En el último número de la veinteañera revista
Archipiélago (cumple ahora veinte años, quién lo diría), que codirijo hace ya bastante tiempo con
Amador Fernández-Savater, publicamos un artículo de los archifamosos
Wu Ming, responsables en gran medida del auge mundial del movimiento copyleft, decididos defensores de la libre circulación de las ideas en todos los ámbitos de la creación como humus sobre el que hacer germinar nuevas y más ricas ideas. Su artículo, titulado
Cread nuevos mundos, nutriréis el cerebro, es una resuelta advocación al uso de todas las tecnologías que están a nuestro alcance para la composición, mediante esos diferentes lenguajes, de fragmentos autónomos de una misma trama, a partir de una historia inicial. Un manifiesto por una nueva narrativa para el siglo XXI.

Incluso los más fieles y entregados de mi legión de lectores me reprochan, en alguna ocasión, que quizás mi obsesión logocéntrica me impida ver el bosque transmedia, que la lectura tal como la entendemos (o la escritura) sea solamente una de las posibles modalidades de lectura o de creación. Admito que la crítica pueda estar fundamentada, y estoy dispuesto incluso a proporcionar argumentos en contra de mis propias convicciones, siempre predispuestas a ser contrariadas si su fundamento intelectual es más sólido. Bajo esas premisas, resumo el argumento de ese manifiesto por una nueva narratividad:

1. Es posible que los productos de la cultura de masas ahora no sean más que un infierno de inmoralidad y degradación, en cualquier sector; pero seguro que cada día son más complejos y diversos, ricos en retos para la mente, capaces de desarrollar nuestro deseo innato de resolver problemas (y no de narcotizar las neuronas en un entorno carnte de estímulos). En una palabra: inteligentes.
2. El segundo factor que empuja al entretenimiento con estructuras narrativas cada vez más estructuradas es el entrometimiento del público, la demanda apremiante de poder interactuar con los productos culturales, ser consumidores partícipes y no solamente pasivos.
3. El poder de los medios y el de los consumidores, por tanto, interactúan de manera sorprendente, y la creatividad popular influye y modifica la de las grandes corporaciones.
4. Se estimula así la participación activa y se maximza el placer de la reiteración, creando mundos nuevos, un recurso narrativo conocido desde los tiempos de Homero.
5. Entrar en un mundo nuevo, comprender sus reglas, intervenir, profundizar, confrontarse con otros exploradores: esa es la esencia de muchos videojuegos (y la razón por la cual no son actividades de ofuscamiento cerebral, sino, por el contrario, ejercicios de entrenamiento para la resolución de problemas, fantasía e inteligencia emotiva).
6. La diferencia fundamental que nos separa de Homero es la capacidad transmedial de los actuales narradores, que pueden usar diferentes lenguajes (texto, video, sonido, etc.), para componer nuevos fragmentos, autónomos, a partir de una trama dada original.
¿Podemos realmente basar la narrativa de nuestro siglo sobre estos preceptos? No siempre voy a ser yo el que dé la repuesta, ¿no?