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viernes, 03 de julio de 2009

Hoy hubiera cumplido años, muchos años, más de 120, Ramón Gómez de la Serna, edad improbable e inalcanzable para la mayoría. Sin embargo, algunas de sus greguerías siguen siendo flechas que atraviesan el tiempo y llegan hasta nosotros hasta dar en el blanco, certeras e infalibles. Para definir la creación de Ramón muchos han dicho que es la suma de una metáfora y un ingeniosidad humorística, y aunque así sea yo me permitiría añadir que las más egregias de entre ellas dejan el pensamiento tiritando, vibrando en la longitud de onda que la greguería desencadena. Condensar en unas pocas palabras ideas que se expanden durante un siglo, es privilegio tan sólo de unos pocos genios.



Citaré, tan sólo, cuatro greguerías relacionadas con los libros, por orden -al menos para mi- de alcance y trascendencia. Ahora que tengo que alejarme de mi querido blog más de una semana, ¿qué mejor que dejar flotando en el aire cuatro saetas de pensamientos lo suficientemente concisos y compendiosos como para sustituir a la verborrea de siete largos días?

"El libro es el salvavidas de la soledad"

 Y las dos siguientes, que hablan de su capacidad para generar universos de sentido autónomos:

"El libro es un pájaro con más de cien alas para volar"

"El mayor deseo del abrelibros es quedarse perdido entre las páginas como un pez en su pecera"



Y mi preferida, quizás la más bella y lacónica definición de libro que haya leído nunca, capaz de dilatar sus implicaciones hasta el infinito:

"Libros: milhojas de sentido".

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miércoles, 01 de julio de 2009

Hoy que se cumple el centenario del nacimiento de Onetti, se me ocurre que la mejor manera de recordarlo sea en sus posturas de lector. Me refiero a sus posturas físicas, a su hexis corporal, a su disposición somática. Recuerdo haber escuchado hace tiempo una grabación en la que Onetti relataba que cuando era chico se ocultaba en las profundidades de un enorme armario que había en su casa, dejaba la puerta entreabierta, y se abismaba durante horas en la lectura del volumen que le acompañara, mientras sus padres buscaban desesperadamente al hijo desaparecido, dándolo casi siempre por perdido. Ya en Madrid, exiliado, con domicilio en la Avenida de América, pasó los últimos años de su vida acostado, leyendo, como en una especie de retorno al lecho o al cubículo infantil donde aprendió a leer, donde cultivó el raro y divino placer de la lectura.



Victor Bravo, en ese imprescindible libro que es Leer el mundo, describe el leer como "un separarse del torrente de la vida; por ello, quizá dirá Proust que las grandes novelas se leen en tiempos de enfermedad. Esa distanciación estremece el ordena y la normalidad que siempre exige identidad e integración. Quien lee se separa, aunque sea por momentos, de la vida, y en esa separación nace la conciencia crítica, la posibilidad misma de la muerte de Dios, de la puesta en cuestionamiento de los fundamentos. Quien lee siente la experiencia de la diferncia: duda e interroga". ¿Quién no reconocería al lector Onetti, escondido y apartado, en esta descripción? Basta recorrer las páginas de su Confesiones de un lector, para percatarse de la conveniencia de la descripción.



¿Cómo no adivinar un parentesco secreto y profundo entre el lector Onetti, apartado voluntariamente del mundo, fustigador de lo tópico y lo consabido, con el memorioso Mendel el de los libros, aquel que "leía con un ensimismamiento tan impresionante que desde entonces cualqueir otra persona a la que haya visto leyendo me ha parecido siempre un profano"? El anticuario, según el narrador, representaba el "vasto misterio de la concentración absoluta, que hace tanto al artista como al erudito, al verdadero sabio como al loco de remate, esa trágica felicida y desgracia de la obsesión completa". Quizás Onetti se hubiera sentido bien acompañado, lejanamente acompañado, en su mutuo autismo de lectores profundos, por Mendel.



Y, ¿cómo no pensar en El lector infrecuente del cuadro de Chardin que describe Steiner? Para el lector retratado por Chardin, ataviado con sus mejores ropajes para encontrarse con los libros, "leer es un acto silencioso y solitario. Es un silencio vibrante y una soledad poblada por la vida de la palabra. Pero la cortina está corrida entre el lector y el mundo".

Las posturas para leer no son indiferentes, porque delatan la relación del lector con el texto y revelan la posibilidad misma de escapar a los apremios de la vida, de resguardarse en una habitación propia desde la que contemplar y entender el mundo, de reflexionar críticamente sobre él y fortalecer nuestro juicio y nuestra inteligencia. Quizás Onetti fuera uno de esos últimos grandes lectores.

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lunes, 29 de junio de 2009

Las discusiones en torno al uso de las tecnologías digitales en el aula, a la reconfiguración o no de los entornos de aprendizaje, al reparto o redefinición de los roles entre padres, profesores y alumnos y, en fin, al cambio o no de modelo docente, suelen resolverse -como casi todo en este ámbito de lo digital- con posturas acríticas radicalmente a favor o en contra, sin matizaciones ni, menos aún, comprobaciones empíricas que corroboren una u otra postura. Mientras tanto, nuestros Fedros siguen ante la pantalla, ajenos por completo al guirigay de la discusión, absortos en el uso cotidiano de las tecnologías digitales, que son parte natural y esencial de su desarrollo y de su entorno social; el aprendizaje y la instrucción, también, ocurren más allá de las paredes de la escuela, sin intervención ni reconocimiento de los adultos, que en el mejor de los casos dejan hacer por saberlo, como mínimo, inevitable. El proyecto Generación Digital, parte del nuevo portal Edutopia, es, seguramente, el programa más completo y ambicioso entorno al futuro de la educación.



Nos consta a todos que nuestros jóvenes practican, al menos, tres tipos de comportamiento en la web, tres formas de moverse por el nuevo medio digital que implican mayor o menor proactividad y que han sido tipificadas en el estudio etnográfico más amplio que hasta ahora se conoce, el emprendido por el grupo de trabajo de la Universidad de Berkeley dirigido por la Dra. Mimi Ito: el Digital Youth Project. Kid's learning with digital media. Sabemos que hay jóvenes que solamente se "dejan ver" mediante el uso de las tecnologías de las redes sociales que les permiten mantenerse en contacto con los demás, de manera incluso relativamente pasiva; sabemos que hay otros que "pasan mucho tiempo" ante una pantalla, probando utilidades y aplicaciones, intercambiado sus opiniones al respecto con una amplia comunidad de copartícipes; sabes, por fin, que existen aquellos otros que son "usuarios activos", capaces de generar nuevos contenidos mediante el uso de tecnologías digitales diversas. El hecho, en cualquier caso, es que eso sucede y que el aprendizaje informal, más allá del aula, ocurre cotidianamente. ¿Cómo integrar fructíferamente lo que sucede afuera con lo que acontece en el aula?, se pregunta Mimi Ito, ¿cómo tender puentes entre el exterior y el interior, como contribuir a que se mantenga una conversación productiva entre ambos territorios, aparentemente enfrentados? ¿Cómo construir un contexto más amplio de aprendizaje que abarque a esas dos realidades irreductibles e integre las experiencias de todos los participantes en un plano de igualdad?

Henry Jenkins, el gurú de las "participatory media cultures", de las culturas de la participación mediática, de las culturas convergentes y de la narrativa transmedial, anima a los profesores y a los padres a que abran las puertas de la institución escolar y experimenten la energía benéfica que los nuevos medios tienen en el proceso de aprendizaje, en la redefinición del papel de los alumnos, mucho más proactivos y comprometidos en su proceso de aprendizaje, en la reconceptualización del rol de padres y profesores, que deberán aceptar cierto equilibrio y asimilación entre las generaciones.

