
En su último libro publicado en español, La biblioteca de noche, Alberto Manguel tiene un sueño, un sueño que, si no fuera analógico, parecería digital.
"Algunas noches", escribe en la página 97 de su libro, "sueño con una biblioteca totalmente anónima en la qu elos libros carecen de título y no tienen autor, sino que forman una corriente narrativa continua en la que convergen todos los géneros, todos los estilos, todas las historias; una narración en la que ningún protagonista, ningún lugar, está identificado, una corriente que me permite lanzarme a ella en cualquier punto. En esta biblioteca, el protagonista de El Castillo embarcaría en el Pequod para ir en busca del Santo Grial, desembarcaría en una isla desierta donde, a partir de fragmentos, reconstruiría la sociedad apoyado en sus ruinas, hablaría de su primer encuentro centenario con el hielo y recordaría, de forma insorportablemente detallada, cómo se va a la cama temprano. Esta biblioteca contendría un solo libro dividido en unos cuantos miles de volúmenes y, con el respeto debido a Calímaco y a Dewey, carecería de catálogo".
Si no fuera porque está hablando de su propia biblioteca, sospecharía que estaba describiendo cualquiera de las grandes bibliotecas digitales que se están construyendo en la red.