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jueves, 04 de enero de 2007

Hasta hace no demasiado tiempo nuestra percepción de lo que acontecía a libros y lectores era escasamente rigurosa, basada más en la intuición profesional que en datos rigurosamente recogidos y analizados. En la nueva Ley del Libro se instituye el "Observatorio de la lectura y del libro" como un órgano que deberá analizar regularmente la situación del libro, la lectura y las bibliotecas.


Hasta el año 2000, en el que la Federación de Gremios de Editores de España puso en marcha, con acierto y buen olfato, la encuesta sobre Hábitos de compra y lectura, no sabíamos nada sobre el comportamiento de los lectores, sobre sus usos y gustos, sobre su perfil y características; tampoco sabíamos nada, apenas, sobre las prácticas de adquisición de libros, al menos nada fehaciente, nada que públicamente pudiera ser utilizado para, conociendo esos hábitos, intentar implementar políticas que optimizaran el encuentro entre el lector y el libro. Existían en todo caso, claro, encuestas sectoriales encargadas por las diversas asociaciones profesionales o, también, los datos que las propias editoriales obtenían a través de sus redes comerciales cuando estaban entrenadas y preparadas para ello. Pero si de lo que estamos hablando es de cómo desarrollar una política cultural que ponga universalmente a disposición de la población los recursos para que puedan disfrutar de la lectura, era notoriamente necesario que se pusieran en marcha análisis sistemáticos y regulares de esa realidad y que se fundaran organismos capaces de realizar diagnósticos periódicos y preceptivos. Las encuestas anuales, como queda dicho, ya son una realidad, y la Federación se encarga de que sean realizadas y difundidas; el Observatorio estatal no es, todavía, más que una disposición de la nueva ley y no se sabe cuáles serán sus competencias, cometidos y dotación. Ha surgido, mientras tanto, al calor de una necesidad presentida, el Observatorio del Libro y la Lectura en Extremadura, un empeño necesario y benemérito al que habrá que seguir la pista.

Siendo todo lo anterior cierto, no puedo dejar de expresar ciertos deseos para su futuro desarrollo, deseos que, aunque no corresponda incluir en ninguna Ley, bien podrían formar parte de su declaración de principio o intenciones:

1. a día de hoy, los datos que se desprenden de las encuestas de compra y lectura son tan generales, tan poco matizados, tan escasamente estructurados, que nos dan una idea muy superficial sobre las razones de las prácticas de lectores y compradores (y, en consecuencia, de no lectores y no compradores). Si, pongamos por caso, supiéramos con certeza y cruzármos los datos sobre el tramo de edad, el nivel de estudios, el nivel de renta y la situación geográfica de los padres e hijos que declaran no leer o no adquirir libros, podríamos pensar en políticas específicas de promoción de la lectura para esos colectivos y zonas afectadas, políticas que en muchos casos excederían las competencias de un organismos diagnóstico y se convertirián en políticas de Estado a largo plazo. Para la Comunidad de Madrid, por ejemplo, bastaría con cruzar los datos del INCE o de la propia CAM y de ciertos estudios sociológicos bien fundamentados, para cear en la cuenta de cómo se encarnan en el territorio las diferencias sociales y, por ende, las diferencias en los hábitos de compra y lectura

La labor de cualquier organismo de observación, por tanto, debería tener como primera premisa proporcionar elementos diagnósticos precisos para un desarrollo e implementación efectivas de políticas de promoción de la lectura.

2. Organismos en otros países, como el National Literacy Trust de Inglaterra, conscientes de esa diferencia casi insalvable en la dotación de partida (cultural y económica), desarrollan programas para proporcionar provisionalmente lo que los padres no están en condiciones de dar: se destinan partidas presupuestarias para entregar paquetes de libros a familias desfavorecidas, se desarrolla un plan de visitas posterior con profesionales para registrar los avances en la comprensión lectora de los niños y se fomenta la creación de clubs de lectura vecinales que hagan de la lectura una experiencia compartida.

La meta de un observatorio no es sólo observar, sino implicarse activamente en la promoción de la lectura, especialmente entre las comunidades más desfavorecidas cultural y económicamente.

3. Si las familias no pueden o no están en condiciones de generar el hábito de la lectura, deberían acometerse dos planes paralelos: el de una campaña nacional de lectura en familia, cuya programación bien podría partir del observatorio, y otro específico de alfabetización en colegios e institutos públicos mediante el uso activo de las bibliotecas escolares como eje de su trabajo.

El trabajo de los observatorios debería ser apoyar incondicionalmente a las familias y a la labor que colegios e institutos deberían emprender.

4. Traspasar el umbral de una librería o de una biblioteca es, como atravesar el de un museo u otra institución cultural, menos una cuestión física que de predisposición psicológica. Todos los estudios de sociología de la cultura apuntan a que los menos dotados culturalmente, por el efecto de imposición institucional, no se atreven a transponer esas entradas.

El fin de un observatorio, también, sería proporcionar a padres y colegios programas de actividades complementarias entre los que figurara la visita a librerías y bibliotecas, la compra y uso de los libros como una actividad tan básica como la de comprar el pan nuestro de cada día.

6:18 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (1)