Howard Gardner, por su parte, el padre de las inteligencias múltiples, habla de una nueva ética de la generación del conocimiento, de una nueva responsabilidad en la producción del conocimiento compartido que se sustancia en cinco puntos fundamentales: un nuevo sentido de la identidad; un nuevo sentido de la privacidad; un sentido distinto de la propiedad y la autoría; una conciencia diferente de la fiabilidad de lo que hacemos, encontramos y consultamos; una percepción distinta, por último, de la fiabilidad de lo que hallamos y examinamos. Una transformación extraordinaria que es inevitable tomar en cuenta porque, amén de inevitable, puede resultar portentosamente enriquecedora.

Los proyectos que yo conozco, entre nosotros, son tímidas e incompletas aproximaciones al fenómeno, porque aunque pretendan tomárselo en serio, no quieren extraer todas las conclusiones -a menudo atemorizantes- que se desprenden de su aplicación (cambios en todo el modelo docente, desde la impartición a la evaluación y a las tecnologías que se utilizan en el aula y fuera del aula); y los organismos o instituciones que se han tomado en serio el ineludible cambio que se avecina son, igualmente, más una excepción que una regla. ¿Para cuándo nuestro Digital Youth Project?

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jueves, 25 de junio de 2009

El último número de la revista BoOks, revista francesa especializada en el mundo del libro, está dedicado a "la mutación cultura engendrada por la web y las nuevas tecnologías" y en su título, "¿Internet hace que sea aún más estúpido?", replica y enfatiza la pregunta que hace ya tiempo se realizaba el semanario alemán Der Spiegel se hizo en el verano del 2008. Un año después, e imagino que dentro de muchos años todavía, la pregunta seguirá teniendo vigencia y seguirá resultando legítima, porque la metamorfosis a la que asistimos no es, solamente, la de la mera sustitución de los soportes, sino como ya reflexionara Jacques Derrida hace muchos años, la de una civilización y un modo de pensamiento ligado a un artefacto, el libro en papel, que es el cimiento sobre el que hemos construido el desarrollo de nuestro intelecto.



Derrida presentía de alguna forma que en algún momento surgiría alguna tecnología liberadora que acabaría con la linealidad de la escritura tradicional y, en consecuencia, con sus adherencias indeseables. En De la gramatología (p. 86) llegó a augurar: “el fin de la escritura lineal es en realidad el fin del libro, aunque sea en forma de libro como las nuevas escrituras, literarias o teóricas, se dejan encerrar, para bien o para mal”. Y también: “la forma del libro está pasando por un periodo de agitación general y, mientras su forma parece cada vez menos natural […] y su historia menos transparente, la forma de libro por sí sola no puede zanjar […] la cuestión de los procesos de la escritura que, al cuestionar en la práctica esta forma, han de desmantelarla”. El problema, además, según el mismo Derrida anticipaba, es que “no se puede tocar la forma del libro sin trastocar todo lo demás”.



Y esa es la gran pregunta que sigue y seguirá vigente, porque su resolución no puede provenir de la mera presentación de novedades electrónicas y de la pasarela de los nuevos soportes:  “aunque parezca lo contrario", escribía Derrida hace 42 años, "esta muerte del libro anuncia, sin lugar a dudas (y, en cierto sentido, siempre ha anunciado), una muerte del discurso (de un supuesto discurso completo) así como una nueva mutación en la historia de la escritura, en la historia como escritura”. La cosa, en fin, no parece pequeña.



En el índice del número de verano de la revista BoOks puede encontrarse material suficiente para reflexionar este verano y los diez siguientes (llevamos más de cuarenta años haciéndolo, como demuestra el texto de Derrida, y nuestras preguntas siguen sin estar a altura de las apresuradas respuestas que solemos proporcionar): entre los escritos que convendría repasar y repensar -además de esa estupenda traducción al francés de mi Sócrates 2.0. que le da un toque volteriano-, está el de George Steiner dedicado al "crepúsculo de la lectura". Steiner encuentra la quintaesencia de la lectura profunda que cimienta nuestro intelecto en tres prácticas que confluyen sobre el libro en papel: tomarse tiempo; gustar del silencio; concentrarse. Ese tipo de lecutra era la que describía en El lector infrecuente, un tipo de lectura que dependía (que sigue dependiendo) de la relación íntima con un artefacto que nos invita, nos obliga, a recogernos y concentrarnos para seguir un argumento desplegado sucesivamente. Leeremos menos y de otra manera en el futuro, trastocaremos la forma del libro pero, si lo hacemos, algo que parece inevitable, entrañará la desaparición de un tipo de discurso y una verdadera mutación en la historia de la escritura.



La pregunta que habitualmente se formula en nuestros días sobre la transición o no de un soporte a otro no es otra cosa que una cuestión simplificada que ignora lo más complejo. La pregunta no debería ser si el libro electrónico sustituirá o no al libro en papel sino —si estamos de acuerdo con el discurso anterior— si podemos o debemos renunciar a un tipo de textualidad sobre la que hemos construido nuestras capacidades y competencias cognitivas más refinadas, si los géneros narrativos del siglo XXI sustituirán o no con ventaja a los nacidos en el XIX, si podemos o debemos prescindir del soporte que hace posible que leamos y comprendamos sucesiva y ordenadamente los argumentos lógica y consecutivamente expuestos por un autor que pretendía exponer un principio, una tesis o una idea, si pueden o no pueden convivir textualidades distintas, géneros narrativos que por su naturaleza se avengan mejor a la clausura relativa del libro en papel o demanden el desbordamiento arborescente de los vínculos o los enlaces a contenidos precedentes o coetáneos. En La Rioja, en los próximos días, más. Para mi legión de entregados lectores, un debate adicional en Le Nouvel Observateur.

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lunes, 22 de junio de 2009

El título remeda el famoso libro de Robert Darnton, Edición y subversión, en el que estudió la manera en que se creaban, circulaban y se utilizaban los libros que los regímenes totalitarios del siglo XVIII no querían, que los mandatarios del Antiguo Régimen temían y que los censores perseguían. Oficio subversivo de unos pocos que fabricaban papel, imprimían libros, los distribuían y vendían, ocultándose, contribuyendo a formar una opinión pública crítica que acabaría, no mucho tiempo después, derrocando al régimen que intentaba amordazarlos. Me he acordado de Darnton leyendo el blog de Austin Heap y la entrada en la que enseña a los ciudadanos iraníes a instalar y administrar sus propios proxys contra la reprensión del Consejo de Guardianes.



"How-to-setup-a-proxy-for-iran-citizens", se titula la entrada del 15 de junio del blog de Heap, mientras leo en Darnton: "durante el siglo XVIII surgió en Francia un nuevo público lector; la opinión pública cobró fuerza y el descontento ideológico se sumó a otras corrientes de pensamiento para producir la primera gran revolución de la era moderna. Los libros contribuyeron en gran medida a este fermento...". En la entrada de Twitter del 21 de junio de Esko Reinikainen puede leerse: "RT @iran09: Rt @StopAhmadi: We took down Ahmadinejad's website!! http://bit.ly/4y3eM #iranelection #". Y un poco antes: "f you want to participate in the cyberattacks on the ahmedinajad regime follow @iran09 where links are being posted #iranelection #DDOS in reply to iran09 #". La subversión es hoy promovida, por tanto, por la edición digital, extensión natural de los medios de producción y difusión analógicos de los siglos anteriores. El fondo del asunto es el mismo: "la clandestinidad fue especialmente importante en el siglo XVIII, cuando la censura, la policía y un gremio monopolista de libreros trataban de confinar el mundo de la letra impresa en los límites de la ortodoxia oficial. Cuando transmitía ideas heterodoxas, la palabra se propagaba de forma clandestina", dice Darnton.



