Hoy es San Valentín y puede que algunos tomen el título del artículo por lo que no es. "Lubricar el canal" es un concepto que los comerciales toman, también los editoriales, para designar todas aquellas acciones que faciliten y procuren el encuentro entre un bien o servicio y un usuario o un consumidor, sobre todo en aquellos canales, en aquellas vías o espacios de venta, donde se han encontrado dificultades o reticencias. Para el caso que nos compete e interesa, se trataría, sobre todo, de la regulación del espacio de internet como canal de venta y adquisición de libros o de contenidos editoriales.

En el Green Paper on the review of the cosumer acquis, publicado por la Unión Europea, puede leerse:
De acuerdo con la encuesta de Eurobarómetro mencionada, el 26 % de los consumidores de la UE ha adquirido bienes o servicios en empresas establecidas en otros Estados miembros. Si bien la venta a distancia es un fenómeno en expansión, sólo el 6 % ha comprado a través de internet a un proveedor situado en otro Estado miembro. Una de las razones es que el 45 % de los consumidores se siente menos seguro al realizar compras a través de internet en empresas situadas en el extranjero(en un Estado miembro esta cifra alcanzaba el 73 %). Esto se demuestra, además, por el hecho de que el 44 % de las personas con acceso a internet en su domicilio realizó una compra de comercio electrónico en su país, mientras que únicamente el 12 % realizó una compra transfronteriza. En general, el 56 % de los consumidores opinaba que, cuando se adquieren bienes y servicios en empresas situadas en otros Estados miembros, es menos probable que dichas empresas respeten la legislación sobre protección de los consumidores. El 71 % consideraba más difícil resolver problemas como reclamaciones, devoluciones, reducciones de precio, garantías, etc. cuando las compras se realizan en empresas situadas en otros Estados miembros. Para el 65 % resultaba más problemático devolver un producto comprado a distancia dentro del período de reflexión cuando el proveedor estaba situado en un Estado miembro diferente. Las diferentes normas resultantes de la armonización mínima pueden tener un efecto negativo en el mercado interior. Una de las razones por las que los consumidores son reacios a realizar compras transfronterizas es que no pueden estar seguros de que, cuando compren más allá de sus fronteras, se les aplique el mismo nivel de protección del que gozan cuando compran en su país. Por ejemplo, la duración del período de reflexión para las compras transfronterizas a distancia varía de un Estado miembro a otro, lo que crea inseguridad en los consumidores. Lo mismo ocurre con las modalidades de ejercicio del derecho de retractación y con los gastos de devolución de mercancías.
Existen tipos de productos editoriales que hoy en día no disponen de canales propios para llegar a sus potenciales lectores. Así ocurre con los libros universitarios, con muchas de las publicaciones institucionales o gubernamentales, con los centenares de revistas científicas o culturales que se editan y que no encuentran ni lugar ni oportunidad de darse a conocer. Las librerías están saturadas, colmadas de novedades, incapaces de asumir nuevos productos, más bien al contrario, deseosas de desacerse de aquellas publicaciones que sólo proporcionan beneficios marginales y ocupan demasiado espacio; los kioskos han entrado en una fase expansiva, para intentar combatir la amenaza cierta de desaparición, donde ya no cabe ni un alfiler, menos aún una revista cuyas ventas se contarían con los dedos de una mano. En esas circunstancias, Internet como espacio de venta e intercambio, sólo puede beneficiar a quienes desean encontrar lectores, y para eso es bueno que existan leyes que defiendan globalmente, a escala europea, los derechos de los consumidores.
Lubriquemos Internet (no me parece mal como divisa del día de San Valentín).