariamente, lo han comentado; sopesar el precio de las palabras, aunque esta cuantificación sea solamente un simulacro economicista sin valor; elegir entre diversas modalidades de envío; disponer de una estantantería virtual paralela a la de los ejemplares físicos que adquirimos; comprar, a quien pueda interesarle, un soporte dedicado y propietario en el que descargar, a precio reducido, 90000 títulos, que dento de poco serán muchos más.

Ayer me preguntaba si era una mera ilusión pensar que pudieran recrearse librerías que fueran un espacio de socialización y discusión presidido por el libro, con profesionales atentos conocedores de lo que venden y de los intereses y gustos de sus lectores, capaces de orientar y de sugerir, especializados, cada vez más especializados, usuarios activos y avanzados de lo que las nuevas tecnologías pueden darnos (y no me refiero solamente a utilizar el
DILVE o el
SINLI, que también). Ante las cifras proporcionadas por Amazon y ante el auge incontestable de la librería virtual, me parece que regresar a las esencias haciendo uso de las nuevas tecnologías será la única vía que quepa transitar.