Enviado el lunes, 28 de enero de 2008 17:10
Bobby Fischer pasó los últimos años de su vida seguramente más extraviado y errabundo que nunca, quizás sin el hostigamiento político al que fue sometido por violar las interdicciones norteamericanas, pero encerrado en su propia cárcel especulativa, perdido en los laberintos de su mente, sin hallar la solución a una partida jugada contra sí mismo. Es posible, sin embargo, que hubiera encontrado un refugio o un remanso de paz donde guarecerse y defenderse del mundo, un lugar al que acudir regularmente todos los días, puntualmente, para encontrar la paz y el solaz que no hallaba en otro sitio. Ese lugar era la librería
Bókin, en el centro de Reykjavik.
Hace unos días, en una intercambiador de transportes en la zona universitaria de Madrid, mientras caminaba para coger un autobús un viernes por la tarde, cinco estudiantes charlaban animadamente con el fin de semana en ciernes, como una promesa de felicidad plena. Uno de ellos, el que llevaba la voz cantante, les decía a los otros "para mí los libros son sagrados tío", con una pequeña pausa para el suspense, "por eso no los toco". Me pareció que, efectivamente, en toda su simplicidad, ahí radicaba toda la verdad que la sociología señala hace tanto tiempo: los libros, para los no lectores, para los que no disponen de las competencias necesarias, son objetos innacesibles, indeseables por tanto y, por ende, también, los espacios donde se reúnen y se amontonan, las librerías, esos templos paganos refugio de almas desorientadas como la mía.

Para aquellos que hemos tenido la suerte de ser educados en el trato con los libros y cuya competencia lectora sigue creciendo con el roce cotidiano, una librería es, sobre todo -al menos para mí, quizás no convenga generalizar demasiado-, un abrigo y un manantial, simultáneamente, y difícilmente podrá ser sustituido por una librería virtual -aunque yo sea un compulsivo comprador de esa mercancía por la red-, porque esa cualidad de hospedaje y resguardo es eminemente física, imposible de alcanzar en el espacio virtual, ni siquiera -me niego a admitirlo- en
segundas vidas o simulacros similares. Por eso estén proliferando, quizás, esas librerías donde uno puede repantigarse cómodamente, mientras bebe un café y hojea con sosiego las piezas encontradas.
"Bobby decía que le gustaba este tipo de librería porque le recordaba a su juventud en Nueva York. El desorden por todas partes, las pilas del libro, el olor",
ha declarado una de sus propietarias, Bragi Kristjónsson. "Se sentaba aquí a menudo, leyendo libros de estos estantes, hasta que se quedaba dormido". Así me imagino yo el paraíso, como una inmensa e inagotable biblioteca donde poder esparcirme y recrearme por toda la eternidad. Allí nos encontraremos...