Cuando Gutenberg entintó las primeras planchas haciendo uso de un rodillo, realizó un uso peculiar de un elemento que hasta entonces había servido para que la punta biselada del cálamo se sumergiera regularmente en el tintero y manchara el papel. ¿Por qué deberíamos resistirnos ahora a hacer un uso distinto de la tinta, cuando los soportes y los modos de producción han cambiado?
Es probable que un futuro no muy lejano dejemos de ir todas las mañanas al kiosko para comprar el periódico -si es que lo compramos- o renunciemos a recibir el ejemplar gratuito que postran en nuestras manos en el acceso a un transporte público. Es probable, claro, que el hábito social bien arraigado en determinadas culturas de salir fuera a encontrarse con las noticias del día no decline tan rápidamente y se resista a dejar paso a una tecnología que no obligaría, al menos de manera ineluctable, a salir a la calle -tampoco lo impediría, claro-. ¿Nos resultaría muy díficil o insoportable imaginar que una vez que nos levantemos de la cama y nos preparemos un café dispongamos de una hoja de papel electrónico cuya tinta digital pueda configurarse y reconfigurarse tantas veces como sea necesario para componer la página de un periódico o, en realidad, de cualquier otra clase de contenido escrito o animado -sí, animado- que quisiéramos consultar? ¿sería tan costoso imaginar ese mismo acto podríamos realizarlo en cualquier otro sitio siempre y cuando el fabricante hubiera tenido la precaución de instalar una conexión inalámbrica en el dispositivo, que de esa manera la prensa sería ubicua y la información omnipresente?
La tinta digital -un invento ya "antiguo" de Joe Jacobson- promete, potencialmente, en su asociación con un nuevo soporte -el papel

digital-, realizar este milagro: que el papel no sea ya el contenedor o el soporte de una sola escritura registrada de una vez para siempre en la página y que la tinta no sea ya una estampación imborrable, indeleble. ¿Que eso atenta contra la concepción de los periódicos, revistas y libros tal como lo hemos conocido hasta ahora? En gran medida, sí, claro, no nos engañaremos. ¿Es eso intrínsecamente malo? No, por supuesto, al contrario, se abre un mundo de posibilidades, entre las que no será la menor la de la posible integración de elementos multimedia y grabaciones audiovisuales sobre el papel digital, tal como promete por ejemplo Philips (Video on e-paper). Estamos hablando de libros electrónicos más allá de los libros electrónicos, de que es posible que una de las razones por las cuales el libro electrónico como tal no haya cuajado sea la de que la tecnología que lo sucederá ya está aquí, superándolo, culminando sus propias promesas.
