Enviado el viernes, 18 de mayo de 2007 7:13
Los antropólogos descubrieron a principios del siglo XX en las costas noroestes del Canadá un sistema de intercambio entre las poblaciones indígenas denominado Potlatch que consistía, básicamente, en la celebración de grandes festividades en las que una persona dilapidaba grandes cantidades de bienes materiales, regalándolos o quemándolos en enormes piras, porque la prodigalidad material, la generosa entrega de los recursos materiales, se transformaba en crédito simbólico, en admiración social, en reconocimiento por parte de la comunidad, y esa clase de capital era mucho más apreciado y valorado en las comunidades indígenas que cualquier otro.

Ayer por la tarde, en el seminario sobre Procomún que el Medialab de Madrid ha organizado, discutiendo sobre las razones que pueden impulsar a centenares de miles de personas a contribuir grauita y anónimamente al desarrollo de proyectos creativos de toda índole -desde la programación de código a la redacción de una entrada en la Wikipedia- sin que esperen compensación económica de ningún tipo, al menos de forma contable y directa.

En un artículo del año 1938, publicado en Public Anthropology, podemos leer:
Potlatch gifts are given freely, without expectation of repayment. However, it is expected that every individual, based upon his or her standing, will give in return to one or many recipients. Interestingly, because the worth of a particular gift is apparent to all convening in the potlatch, an individual will often compete with others to bestow the most extravagant gift. This contest is usually not a reflection of the recipient, but is solely meant to induce the admiration of others, so that the giver of the gift is held in high esteem.
Y es precisamente esto lo que está ocurriendo ahora mismo, que el entorno digital y sus herramientas de generación, difusión y uso de los contenidos están generando un espacio económicamente invertido en el que predomina la colaboración altruista como posibe forma de acumulación de capital simbólico, en el que el desprendimiento en el trabajo y la cooperación gratuita se constituyen en la lógica propia del espacio digital para el acopio de un capital que no es cruda ni directamente dinerario. El Potlatch digital, que así podría bautizarse, es esa Web 2.0. en la que la creación y circulación de los contenidos, su uso y reproducción, no están restringidos por licencias limitadoras, que buscan en el control de la copia y de su uso una fuente de beneficios económicos directos. Al contrario, en el potlatch digital se valora tanto más la contribución de alguien cuanto más se haya utilizado, cuanto más fructuoso haya resultado su uso, cuanto más desprendimiento haya demostrado su autor, siguiendo una lógica de la acumulación del capital que espera obtener retornos -nadie renuncia al reconocimiento y a beneficios de otra naturaleza- basados en el reconocimiento meritocrático.
Es este mundo al revés el que está transformando los modos y modelos de producción editoriales tradicionales, el que pone en riesgo su superviviencia, el que hace saltar por los aires los corsés restrictivos del copyright pensados y concebidos para modelos de producción apegados a la materialidad del papel, pero la industria editorial haría bien en no acantonarse o encastillarse en posiciones fosilizadas, porque el potlatch digital nos exige a todos un comportamiento muy diferente. El lunes más.