Fue no hace demasiado Howard Rheingold quien teorizó sobre la inteligencia incrementada de las masas conectadas mediante dispositivos móviles, una nueva forma de generación y transmisión de los mensajes inédita que encarna el espíritu de la época, la subversión mediante la edición digitalizada. Sin duda alguna, existen potentes e incontrolables tecnologías que nos permiten generar redes sociales de configuración movediza pero aglutinadas en torno a un objetivo compartido. Medios con una doble faz: potencialmente subversivos, pero también potencialmente sometibles y manipulables. Es más: desconfío personalmente del uso constante y acrítico de toda tecnología disruptiva, de la transmisión continuada de mensajes banales, del discuros entrecortado y fútil, pero es innegable la fuerza subversiva y aglutinante que puede adquirir cuando se utiliza contra cualquier estrategia represiva, contra cualquier intento de amordazar a quienes están en disposición de cuestionar el discurso dominante. No creo que las masas sean más inteligentes, contradiciendo a Rheingold, pero sí creo que más fuertes, que su grado de organización es superior y su posibilidad de interferir en las manipulaciones del poder, mucho mayor.



Darnton nos dice en el capítullo "Un espía en Grub Street": "entenderemos mejor los orígenes intelectuales de la Revolución y sus reglas si abandonamos la Enciclopedia y descendemos a Grub Street, donde hombres como Brissot producían los periódicos y panfletos, los carteles y dibujos, las canciones, los rumores y los libelos que transformaron rencillas personales y rivalidades entre distintas facciones en una lucha ideológica sobre el destino de Francia". Y entenderemos mejor nosotros ahora la revolución verde iraní si escuchamos el latido de las redes sociales en nuestros dispositivos móviles.

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viernes, 19 de junio de 2009

Este fin de semana Beatriz de Moura celebra sus cuarenta años de editora en una fiesta a la que asistirán muchos de sus autores. La semana pasada Fernando Aramburu, el autor de Fuegos con limón, valoraba en El Cultural su relación con su editora no tanto por el hecho de que su original fuera hace ya tiempo aceptado y editado, sino por la calidez de la relación personal, por el interés sincero demostrado por la artífice de Tusquets. En El autor y su editor Unseld relató su larga relación personal y profesional -indiferenciables- con algunos de los más acreditados creadores del siglo XX, un vínculo o una aleación de confianza e interés mutuos a lo largo de una vida y una obra, un proceso de maduración y crecimiento compartido, una demostración de fidelidad aún en las horas más bajas y más duras -de uno o de otro-. La sensación que siempre he tenido las ocasiones que he tratado a Beatriz de Moura es que su demostración de interés y afecto a Fernando Aramburu -al resto de sus autores- no es fingida, sino profundamente sincera, una de las pocas editoras que siguen demostrando la franca estima por sus autores, por sus obras, lo que no es poca cosa en los tiempos que corren. Decía Aramburu en "Pan de higo": " Acostumbrado al editor de provincias que nos sujeta a deuda eterna porque propició la publicación modesta, mal distribuida y peor remunerada de unos textos juveniles nuestros, me asombró que Beatriz (editora de algunos genios) se mostrara agradecida conmigo".



Esta es una nota breve y estrictamente personal de homenaje a quien considero una de las grandes editoras en lengua española del siglo XX y de, todos esperamos, varios decenios del siglo XXI. Su catálogo, construido durante curenta años, es como un gran árbol de raíces profundísimas que ha crecido frondoso, tupido y denso de autores, líneas de creación y pensamiento, títulos indispensables. Si uno padece la modesta afección de encontrar placer en hojear los viejos catálogos de las editoriales, encontrarán que el de Tusquet es inabarcable, un cofre insondable repleto de tesoros y continuas sorpresas, desde la radicalidad del pensamiento francés de los años 60 a la mejor literatura contemporánea; desde la ciencia más inquietante hasta la poesía más sublime; desde las memorias gozosamente recuperadas, hasta el sexo más salaz o refinado. Por si eso fuera poco, disfrutamos de esa riqueza a los dos lados del Atlántico, en un lazo cultural que nos une impagable.



He tenido la oportunidad de compartir una mesa con Beatriz de Moura en dos ocasiones: en la primera aceptó una invitación para compartir una tarde con tres jóvenes editores que velaron sus armas ante su atenta y solítica vista. De ese encuentro recuerdo, agradecido, que nos contara sin sonrojo y con todo desembarazo que se había arruinado tres veces; que había persistido tercamente, aún con todo, en su alocado empeño; que había intentando al menos en dos ocasiones aliarse tácticamente con dos grandes grupos editoriales y, afortunadamente, las cosas habían ido mal, le habían obligado a persistir en su independencia; que antes era más fácil editar, porque todo estaba por hacer, y que su valor en comparación con la valentía de los nuevos y jóvenes editores era pequeña; que perseguir los propios sueños con ahinco parece ser la única fórmula de concitar la felicidad.



A mi me pareció, sin duda -además de su pasado de mujer culta, de la izquierda caviar catalana, hija de diplomáticos brasileños afincados en España-, una mujer feliz, conforme con su condición y sus logros, sin alharacas, sincera.



La última vez que tuve la suerte, fortuita, de compartir una mesa, fue en la entrega del Premio de la Fundación Lara que obtuvo Isaac Rosa. No le correspondía sentarse a mi lado -tenía reservada su silla en la mesa de los más notables invitados-, pero decidió cambiar su asiento y compartir casi dos horas de entusiasta conversación conmigo, y volví a percibir el mismo afecto inconmovible y veraz por sus autores: me contó, por ejemplo, cómo le llegaron los originales de Ramiro Pinilla y cómo pasó un verano completo leyendo los originales inéditos, alborozada por la calidad del texto. Y Beatriz de Moura irradiaba el mismo interés, después de cuarenta años de oficio, que hubiera podido manifestar un joven editor recién llegado al oficio. Esa misma experiencia ha sido relatada en algunas otras ocasiones, con otros autores desconocidos en su momento -Conversaciones con editores-, la experiencia de la sorpresa renovada por la literatura de calidad y el agradecimiento del editor por convertirse en el canalizador de ese texto.

Solamente tengo dos reproches que hacerle a Beatriz: que no me haya invitado a la fiesta y, sobre todo, que no me haya descubierto (todavía).


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miércoles, 17 de junio de 2009

El departamento de Digital Humanities & Media Studies de la Universidad de California (UCLA) ha lanzado a la red A Digital Humanities Manifesto, un manifiesto por unas nuevas humanidades cuya forma de concebir, generar, distribuir y utilizar el conocimiento no sea ya, únicamente, la de la cultura impresa, sino la de una hibridación de medios donde lo impreso quede absorbido en una amalgama digital de modos de comunicación, de nuevas modalidades de discurso académico y de circulación del saber que exceden los estrechos canales que el papel imponía.



