En una nota de prensa recientemente publicada por la
OMPI, titulada
Mesa redonda internacional de la OMPI sobre los vínculos entre la economía y la PI (propiedad intelectual), parece traslucirse que anda mucha gente preocupada por debatir el mismo tema que el
Informe Atocha, del que hablaba ayer, en uno u otro sentido, obivamente, pero todos preocupados por desvelar cuál sea el fundamento económico que aconseje liberar o, por el contrario, mantener ciertas limitaciones de acceso sobre el contenido creado, sobre el invento alumbrado, sobre la obra difundida.

Es cierto que seguimos basándonos en presunciones antes que en datos, y que solamente Lessig aventuró en
Cultura libre una cifra de un 80% de obras que carecerían de referencias a su autor y se habrían convertido en un patrimonio inútil, lastrando con eso las posibles creaciones derivadas de su reutilización.

Más allá de eso solamente contamos, para las revistas científicas y algunas otras publicaciones periódicas, con los estudios sobre el
índice de impacto que la liberación de los contenidos produce sobre los artículos sometidos a ese tipo de licencias.

El resto, aunque existan proyectos como el
Open Business, con el permiso de mi amigo
Miquel Vidal, experto poliédrico, son todavía aproximaciones y conjeturas. Eso es lo que la OMPI esgrime para convocar un seminario de esa clase: la finalidad de la “Mesa Redonda Internacional sobre los Vínculos entre
la Economía y la Propiedad Intelectual” era pasar revista a la
documentación económica que existe en esa esfera y determinar qué
proyectos de investigación empírica podrían realizarse en los países en
desarrollo y los países en transición.
Es rigurosamente falso, como la OMPI esgrime a continuación, que haya una relación inviolable entre la propiedad intelectual y el fomento de la creatividad, y hasta ahí estamos la mayoría de acuerdo, porque es obvio que el movimiento del Creative Commons y el acceso abierto demuestra que somos muchos los que nos damos por satisfechos con que nos dejen escribir en un espacio público para no tener que pagar analgésicos ni psicólogos. Pero que la OMPI incurra en esa clase de tergiversación es normal, porque sería como pedirle al lobo que dejara de mirar a las ovejas con ojos de depredador, pero no deja de faltarle razón cuando nos recuerda que faltan estudios empíricos contrastados en muchos de los ámbitos en los que la propiedad intelectual está implicada para que puedan emitirse unas recomendaciones que, quizás, incluyeran las de la relajación de la propiedad y el fomento del procomún.
Quizás sea esa, la elaboracion de un informe empíricamente fundamentado, con propuestas específicas basadas sobre datos, la estrategia que debamos seguir para que, aquellos que creemos en el empuje y robustez de la idea del procomún, nos hagamos oir.