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Libreros

Enviado el lunes, 17 de septiembre de 2007 18:02

Eduardo Mendoza escribe en la última página de El País de hoy una columna titulada "Libreros", donde desmenuza alguna de las razones por las que, a su juicio, la vida de los libreros independientes son pura zozobra. No más, claro, que la de muchos de sus pusilánimes lectores.

No es que las razones que Eduardo Mendoza esgrime no sean ciertas. Lo son. Y son dos, principalmente: que las librerías son templos del saber innacesibles para quienes no disponen de las competencias necesarias para traspasar el umbral de un santuario sagrado y que las grandes superficies, más acordes con el espíritu anónimo y furtivo del consumidor contemporáneo, más despersonalizadas y, por eso, menos opresivas que el pequeño comercio, prestan un servicio más adecuado al lector intempestivo y mudable, al lector reticente. No es que el argumento no sea cierto, lo es. El caso, sin embargo, es que ese argumento fue ya desarrollado y científicamente fundamento en sociología de la cultura en el año 1969, en el libro L'amour de l'art, escrito por el gigantesco Pierre Bourdieu, donde demostró ya fehacientemente que aquellos más desprovistos de capital educativo y cultural menos propensos eran,

EL AMOR AL ARTE

estadísticamente, a frecuentar ningún lugar que requiriera de esas competencias intelectuales para apreciar cabalmente los productos que ofrecía. Todo lo contrario también era cierto: que los más dotados, que los herederos de capitales culturales y educativos cultivados previamente por sus padres, mayor propensión estadística mostraban, mayor gusto -utilizando el lenguaje de la calle- mostraban por frecuentar librerías, museos, exposiciones, conciertos...

El problema, por tanto, no es que Mendoza no tenga razón, que la tiene, sino que 38 años después de que esa verdad incontestable fuera pronunciada, poco se ha hecho para que el amor a la lectura, para que la competencia lectora se inculque con decisión y sin ambagajes en los primeros niveles educativos de los colegios españoles. Si la familia no es capaz de dotar a sus hijos del capital que le faculta para acudir a una librería -para lo que tiene que ser un lector competente-, debe ser la institución escolar la que realice ese esfuerzo redoblado. Y, hasta donde yo sé, de momento todo se queda en planes y palabras, en Leyes de Calidad de la Educación vacías que sólo aluden de soslayo a la lectura, en trapicheo de dineros públicos dirigidos, supuetamente, a bibliotecas escolares desatendidas y desabastecidas.

Así, que se preparen los libreros, porque cuando desaparezcamos los pocos clientes asiduos que quedamos, tendrán que poner un puesto de hortalizas (poniendo que queden, claro).


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