El texto comienza de la siguiente manera:

"Las humanidades no son un campo unificado sino un conjunto de prácticas convergentes que explorar un universo en el que: A) lo impreso no es ya el medio exclusivo o normativo en el que el conocimiento es producido y/o diseminado; al contrario, lo impreso es absorbido en nuevas configuraciones multimedia; y B) las herramientas, técnicas y medios digitales han alterado la producción y diseminación del conocimiento en las artes, las humanidades y las ciencias sociales. Las Humanidades Digitales tratan de jugar un papel inaugural en lo que respecta a un mundo en el que, no siendo ya los únicos productores, administradores y diseminadores del conocimiento o la cultura, las universidades están llamadas a desarrollar modelos de discurso académico nativamente digitales destinados a las esferas públicas emergentes de la presente era (la www, la blogosfera, las bibliotecas digitales, etc.), a modelar la excelencia y la innovacion en estos dominios, a facilitar la formación de redes de producción del conocimiento, de intercambio y diseminación que son, al mismo tiempo, globales y locales".



Si a esta indiscutible realidad se suma el hecho de que en el ámbito de la ciencia el prestigio y el reconocimiento de la propia comunidad es el tipo de capital más apreciado, que el renombre es la moneda que circula en ese restringido ámbito de prácticas muy especializado, hacer circular el conocimiento de manera abierta y sin restricciones es, qué duda cabe, la manera más pertinente en que los científicos pueden y deben usar la potestad que la Ley de Propiedad Intelectual les atribuye. El manifiesto dice, a este respecto:

"Lo digital es el ámbito del open source, de los open resources", y lo dejo en inglés porque el juego de palabras resulta intraducible, de los recursos y las fuentes abiertas si nos conformáramos con una traducción literal. "Cualquier cosa que pretenda cerrar este espacio debería ser reconocida como lo que es: el enemigo", y esta reclamación de independencia radical de la web como espacio de creación y diseminación del conocimiento abierto, como procomún o plataforma pública de circulación del saber, está formulada por la Universidad que ocupa el puesto decimoctavo en el ranking mundial de universidades, tal como nos muestra el laboratorio de Webometrics. Sorprende, incluso, la radicalidad de su formulación, acostumbrado como uno está a las timoratas reacciones de los científicos españoles, a su desentendimiento digital y su bovina adoración del ISI y los índices de impacto: "afirmamos, por eso", aducen los redactores del manifiesto, "el valor de lo abierto, de lo infinito, de lo expansivo, de la universidad/museo/archivo/biblioteca sin muros, de la democratización de la cultura y de la erudición".


Incluso su interpretación del copyright y de las prácticas guerrilleras a las que conminan a los científicos, son casi insólitas (no en los círculos de acérrima defensa del copyleft, pero sí en los de la ciencia, no digamos ya en los de la creación): "Las humanistas digitales", dice el manifiesto, "defienden el derecho de los elaboradores de contenidos, sean estos autores, músicos, codificadores, diseñadores o artistas, a ejercer control sobre sus creaciones y a evitar explotaciones desautorizadas; pero este control", afirman, "no debe comprometer la libertad para reelaborarlos, criticarlos y utilizarlos para propósitos de investigación o educación. La propiedad intelectual debe abrir, no cerrar, el intelecto, el procomún". Quizás sea excesivo equiparar las prácticas científicas y el uso de la propiedad intelectual que de ella se deriva con el resto de las prácticas vinculadas a la creación artística, pero el reto intelectual, el debate, son pertinentes.

"Las humanidades digitales", dicen los autores del manifiesto, "deconstruyen la materialidad misma, los métodos y los medios de la indagación y las prácticas humanísticas". Y a lomos del tsunami digital, como jinetes de una ola imparable, invocan a una forma de insurrección que tiene como objeto "hackear el viejo sistema jerárquico universitario e inventar algunas nuevas mixturas por nuestra cuenta". ¿Dispondremos alguna vez de una formulación similar que provenga del ámbito académico español, de una reconsideración de las prácticas académicas y científicas, de generación y diseminación del conocimiento, a la luz de las prácticas digitales?

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lunes, 15 de junio de 2009

Francisco Peña, uno de los impulsores de las celebraciones del Sinodal de Aquilafuente, de ese primer libro impreso que disputa su precedencia a Les Trobes en Lahors de la Verge Maria, me manda el texto de la representación con que los vecinos del pueblo segoviano iniciaron las jornadas Del Sinodal al digital en la última Feria del Libro de Madrid. El texto resulta extraordinarimante verosímil -y puede asistirse a su representación, todos los años, en los primeros días de agosto- porque reproduce de manera plausible lo que pudo haber acontecido en aquel remoto momento del siglo XV, cuando una nueva tecnología estaba a punto de dar un vuelco extraordinario a las maneras en que se creaban, circulaban y utilizaban los textos manuscritos. La iglesia, de hecho, nunca rechazó el invento -y eso se comprueba claramente en la implantación de las primeras imprentas y editoriales en las Universidades dominadas por la jerarquía eclesiástica-, porque como el Obispo Don Juan dice cuando tiene entre sus manos el artefacto creado por Maese Juan: "Fray Antón, este es un momento histórico. No podéis imaginar lo que supondrá para nuestra sociedad el que una máquina pueda sacar copias y copias de un manuscrito. La cultura, la palabra sagrada, los escritos de los grandes maestros de la Antigüedad, al alcance de todos. Es milagroso, increíble. Había oído hablar de ello pero no había tenido ocasión de ver ninguno".



El Obispo Don Juan, como tantos de sus pares, vio en la imprenta la posibilidad de diseminar los textos bíblicos, las enseñanzas de los padres de la iglesia, en un anhelo de comunitarismo que no podía tener en cuenta que aquel artefacto no estaba solamente destinado a "la impresión de las ordenanzas y constituciones del sínodo" o de cualesqueira otros textos canónicos. Las culturas del libro son aquellas, como la cristiana, la judía o la musulmana, que creen que de la lectura de un solo texto pueden desprenderse todas las enseñanzas necesarias para conducirse en la vida, y si el texto en sí mismo no resulta suficiente, se inventan profusas combinaciones cabalísticas o aritméticas esotéricas para encontrar un mensaje transcendente pretendidamente oculto. No importa cuánto tiempo se tarde en descifrar ese recado enigmático, porque mientras tanto la vida se pasa y adquiere el sentido mismo de la adivinación y la búsqueda. George Steiner y sus cábalas trascendentes me parecen un buen ejemplo de ello.



La progresiva circulación de los libros impresos facilitaría, claro, que cada vez más personas tuvieran la posibilidad de adquirir ejemplares, de poseerlos y de apartarse de las lecturas públicas y comunitarias al ámbito de lo privado, de practicar la lectura silenciosa que San Jerónimo relatara sorprendido, de mantener una relación íntima y estrecha con un objeto dotado de un sentido que excedía el de las escrituras mismas, que abría las puertas a nuevos mundos y ámbitos del conocimiento. Francisco Peña me recuerda que en el pregón del año pasado Rogelio Blanco habló precisamente del poder democratizador de la imprenta, porque la democracia se basa en la capacidad de los ciudadanos para plantearse preguntas y responderlas al margen de los dogmas y las imposiciones de los poderosos. En eso seguramente Fray Antón tenía razón cuando prevenía al Obispo: "reverendo padre, ¿estáis seguro de lo que vais a hacer?", le pregunta cuando quiere dar paso al impresor alemán. Y continúa advirtiéndole: "ya os lo he dicho, reverencia, no temo al conocimiento sagrado, pero sí al conocimiento demoníaco".



