Inge Schoental, más conocida por Inge Feltrinelli, viuda de Giangiacomo Feltrinelli, ha declarado en El País del martes 19 de diciembre: "El gran editor ya no volverá", lo que suena a, los grandes dinosaurios ya no regresarán. ¿Es eso malo?
Gingiacomo Feltrinelli llevó hasta sus últimas y más erróneas consecuencias la militancia política e intelectual que primero intentó conducir, sabia, arriesgada y tenazmente, de manera no violenta, con la palabra, a través de sus libros. En Senior Service su hijo, Carlo Feltrinelli, da cumplida cuenta de ello. Ética y estética estaban indisolublemente entrelazadas y el editor era más que el enlace desquiciado y neurótico entre el departamento comercial y los autores, entre el departamento de comunicación y sus lectores. Cada libro buscaba hacerse su público, crear una opinión, generar un debate, ilustrar una idea, generar un movimiento, respaldar una propuesta, arriesgar una utopía, pero esos eran, claro, otros tiempos, incluidos los de su mujer, Inge Felitrinelli, que para cabalgar la ola de la modernidad decidió -con acierto, todo hay que decirlo- que la comercialización de sus libros no podía depender del albur de un distribuidor ajeno a sus propios intereses, de manera que decidió crear su propia cadena de librerías vascularizando el tejido comercial hasta el último rincón de Italia, y hoy factura 300 millones de euros en sus librerías. La editorial Feltrinelli, por su parte, factura 60 millones de euros más.
"Los grandes personajes -dice Inge Feltrinelli- de la edición, Rowolth, Gallimard... ya no existirán más. Era todo otro sistema: no había agentes literarios, se producía mucho menos, el editor era el protagonista. Esos editores de gran personalidad, que trataban a sus escritores como a hijos, ya no existen. Todo eso ya no volverá. Los editores de hoy no conocen a nadie, todos provienen de grandes industrias. Ahora todo se ha mercantilizado en extremo. Todo es marketing cultural".
Es posible que, como los dinosaurios, los grandes editores ya no existan y nuevas especies más pequeñas y retráctiles, más versátiles y más ágiles y rápidas, más dispuestas a adaptarse al entorno, hayan ocupado su lugar, pero hay algo que nunca dejarán de compartir: "defender y conservar los valores más antiguos y tradicionales de la edición, esto son, la defensa y promoción de las vanguardias artísticas, pasadas y futuras; el respaldo y lanzamiento de nuevas voces y tendencias; la asunción del riesgo inherente a las inversiones de naturaleza cultural; la estricta observancia del ciclo largo como horizonte de posibles beneficios, el futuro como meta de la producción; la edición de obras que tienen que hacerse su público, que son performativas y que, por tanto, carecen de las supuestas seguridades que otorga el adaptarse a los gustos precocinados del público, que se acomodan y ajustan al tema del día; la publicación de libros con aliento y vocación de long sellers" (y me cito a mí mismo que soy el autor más interesante que conozco).