Enviado el jueves, 31 de enero de 2008 6:49
Me resulta difícil imaginar el año 1918 en Moscú, tan solo un año después de la Revolución de Octubre, con la incertidumbre y el temor provocado por los soviets, las prohibiciones al comercio privado, la enajenación sistemática de la propiedad privada -de las valiosísimas colecciones de libros, en este caso, que la burguesía y la nobleza poseían, claro-, la grisura homogeneizante de la cultura revolucionaria, la amenaza creciente de una Guerra Civil cada vez más cercana. En estas condiciones, un puñado de intelectuales se empeñó en fundar y abrir una librería en Moscú, la
Librería de los Escritores.

Las ediciones de la librería
La Central en coedición con
Sexto Piso, sacan a la luz un texto para bibliófilos impenitentes o apasionados de la historia del libro, la
Librería de los Escritores, en el fondo la glosa de la librería como resistencia, la librería como acto de indocilidad y rebeldía, como desobediencia civil contra la crueldad enajenada de una revolución desaforada y sanguinaria, como nos relatara antes Shentalinski en
Esclavos de la libertad. Los archivos literarios del KGB.

Recojo, con generosidad, un fragmento del libro en el que se nos dibuja la variedad de los tipos y caracteres que allí se reunían en torno al unánime propósito de resistir pacíficamente haciendo del libro su escudo y su divisa: "llegará el momento, espero, en que yo -o alguien más- tenga ocasión de evocar los distitnos tipos de nuestros proveedores y clientes. Entonces hablaremos de esos viejos profesores que primero nos traían los libros que no necesitaban, luego los tesoros de sus bibliotecas, luego baratijas sin ningún valor, luego algún libro ajeno que les habían dejado en depósito... Mencionaremos también a las damas que llegaban con novelas francesas, a los adolescentes que se despedía de la literatura de su infancia, a los coleccionistas que, libro tras libro, nos entregaban aquello que había dado sentido a sus vidas, a los libreros de viejo que acudían a respirar un aire familiar, a los nuevos ricos que nos compraban los "libros-divisas" invirtiendo así un dinero que se devaluaba rápidamente, a los obreros que compraban para un club, a los conocedores que pasaban amorosamente las páginas de un raro ejemplar, al intelectual tozudo que quería vivir a toda costa del alimento espiritual, cuando los intereses del mundo circudnante se reducían a un libra de harina y una decena de arenques soviéticos. Tuvimos clientes que nos visitaba a diario, si no para comprar, por lo menos para pasear junto a los anaqueles, deleitarse con los libros, encontrarse con ellos [...] Había muchos que simplemente venían para hablar -de filosofía, de literatura, de arte-. Por la tarde, nuestra librería más bien parecía un club adonde científicos, literatos y artistas acudían para verse, para conversar, para aliviar el alma del prosaísmo de la vida cotidiana de aquel entonces".

Es muy posible que ese espacio de resistencia sea irrecuperable, que existan nuevos y diversos espacios de socialización e intercambio de ideas y opiniones, entre ellos Internet, pero, ¿sería demasiado iluso pensar en un nueva librería que recuperara aquellos valores del encuentro y la discusión bajo el amparo y la tutela de los libros?