Pero la imprenta no solamente trajo consigo la posibilidad de la duda, la acerada punta de la interpelación -y, por tanto, de la democracia-, sino que nos convirtió en todo lo contrario de lo que el Obispo hubiera querido y augurado: en politeistas irredentos. Los amantes de los libros en papel no nos conforamos con un sólo libro -sea la Biblia, el Talmud o cualquier otro-, o con un soporte que contenga todos los libros -como prometen los soportes digitales-, porque lo que reverenciamos es la individualidad de cada uno de ellos, la posibilidad del encuentro singular con cada volumen. El amante de los libros es polígamo, su relación con cada ejemplar es íntima y por eso cuasi carnal,  y no suele estar dispuesto a establecer uniones excluyentes o estrictamente conyugales. Creo que Fray Antón estaba más cerca de lo cierto de lo que imaginaba: "el pecado también es obra del humana ingenio maese Juan, y entronca directamente con Satán".

Propongo tres citas para poliándricos: el 18 de junio en Comunicarte'09, donde hablaré del Contraataque de la Galaxia Gutenberg; quien pase por Lubeck, tierra de Thomas Mann, el 21 de junio próximo, atender la lectura de Von der Erotik alter Bücher; y finalmente del 31 de julio al 2 de agosto en Aquilafuente, para consolar al probre Fray Antón.

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miércoles, 10 de junio de 2009

Cabía augurar que tarde o temprano Google convertiría un servicio de acceso a contenidos escritos de dominio público, Google Books, en una librería virtual, que transformaría su plataforma de visualización de contenidos escritos gratuitos en una plataforma de intermediación comercial capaz de retar al otro gran gigante norteamericano de la venta de libros, Amazon. Hacia finales de este año 2009, Google Books se convertirá en lo vaticinado, una librería virtual con ambición comercial, y nosotros todavía por aquí con estos pelos.


El acuerdo alcanzado hace unos pocos meses con los editores norteamericanos apuntaba no sólo a la satisfacción de unos derechos "presuntamente" usurpados, sino a la perspectiva clara de una explotación comercial futura. Ahora la presunción se ha hecho realidad: Google comercializará archivos electrónicos y gestionará millones de descargas, y no hay nada de comercial ni éticamente reprochable en su trabajo. Cumplen con sus objetivos empresariales, proporcionan una visibilidad exponencialmente incrementada a los editores que se asocien con su programa, y ponen en manos de los usuarios la posibilidad de acceder a contenidos antes inencontrables.



En Mountain View Google tiene, además, un vecino interesante e interesado en el desarrollo de sus negocios: Plastic Logic, fabricante de lectores dedicados, libros electrónicos, DELEDAs, que a no mucho tardar, imagino, querrá entablar algún tipo de relación que no sea la de mera amistad o vecindad. Desde luego, cuando uno lee un artículo cuyo título es "Google E-Books to Plastic Logic...", no parece que puedan caber muchas dudas al respecto. Es posible -como viene diciéndome en los últimos días un profesional de la edición conocedor de los entresijos internacionales-, que las apuestas gremiales, como Libreka, que intentan aminorar el impacto de Google Books en el colectivo profesional alemán, no sean más que esfuerzos abocados a la derrota pero, ¿queda alguna otra cosa por hacer? Si los editores o sus representantes desean una evolución al margen de Google Books o de operadores multinacionales de los que desconfían, la única estrategia plausible es la de la suma colectiva de esfuerzos a partir de la plataforma que las organizaciones profesionales proporcionan (como en el caso reciente de ARCE).



Me preguntaban ayer de un periódico, al enterarse del acuerdo entre la Biblioteca Nacional y Google Books, sobre mi opinión al respecto: Robert Darnton lo hizo ya hace algunos años con las bibliotecas de la Universidad de Harvard y la Biblioteca Pública de Nueva York hizo otro tanto años atrás. Desde este punto de vista, nada que objetar: la Nacional obtendrá una mayor visibilidad -si cabe- y un servicio gratuito de digitalización (si bien nunca obtendrá copias de esos contenidos digitalizados). Google, a su vez, incrementará su tráfico y revestirá su actividad comecial de dignidad cultural. Hasta ahí todo bien. La pregunta que siempre queda por responder y que permanece en el fondo de la discusión es: ¿quién debe garantizar el acceso a la memoria cultural de un pais, de la humanidad entera? ¿cómo es posible que esa memoria quede hipotecada en formatos y servidores privados a los que las autoridades públicas no tienen acceso? Estas y otras preguntas del mismo cariz pueden encontrarse, largamente debatidas, en The Googlization of everyting).

Nos encontramos ahora con una pinza que comprime lo público y lo privado en una sola e inteligente estrategia global. Me causa verdadera admiración la enorme capacidad y clarividencia derrochada por Google pero, ¿no habrá gremio, editorial o agente privado que piense que convendría hacer algo distinto? En contra de lo que mi admirado y reverenciado Jorge Herralde declara hoy, no parece que así seamos capaces de domesticar al libro electrónico.

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lunes, 08 de junio de 2009

El término no es mío aunque, con otras palabras, haya surgido reiteradamente en muchas de las entradas relacionadas con la educación digital. El término corresponde a Alejandro Piscitelli, una de las personas que más tiempo y esfuerzo dedica en la red a cavilar sobre el verdadero cambio de paradigma, epistémico, que las tecnologías 2.0. entrañarán en los procesos de enseñanza y aprendizaje. El debate sigue estando vivo y ni siquiera creo que esté resuelto, por mucho que la vehemencia de unos y otros quiera resolver un problema conceptualmente intrincado con la sencillez de la mera descalificación: hace poco Finkielkraut teorizaba, precisamente, sobre el efecto pernicioso que las tecnologías participativas y supuestamente democratizadoras ejercerían sobre la enseñanza; Piscitelli, por su parte, arremete, precisamente, contra los modelos jerárquicos y unilaterales de transmisión del conocimiento, contra el modelo de escuela tradicional y "republicana" al que Finkielkraut se refiere en su defensa a ultranza de la docencia clásica.



Mientras ese debate sigue su curso con extremada pertinencia, los Webby Awards 2009, en su categoría de educación, han premiado este año al sitio Smarthistory.org, un lugar dedicado a la enseñanza de la historia del arte que pretende, como sus instigadores declaran, sustituir a los libros de historia del arte tradicionales, a la unidireccionalidad de la docencia, a la mera sucesión de textos e imágenes dispuestos linealmente a lo largo de un eje cronológico.

 

El sitio de Smarthistory permite realizar agrupaciones y búsquedas en torno a ejes que no sean los meramente temporales; agrega a los textos y a las imágenes conversaciones, debates, vídeos y otros materiales que expanden su alcance y permite, además, que esa superposición de contenidos se convierta en una conversación en la que intervengan aquellos a los que, tradicionalmente, se les ha reservado el papel de meros receptores, de simples destinatarios. Piscitelli defiende con ahinco que este debe ser el modelo docente contemporáneo en contra de la obsolescencia categórica del pasado: "nos referimos", dice Piscitelli, "a la inviabilidad de los sistema de transmisión actuales como forma de preservar (vivo) el pasado, de entender el presente y de diseñar el futuro, especialmente tal como existen hoy y son defendidos a rajatabla por los cultores de los formatos más tradicionales de la educación formal".



