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miércoles, 25 de abril de 2007

Amazon no ha anunciado oficialmente, pero si extraoficialmente, que lanzará próximamente un libro electrónico, su propio libro electrónico, el Kindle, un aparato a mitad de camino, por su aspecto, entre una calculadora extraplana y un teléfono móvil de última generación. Pero lo más importante no es su aspecto, ni siquiera si este prototipo acabará o no lanzándose o tendrá o no éxito en el mercado; lo decisivo es que, como en el inicio de la Edad Moderna, los libreros virtuales aspiran a hacerse con el control de varios de los eslabones de la cadena del libro, no sólo el de la venta, sino también el de la edición  y circulación de las obras que comercializan. 


Kindle, que significa algo así como prender, atrapar o sujetar, figuradamente, por tanto, el atrapador, es un dispositivo polivalente que hasta donde se sabe será desarrollado y comercializado por Amazon, en condiciones todavía desconocidas, porque bien podría llegar a regalarse, como ocurre con los terminales móviles, si el usuario aceptara una permanencia mínima o un compromiso estipulado de antemano de compras mínimas.

Lo interesante de esta estrategia no es tanto su novedad como la rememoración y recuperación de una figura histórica bien conocida, la del editor-librero, característica del siglo XVII, de editores-libreros como Juan de la Cuesta, impresor y vendedor de El Quijote. Nadie pone reparo en la actualidad a la preexistencia de aquellas figuras, más bien se les ensalza y encomia, y por eso me produce algo de desconcierto cuando se vitupera o se desprestigian estas prácticas comerciales contemporáneas, porque no hacen otra cosa que recuperar una figura que desde hace tan sólo un siglo se había escindido en diversas figuras especializadas en la cadena del libro.

Poseer su propio lector significará, a priori, varias cosas: que potenciará la edición y descarga de contenidos digitalizados de muchas editoriales que hasta ahora no se han atrevido a entrar de lleno en la era digital; que toda esa zona gris de la edición -tal como la llaman los franceses-, esos títulos que no son betsellers pero tampoco obras arrumbadas en los desvanes, todas esas obras huérfanas de las que ya he hablado, encontrarán en este soporte la posibilidad de una segunda vida más o menos floreciente; que los editores comerciales podrán utilizarlos para ofrecer prepublicaciones, versiones beta de los libros, anticipos editoriales; que ellos mismos, Amazon, podrán convertirse en editores, dando preminencia a los textos que les reporten mayores beneficios, o no; que los lectores, los usuarios, podrán acceder a muchos textos hasta ahora difíciles de encontrar de una manera, teóricamente, más barata y sencilla.

Los libreros, y los editores, deberían dejar de pensar en términos de antagonismo y desacreditación para tomar este reto digital en serio y proponer, a su vez, sus alternativas.

12:49 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (4)