Ayer pudimos leer en la prensa que más de 300.000 de cinco bibliotecas catalanas van a ser digitalizados, libros libres de derechos, pertenecientes ya al dominio público. Cuando la Universidad Complutense de Madrid anunció su compromiso de digitalizar, gracias a la ayuda de Google, todas sus colecciones exentas de derechos, muchos editores y libreros se echaron las manos a la cabeza. Pero, ¿hay alguien que pueda parar esto? ¿es siquiera deseable que alguien pudiera pararlo?
La suma de los factores es sencilla de entender y ofrece un resultado previsible: (tecnología capaz de digitalizar masivamente y con calidad fondos bibliográficos + tecnología capaz de indizar los contenidos digitalizados + tecnología capaz de buscar con absoluta pertinencia los contenidos previamente indizados + tecnología de visualización de los contenidos cada vez más legible) + (fondos bibliográficos exentos de derechos + fondos difícilmente accesibles y preservables) + (obligación de las bibliotecas de incrementar la accesibilidad a los contenidos que custodia) / necesidad y deseo de los usuarios de acceder fácilmente a distintas clases de contenidos = bibliotecas digitales.
En nuestro país la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, previamente, como proyecto masivo y pionero, es un ejemplo a seguir; lo serán las bibliotecas catalanas y las universitarias, con la UCM a la cabeza; nuestra misma Biblioteca Nacional ha emprendido el camino de la digitalización de parte de sus tesoros bibliográficos, como antes lo hicieran la British Library o Gallica, la biblioteca digital francesa; otras, como la Biblioteca Valenciana digital o la Biblioteca virtual de Andalucía, van dando pasos acertados en el mismo sentido; en otros países se suceden los ejemplos, el último de los cuales -mi lado germánico se regocija- es la digitalización completa de la revista Die Fackel, el estandarte crítico dirigido por Karl Kraus.

En el camino se quedan muchos proyectos que, dirigidos con cortedad de miras y exceso de protagonismo, anteponen intereses particulares al bien general. No existe coordinación global efectiva en los proyectos de digitalización, y se suceden el despilfarro y el despropósito.
En el camino hacia el procomún, del que la Web 2.0 es el soporte y la autopista, la digitalización de los fondos bibliográficos es imparable, y los editores y los libreros deberían preocuparse por entender el fenómeno y sacar provecho de él, antes de ser arrollados.