Entornos de aprendizaje digital como el de Smarthistory, son algo más que repositorios digitales polivalentes: en realidad la transformación que entrañan no es, solamente, la del acceso a la información sino, sobre todo, la de la relación que se establece entre el docente y el discípulo, más allá de la rigidez unidireccional; la de la direccionalidad de la comunicación entre uno y otros, la de apertura de canales para que la conversación sea efectiva; la de la posibilidad de construir, verdadermante y por primera vez, entornos de aprendizaje personalizado, adecuados a la evolución singular y las inteligencias múltiples; la de los mecanismos de evaluación y valoración mutuos, que no pueden ya conformarse con la puntuación de una única prueba sino que ahora deben estimar, realmente, la colaboración y la participación continua; la de los artefactos y dispositivos, los soportes, que mejor desempeñan la función de plataforma de trabajo colaborativo; la de la idea misma de conocimiento como la de una tarea o un afán en perpetuo desarrollo; quizás, incluso, como señala Piscitelli en el título del artículo al que ya he hecho referencia, a la idea misma de lo que debamos enseñar, algo que ya no podriá estar definido de una vez para siempre, sino que cambiaría dinámicamente en función de esa conversación entre el instructor y su escuchante.



El debate entre el modelo de la escuela republicana y el de la escuela 2.0., entre la voz única y la pluralidad de voces, viene desde mayo del 68 hasta nuestros días. La aparición de las tecnologías digitales, sin embargo, parece agregar un peso más a la balanza de este debate, porque facilitan y propician la consumación de lo que antes fueron buenas ideas sin encarnación posible.

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jueves, 04 de junio de 2009

Casi nadie pone ya en duda que muchos subsectores de la industria editorial dependen, para su supervivencia, de la inteligencia con que desarrollen una estrategia de digitalización, estrategia que comprende el propio proceso de digitalización de los contenidos pero, también, de explotación, del régimen jurídico de los contenidos que ofrezca, de la protección informática que adopte, de la formación que proporcione a sus plantillas de editores. En fin: el caso de las revistas culturales en España -y en el resto del mundo, sin duda-, es uno de los más claros y manifiestos. No abundaré en las razones de esa mutación necesaria, porque lo he hecho ya en varias ocasiones previas, pero ahora es momento de prestar atención a una iniciativa que, si no fuera porque la conozco, diría que es alemana o propia, al menos, de una asociación gremial que tiene la clara conciencia de que debe servir como plataforma para la evolución y el desarrollo de sus socios agremiados, de propiciadora de nuevas vías y modelos de negocio más adecuados a los tiempos digitales que corren.





Leo en el incansable y siempre alerta Ojo fisgón lo que ya se nos había anticipado en otros mentideros: ARCE, la Asociación de Revistas Culturales de España ha lanzado el primer kiosko digital conjunto para todas sus revistas asociadas, la primera plataforma conjunta digital, de hecho, de cualquier colectivo editorial español, algo tan sólo comprable, como aludía al inicio, a lo que los libreros alemanes -ejemplo de cooperación en tiempos de agitación- han hecho con Libreka, una plataforma donde los editores alemanes distribuyen asociativamente sus contenidos, prescindiendo de incómodas e innecesarias intermediaciones.



Para disipar cualquier clase de duda o maledicencia, reconoceré que hubo un tiempo en que conseguí -con mucha ayuda, eso sí-, malograr un primer proyecto de características comparables. Lo cuento para que mi simpatía por el proyecto no parezca enturbidada por intereses profesionales. Se trata de una constatación justificable: el ejemplo de ARCE debería sin duda servir para que el resto de los colectivos profesionales del mundo del libro se dieran cuenta que el progreso y la supervivencia pasan, forzosamente, por la cooperación y por el diseño de estrategias cooperativas que tengan como centro la digitalización y el uso de las herramientas que la web pone a nuestro alcance. Y eso vale para los libreros, para los distribuidores, para los editores, por supuesto. Por el entusiasmo que me transmitió ayer Fernando Valverde, presidente de los libreros, al término de mi intervención en Del sinodal al digital -resumida paradigmáticamente por Javier Jiménez-, creo que las compuertas se han abierto definitivamente y que el terreno está sembrado y acabará germinando.



Claro que queda mucha reflexión y trabajo por delante. No podría ser de otra manera. Puede y debe discutirse sobre modelos conjuntos de negocio, sobre cuotas de suscripción a servicios o contenidos transversales que ni siquiera se limiten a una sola revista; sobre procedimientos de digitalización y marcado; sobre financiación y sostenimiento; sobre tecnologías para la protección de contenidos; sobre herramientas de márketing y comunicación en la web, sobre la concepción de las editoriales del futuro desde las nuevas plataformas digitales, de las que el papel no sería sino una vista estática y transitorio de un trabajo en progreso continuo. En todo caso, el ejemplo decidido de una asociación de editores que decide afrontar cooperativamente el reto de la digitalización, de la distribución y comercialización digital de sus contenidos, de su conversión o no en papel, en función de la voluntad del lector, debería darnos una pista clara del rumbo que convendría que el resto de las asociaciones tomara.

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martes, 02 de junio de 2009

La propiedad intelectual se encuentra en el primer plano de la polémica vinculada a la digitalización de contenidos, a su potencial generación, circulación e intercambio en la web o en otros soportes electrónicos. La disputa suele plantearse, artera y simplificadoramente, en términos antagónicos entre los que propugnan el acceso libre e ilimitado a los contenidos digitalizados, y los que defienden la protección a ultranza de los contenidos que puedan circular por la red. Los primeros se visten con los ropajes de la cultura libre, como si ese concepto tuviera algo que ver con la apropiación ilícita de contenidos legítimamente protegidos por los autores que los han creado, y los segundos se embuten en fracs negros que nos recuerdan a esos cobradores que solamente pretenden obtener una recompensa mercantil por sus esfuerzos. Ninguno de las dos posiciones juega limpio en este debate ni parece muy interesada en atenerse a la realidad: los primeros presentan la discordia en términos de enfrentamiento bajo la hégira del copyfight, y los segundos inventan sagaces campañas bajo el título axiomático de Es de libro que buscan convencer a los jóvenes de las evidencias indiscutibles del copyright. No busco hacer amigos -ni unos ni otros estarán de acuerdo con nada de lo que exponga-, sino demandar una pedagogía integral de la propiedad intelectual.


La querella suele plantearse entre el acceso a la información y la propiedad de los contenidos. Ambas posturas, cuando se maximalizan, se amparan en los preceptos constitucionales que, aparentemente, guarecen las respectivas reivindicaciones: el artículo 44.1. de nuestra Constitución, por ejemplo,  habla del acceso a la cultura como una de las divisas del Estado moderno; el artículo 44.2. hablar de la promoción de la investigación científica; el artículo 46, por mencionar otro más, alude a la conservación y promoción del patrimonio histórico, cultural  y científico. Quienes mantienen que el acceso está por encima de la propiedad, sobre todo en la era digital, en la que los contenido se desmaterilizan y circulan como un fluido incontenible por la web, se acogen a esos principios. Quienes, por el contrario, defienden que las creaciones intelectuales y artísticas deben estar protegidas y quienes las crean recibir una justa compensación económica, se refieren al artículo 33 de nuestra Constitución, donde la propiedad privada se recoge como derecho fundamental, o al artículo 38, que ampara la libertad de empresa y la libre competencia.


La pendencia se plantea, por tanto, como dilema irreconciliable. Pero eso es falso. El artículo 2 de nuestra Ley de Propiedad Intelectual en vigor, refiriéndose al contenido, dice literalmente: "La propiedad intelectual está integrada por derechos de carácter personal y patrimonial, que atribuyen al autor la plena disposición y el derecho exclusivo a la explotación de la obra, sin más limitaciones que las establecidas en la Ley". El artículo entraña, por tanto, que un autor pueda exigir, legítimamente, que se le abonen los derechos que correspondan por la reproducción de su obra o, todo lo contrario, que el autor estipule que su contenido circule libremente por la web, se comparta y difunda, e incluso se comercialice, si así lo dispone, en ejercicio soberano del derecho que la ley le otorga. Todo lo demás son ganas de confundir al personal.



