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viernes, 01 de diciembre de 2006

La contribución de muchos autores e intelectuales al debate sobre el futuro del libro se caracteriza, desafortunadamente, por su vacuidad, endeblez y tendenciosidad.


John Updike -prestigioso escritor e intelectual norteamericano- pronunció hace pocos meses una conferencia titulada "El final de la autoría" ante los libreros norteamericanos, una contestación, en realidad, al artículo que previamente publicara en las páginas del New York Times Kevin Kelly con el título de "Scan this book". Lo sorprendente del artículo de Updike es la debilidad de su fundamentación intelectual, su intención tendenciosa. Es posible que aquí se esté cumpliendo ese casi axioma de la sociología que dice que el agente es el menos predispuesto o preparado para decir la verdad objetiva de sus prácticas. En fin, su enclenque argumentación se basa sobre tres puntos: el peligro que la digitalización de los libros representa para los derechos de autor y, en consecuencia, para el autor mismo como creador; el peligro que la circulación masiva y gratuita de libros en la red representaría para los libreros mismos; la insoportable posibilidad de que algún día dejara de contemplar los lomos de los libros en su biblioteca.

Es cierto que el modo de producción digital de los contenidos y la posibilidad que la red nos ofrece de generar de forma solidaria, cooperativa o distribuida otros nuevos, distintos, fruto de la agregación anónima o de la unión o aglutinación de distintos fragmentos, supone una modalidad de creación distinta, nada novedosa, en cualquier caso, porque se parece más a los textos medievales comentados y anónimos que a cualqueir otra cosa que conozcamos. La red, efectivamente, nos permite elaborar enciclopedias gigantéscas y anónimas como la Wikipedia o novelas colectivas a partir de fragmentos iniciales conocidos, como en la Wikinovela. Los autores, en tanto que ente jurídico y ser independientes cuyos derechos morales e intelectuales soberanos son reconocidos legalmente, es una figura datada con fecha y casi con hora, fruto de las discusiones de Diderot y Condorcet, un ente, por tanto, con una génesis trazable, hijo de la Revolución Francesa. Chartier lo dice con más propiedad. Que pudieran desaparecer los autores en el nuevo entorno digital no sería, por tanto, más que un avatar histórico fruto de las nuevas condiciones de producción, circulación y uso de los contenidos. En cuanto a los derechos, hubiera convenido que  hablara de dos cosas distintas, que hubiera sido capaz de diferenciar entre dos tipos de licencias de uso: nadie podrá arrebatarle el copyright sobre sus textos o contenidos si él así no lo desea. La venta de sus libros a través de la red sólo puede contribuir a incrementar los dividendos que perciba. Nadie en su sano juicio discutirá la vigencia de este tipo de reconocimiento legal. Otra cosa, sin embargo, es que hubiera elegido, legítimamente, utilizar una licencia Creative Commons, en alguna de sus modalidades, y que hubiera permitido con absoluta legitimidad que sus textos fueran manipulados, difundidos, enriquecidos (o no).

En casa del ahorcado no conviene, claro está, mencionar la soga, así que en vez de aconsejar a los libreros americanos que reflexionaran sobre los profundos cambios estructurales que están sucediendo, prefirió tomarla con la digitalización y la circulación (imparable) de los contenidos a través de la web. Algo así como levantar un murete de ladrillos en las cataratas Victoria esperando a que el agua no rezume.

Y en cuanto a los lomos de los libros... en el Rastro venden cajas de cartón de distintos colores que simulan ser libros venerables para adecentar y decorar nuestras bibliotecas y salones.

5:01 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (1)