En el diario El País de ayer día 18 de diciembre pudo leerse un artículo cuyo título,
El nombre ya no es importante, aludía al hecho incontrovertible de que determinadas herramientas de publicación electrónica han democratizado de tal manera el acceso a la web y a la edición de contenidos y ha facilitado de tal forma la colaboración en línea, que ha llegado ya el momento en que podamos prescindir de los autores, de la autoría y del nombre propio del creador. Como afirmación, excesiva. Como vaticinio, improbable. Como constatación de un hecho en aumento en determinados segmentos de la creación, cierta, pero matizable.
Sin duda alguna, herramientas como los wikis han resucitado o recreado la posibilidad de la creación anónima colectiva, han desafiado a la autoría con nombre propio y han "desencantado" la esencia de la autoría tal como la conocemos, la de un demiurgo aparentemente ingénito e inspirado que genera obras por inspiración divina. Como titular periodístico, están bien, pero que el nombre carezca de importancia, es más que dudoso. Como nos recuerda Pierre Bourdieu en su insustituible
Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario, el campo de producción cultural, artístico, literario, tuvo una génesis histórica datable en la que determinados autores consiguieron independizar su quehacer artístico cotidiano de las acuciantes demandas materiales externas que reducían su trabajo a una elaboración artesanal. El autor nace contra un entorno social que, a lo largo todavía del XIX, le tiene por experto artesano, en todo caso, pero no lo valora como creador, menos aún como artista.

La heroicidad de nombres como los de Flaubert y Baudelaire consisten en colaborar, mediante su trabajo y actitud, a la construcción de un campo de producción literario independiente, donde los nombres sí tienen valor, porque sirven para identificar las posiciones de cada uno de sus ocupantes, aunque se agrupen temporalmente en movimientos, o aunque se arropen bajo las premisas de comunicados de vanguardia que identifiquen provisionalmente sus principios contra aquellos otros que, simultáneamente, ocupan el campo. La conquista de la autoría, del derecho a utilizar el nombre y que al nombre se asocien derechos morales y patrimoniales es el resultado del trabajo de un siglo (y pico). Y me detengo aquí en mi razonamiento sociológico, porque me llevaría demasiado lejos.

La cuestión, por tanto, es que es completamente cierto que la experimentación colectiva en la web es un hecho incontrovertible, por la
Wikipedia, cómo no, por experimientos literararios como
Un millón de pingüinos, en el que un grupo editorial gigantesco intenta amaestrar la fuerza torrencial de la creación conjunta, o cualquier otra iniciativa similar, arrastrada por el ejemplo del software libre y su cultura de la colaboración meritocrática. ¿Quién puede dudar de ello? Pero, de ahí a que eso suponga la completa desaparición de la autoría y la devaluación completa del nombre, dista un abismo, porque para que eso fuera posible esa "revolución" creativa debería romper las reglas del campo de producción literario, generar un campo de producción completamente nuevo, al margen de géneros literarios, al margen de corrientes artísticas, y no parece que ese sea el caso. Se trata, más bien, de una modalidad complementaria de creación cuyos límites están por explorar, pero no de una alternativa maximalista que pueda o quiera romper con los límites bien establecidos del campo de producción literaria donde se desarrollan sus propuestas creativas.
Si el nombre no fuera ya importante (me permitirá la malignidad el redactor de El País), ¿por qué seguir incluyendo los nombre y las fotos de los autores que colaboran en las columnas de opinión de su diario? ¿Por qué seguir publicando las novelas de Vargas Llosa con su nombre en el sello Alfaguara, propiedad del mismo grupo? ¿O por qué empeñarse en comprar los derechos de Harold Bloom, para Taurus -sello del mismo grupo-, si no valiera la pena apostar por el nombre?