Copyright es copyleft o, dicho de otra manera, en el artículo 2 de la Ley de Propiedad Intelectual están comprendidas, potencialmente, ambas opciones, y nadie puede arrogarse el derecho a imponer la circulación irrestricta de los contenidos o, al contrario, su absoluta cerrazón. Dependerá de la voluntad autónoma del autor que, eso sí, debería ser educado en las posibilidades que la ley le otorga: es muy posible que si un autor sabe que en España se imprimen casi 80.000 nuevos libros al año, que su mortalidad es altísima, que las posibilidades que tiene, por tanto, de ser descubierto son mínimas, que a penas el 3% de los asociados en CEDRO viven de los derechos que sus obras generan, que en muchos casos -como en el de los contenidos científicos o profesionales- mostrar lo que uno ha hecho genera un índice de visibilidad e impacto muy superior a lo que la circulación tradicional en papel puediera hacer, es posible, y digo sólo posible, que ese autor utilice un tipo de licencias (Creative Commons, GNU, Color Iuris), que le permitan liberar sus contenidos en unas condiciones determinadas. Por el contrario, es posible que otros autores sigan prefiriendo que sus contenidos se sigan comportando de manera analógica en la web, mediante la aplicación de un DRM determinado, que controlen su reproducción y circulación y le aseguren la percepción téorica de una retribución determinada. Aplicará el copyright a la manera en que se hace en el mundo analógico.

Cultura libre no significa apropiación indebida. Lawrence Lessig lo explicó hace tiempo muy bien en Free Culture. Propiedad intelectual no es sinónimo, exclusivamente, de copyright, como nos quieren hacer creer campañas interesadas que solamente incrementan las sospechas hacia una industria y unas agencias excesivamente volcadas hacia el lado más mercantil de las transacciones culturales. Demando, por eso, una pedagogía integral de la propiedad intelectual que ponga en manos de los autores el derecho a decidir, fundamentadamente, qué hacer con sus obras.



Mañana, en la Feria del Libro de Madrid, a las 19.00, en el debate sobre "Los autores y sus derechos ante el libro digital", más.

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viernes, 29 de mayo de 2009

Los libreros que tienen por mandato organizar la Feria del Libro de Madrid han puesto este año los dedos índices de sus manos derecha e izquierda formando una cruz para decir al libro eletrónico vade retro. Su temor resulta comprensible, pero ocultar los nuevos dispositivos dentro del arcón, como si no existieran, no parece la mejor de las estrategias para fomentar una convivencia inevitable. Tampoco lo ven con buenos ojos los editores, es cierto, convencidos de que cualquier cosa que sea digitalizada es susceptible de ser copiada, apropiada y transmitida sin control alguno, vulnerando de esa manera el legítimo derecho que poseen a explotar en exclusiva, temporalmente, un contenido determinado (temor que se ve confirmado por las reclamaciones insostenibles de quienes argumentan que cualquier cosa que pueda ser colgada en la web es, inmediatamente, pirateable y reproducible, con el inadmisible argumento de que el acceso deber ser libre e ilimitado a cualquier contenido digitalizado. Ni siquiera Lessig ha defendido nunca un argumento tan pueril). Pero ocultar el problema no ha sido nunca el mejor de los arreglos. Por si fuera poco, en el bazar digital en el que revolvemos, proliferan los dispositivos de lectura dedicada con características, muchas veces, antagónicas, con formatos incompatibles, con servicios discordantes. Queda mucho todavía para el libro electrónico alcance la versatilidad y la estabilidad de su hermano mayor.



En la revista Wired nos ofrecen esta semana una guía de compras para adentrarnos en el intrincado bazar de los dispositivos electrónicos de lectura dedicada (DELEDA, término que acabo de inventarme y que no tiene futuro alguno). El artículo se titula "Buying guide: how to choose an e-book reader", porque hace falta una verdadero prontuario o manual para distinguir las características y ventajas de cada uno de ellos.



Si la Feria del Libro no nos los enseña, hagámoslo aquí mientras llega el momento en que será indefectible que lo hagan ellos. Los criterios que deberían tenerse en cuanta a la hora de plantearse la adquisición de un DELEDA (insisto, por si acaso), serían, entre otros muchos, los siguientes:

1. Textualidad: ¿qué clase de texto se propone leer en su dispositivo? En principio cualquier clase de texto digitalizado puede ser leído en una pantalla LCD, pero la posibilidad no siempre es equivalente a idoneidad. Los textos que requieren una lectura continua, sucesiva y una atención profunda y recogida, puede que se lean mejor sobre papel;
2. Ubicación geográfica: ¿desde dónde va a utilizar su dispositivo? Casi ninguno de ellos incorpora una verdadera conexión inalámbrica y aquellos que la tienen no siempre pueden ser utilizados desde cualquier parte. Kindle no es un dispositivo que pueda ser utilizado todavía en Europa. Las conexiones más frecuentes son, todavía, las que se realizan a través de puertos USB;
3. Contenidos disponibles: el hecho de que quiera adquirir un dispositivo de lectura dedicado no significa que tenga contenidos que leer. Esa es una de las batallas más encarnizadas que se están librando entre los diversos soportes. Amazon fabricó su propio canal de distribución electrónico, el Kindle, para poner a disposición de sus lectores buena parte de los contenidos que ya distribuía físicamente. Un negocio redondo. Sony, mientras tanto, maniobraba con los formatos abiertos y con Google, quien pondrá a su alcance todos los libros de dominio público que haya escaneado. El balance, por ahora, es de 285000 contra 500000, aproximadamente. En España, mientras tanto, los distribuidores de soportes electrónicos (Papyre e I-Liad, principalmente), corren detás de los editores para intentar convencerles de las bondades de la distribución electrónica para poner en valor sus dispositivos de otra manera inertes;
4. Guerra de los formatos: basta echar una mirada a parte del cuadro inferior para comprender que una de las escaramuzas más decisivas se libra en el terreno de los formatos propietarios o los formatos abiertos. El conflicto, en realidad, sucede entre quienes quieren asegurarse que todos deberán pasar por el aro (Amazon) y quienes piensan que el haro es de todos (Sony y Google, al menos en esta batalla). El asunto de los DRM no es poca cosa, porque cada uno de ellos soporta el suyo y cada editor deberá decidir cuál utilizar y qué condiciones económicas aceptar;
5. Los precios: claro, los precios, porque por ahora varían, aproximadamente, entre los 178 € y los 360 €, y no siempre está claro que la diferencia responda a una pléyade de servicios adicionales.



Para terminar de enredar el asunto podemos encontrar en el mercado internacional, a la venta, trece dispositivos distintos, un verdadero y enigmático bazar electrónico:





Felices compras...de DELEDA

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miércoles, 27 de mayo de 2009

Leo la entrevista que el periódico austriaco Der Standard hace a Robert Silvers, el editor en jefe de una de las referencias mundiales del mundo de la crítica, los libros y la edición, The New York Review of Books. A Silvers, veteranísimo profesional, no lo cabe la menor duda: estamos ante el final de una época, ante el colapso definitivo de la galaxia Gutenberg. Leeremos en pantallas y la web nos facilitará el acceso -como en el caso del propio archivo digitalizado del New York Review of Books- a centenares de miles de páginas. Quizás no leamos  propiamente hablando, sino que surfearemos o seguiremos grácilmente la fuerza de las olas que nos arrastren en la red. En todo caso, la web se erige en el canal por antonomasia para la creación, difusión y uso de los contenidos escritos, aun cuando la competencia de los discursos -entre los antiguos profesionales y la proliferación de nuevas voces amateurs-, sea un asunto irresoluble en el nuevo entorno.



