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jueves, 15 de marzo de 2007

Para aprender a usar un libro era necesario, entre otras cosas, saber manejar los dispositivos textuales que facilitaban su consulta, en particular los métodos de indización y localización, los indices y sus referencias en los folios numéricos. Los soportes digitales cambian radicalmente la concepción estática de un índice y pueden llegar a convertirlo en una referencia reconfigurable en función de los intereses del lector.


Los índices o tesauros visuales, que así suelen llamarse, permiten que el lector realice una búsqueda por un término cualquiera, pongamos que "book", y si el contenido sobre el que realiza la búsqueda ha sido previamente indizado y se han establecido los vínculos semánticos que puedan unirlos, obtendrá una representación gráfica y movediza de los hilos que unen "libro" al resto de los términos que, presumiblemente, están relacionados. Si el lector eligiese cualquier otro término vinculado, el mapa, el índice o la representación de la información, como queramos ahora llamarle, se expande y reconfigura hasta ofrecer una imagen distinta del mapa de términos y conceptos contenidos en ese texto. ¿Díficil de entender? Quizás, pero fácil de comprender si se accede a una de las páginas donde se desarrolla esa clase de software y se practica una búsqueda sencilla.

 

En el fondo nuetra manera de leer cambia, porque ya no es necesaria o forzosamente sucesiva, tampoco producto de la búsqueda aleatoria de ideas o conceptos o, en el mejor de los casos, guiada por índices temáticos, no. Se trata de una lectura que se expande siguiendo enlaces conceptuales que se abren o florecen a medida que avanzamos o nos adentramos en el contenido.

Nuevos dispositivos textuales, para nuevos soportes, para nuevos tiempos.

17:17 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (4)