Según una información que publica hoy el diario El País, basada en un estudio de la consultora IDC, "el ciberespacio se come al libro" o, al menos, la cantidad de los contenidos digitales generados por los usuarios de la red supera con creces a la editada por medios convencionales.
Según el estudio publicado, "estamos rodeados de bits. Hay 900 millones de ordenadores, 550 millones de reproductores de música digital, 600 millones de teléfonos móviles con cámara, 400 millones de cámaras... La información digital que contienen todos estos dispositivos suma 161.000 millones de gigabytes, el equivalente a tres millones de veces la información contenida en todos los libros escritos o a 12 pilas de libros que cubrieran, cada una de ellas, la distancia entre la Tierra y el Sol. Y en tres años, esa cifra se multiplicará por seis, hasta los 988.000 millones de gigabytes", y los responsables directos de que ese crecimiento exponencial se produzca son los usuarios de las herramientas y aplicaciones digitales, los "protagonitas" del año 2006, como nos denominaba la revista Time en su número especial de navidad.

La Web 2.0., o los mecanismos por medio de los que llenamos de contenidos digitales la web, la Edición 2.0., se basa en la posibilidad de que cualquier persona digitalmente alfabetizada y con acceso a los medios y redes necesarios, pueda generar, difundir y consumir contenidos escritos o audiovisuales, prescindiendo, teóricamente -siempre que los dueños de las redes lo permitan y no aderecen un suculento negocio de acceso restringido por pago a determinados contenidos-, de la intermediación de los agentes que hasta el día de hoy monopolizaban la producción y emisión de esos mismos contenidos. Esa algarabía digital, ese profusión incontrolada, es buena, al menos, porque libera la cultura, porque ofrece canales alternativos de expresión a quien no hubiera podido disfrutar del acceso a los canales tradicionales, pero esa ventaja no entraña, automáticamente -adelántandonos a las críticas más triviales-, que todo lo que se produzca ofrezca una calidad contrastada, o sea digno de atención, o sea siquiera fidedigno, de manera que los filtros, de la naturaleza que sea, que depuren la maraña de contenidos y ofrezcan aquello que buscamos -buscadores de uno u otro tipo, RSS, taxonomías o folksonomías, listas de distribución, foros, espacios bien acotados con contenidos temáticos seleccionados, etc.-, seguirán siendo necesarios, casi más necesarios que antes, cuando la cantidad de información analógica que se nos ofrecía era más asequible.
Nos enfrentamos, también, a la paradoja de la conservación y de la retrolegiblidad, concepto que no quiere decir otra cosa que la capacidad o no que tengamos en un futuro para desentrañar y comprender la información que fue producida con unas aplicaciones y unos formatos determinados. De hecho, buena parte de los proyectos de digitalización a gran escala que se están abordando tanto en Estados Unidos como en Europa, tienen como preocupación central la de asegurar la compatibilidad de formatos o, al menos, la de la posibilidad de saber de qué manera fue producido un contenido -mediante un conjunto pautado de metadatos- para tener la oportunidad de interpretarlo en el futuro.
Sean cuales sean las dificultades derivadas del uso masivo de las herramientas y aplicaciones digitales, lo cierto es que todos, de alguna manera, nos hemos convertido en editores de ese nuevo espacio global, y en nuestra mano estará, en buena medida, llenarlo o no de contenidos bellos, valiosos y provechosos.