Pongámonos en situación (histórica): 19 de noveimbre de 1914, Karl Kraus entra en una sala atestada de gente silenciosa y expectante en Viena. Mira al público penetrándolo con su mirada afilada. Látigo de cualquier conformismo burgúes, de cualquier moral bienpensante o de todo abuso de poder, grita contra la guerra: "Quizás hasta la más pequeñas de las guerras fue siempre un negocio que dejó limpia la superficie y actuó en el interior. ¿En qué dirección actúa ésta tan grande, que lo es gracias a fuerzas contra las que habría que encabezar la más grande de todas las guerras? ¿Es la salvación o tan sólo el fin? ¿O apenas un paso más? […] ¿Cómo pudo ser posible que un periódico de ámbito mundial festejara una guerra mundial? ¿Que un magnate de la Bolsa se plantara ante una batalla en la que estaban implicados millones, y con el bramido de sus titulares reclamara y lograra la atención para el 50 aniversario de su impublicable negocio? ¿Que los bancos con los fondos congelados no pudieran atender a sus clientes pero sí pagarle a él bastante más de cuatrocientas coronas por cada uno de los cien anuncios de su número conmemorativo? ¿Que entre el tronar de los cañones aún se escuchara el clamor de la adhesión de los repartidores, y que la relación de quienes le felicitaban desfilara durante semanas como una lista de bajas de la cultura? ¿Cómo pudo ser posible que en días en que la frase empezaba ya a sangrar y rendía los vestigios de su vida en la muerte pudiera servir aún para adornar ventanas en una casa de placeres liberales? ¿Que izaran banderas escritores que ya estaban en el frente y que un siervo del balance, un filibustero de la cultura, se hiciera homenajear por una banda de lacayos de alto rango como “General en jefe del espíritu”? ¡Ojalá la época llegue a hacerse tan grande como para no ser víctima de un vendedor que planta sus pies sobre el espíritu y sobre la economía! ¡Que venza la pesadilla del oportunismo en la que la victoria se convierte en mérito de los que no participaron, que se arranque de entre sus títulos de honor ese empeño invertido en bandas y cruces que le imponen precisamente la estupidez, las palabras extrañas y los nombres de recetas, y que entre esclavos cuyo único objetivo fue durante todos los días de su vida dominar el lenguaje, se abra paso mundo adelante con el talento de no dominarlo! ¿Qué sabéis vosotros, los que estáis en guerra de la guerra?”.



Entre el público, Elias Canetti. Un jovencito que queda abrumado por la violencia del discurso. Se asombra de su independencia y se pasma porque la policía no le haya detenido todavía. Kraus edita durante 37 años, de 1899 a 1936, sin desmayo y en solitario, Die Fackel, una plataforma o una torre de papel desde la que preservar la independencia intelectual, desde la que mantener la cordura política, desde la que proteger la autonomía de la cultura.


Otro salto: 28 de mayo de 2006. Kate Allen, uno de los directores de Amnistía Internacional, concede una entrevista al diario The Observer en la que se pormenorizan los actos de censura, vigilancia, arresto y castigo que pueden documentarse en muchos países contra la libertad de expresión en Internet: China, Cuba, Irán, Turkmenistán, Tunez, Israel, Vietnam... Explica la connivencia criminal de grandes compañías de comunicación y buscadores comerciales en la estrategia represiva. Lanza, finalmente, una campaña mundial que  lleva por título "Irreprimible", e incita a tomar conciencia de que amordazar la web es como si hubiéramos echado a Karl Kraus de su tribuna o si hubiéamos cerrado Die Fackel.



Penúltimo salto: 24 de mayo de 2009. Madrid. La asociación de internautas pide la universalidad de la banda ancha, porque es -como reconocía Robert Silvers- el fundamento por excelencia de la libertad de expresión, de la diseminación de contenidos, de la pluralidad de las opiniones y los pareceres, de la salud de nuestras democracias. Internet como "campo de batalla donde se libra la lucha por los derechos civiles". Karl Kraus hubiera publicado La antorcha en la web.

Último salto: 28 de mayo de 2009: La aldea global. De la sociedad de la información a la sociedad del conocimiento. 16.00 h. El futuro de la creación y la autonomía del campo de producción cultural se está dirimiendo en estos mismos momentos. Seamos como Karl Kraus, el irreprimible.

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lunes, 25 de mayo de 2009

Casi me gustaría comenzar comentando la actitud de algunos directivos de Bertelsmann en Alemania, que han renunciado al 50% de los bonos extraordinarios que percibían en función de los objetivos cumplidos, porque solamente así entiendo que pueda solicitarse a trabajadores, colaboradores y proveedores que se aprieten el cinturón o colaboren, con sus sudores y sus lágrimas, al sostenimiento de una empresa común, pero mucho me temo que el ejecutivo editorial español -en términos generales y haciendo todas las honrosas excepciones que sea necesario- es más partidario de la política de tierra quemada y de hechos consumados que del bravo ejemplo de la jefatura bien entendida (política que consiste en arramplar con lo que hay y dejar un legado envenenado al heredero). Me gustaría comenzar por ahí, ya digo, porque a mi alrededor (por no mirarme a mí mismo) no veo más que buenos profesionales de la edición sumidos en crisis profesionales difíciles de remontar, financiando con su esfuerzo denodado a otrora grandes imperios de la comunicación, atónitos ante la desfachatez de quienes se amparan en penurias económicas internacionales para no abonar la justa soldada. En fin, me gustaría comenzar por ahí, para que el ejemplo cundiera y nuestra convergencia con Europa no fuera meramente testimonial, pero no lo voy a hacer. Voy a comenzar...



Voy a comenzar refiriéndome al artículo de Federico Ibáñez aparecido hoy en el diario El País, "Repensar la edición", no para enmendarlo -porque suscribiría la mayoría de los puntos que cita en su síntesis sectorial-, sino para ampliarlo, para enmarcar los avatares editoriales dentro dentro de un avatar mucho más complejo y trascendental, que es el de la cultura escrita. Me explicaré: el hecho de que la cadena de valor tradicional de la edición se esté cayendo hecha añicos es, simplemente, el fruto maduro de un acontecimiento anunciado, porque nuestros flujos y procedimientos dependen en gran medida de una época predigital donde no existían las tecnologías con las que hoy contamos. Pero, en realidad, si bien eso interesa y afecta a la industria editorial, no se trata más que de un epifenómeno o, por usar un vocabulario errado y desusado, pero que resulta ilustrativo, no es más que la superestructura de un movimiento sísmico mucho más poderoso, de mayor alcance. Alguien decía el otro día que dentro de algunos años no recordaremos la crisis financiera, pero padeceremos en todos los órdenes el cambio trascendental de que está aconteciendo a la cultura escrita.



Padecemos una convulsión irreversible, seguramente, en las formas y maneras de generar contenidos, de concebirlos, de escribirlos, grabarlos o dibujarlos, de unirlos y ensamblarlos y, si eso es así, sufrimos una sacudida no menos importante de los derechos conexos y asociados. La propiedad de algo tangible, vinculada a una regulación capaz de controlar su reproducción y su circulación, no puede ser ya la misma en un entorno donde su reproducción y circulación es gratuita. Surgen, por tanto, otras maneras de hacer, quizás otros géneros literarios, artísticos, y afloran nuevas concepciones de la propiedad que no entrañan, necesaria ni únicamente, la compensación mercantil inmediata.



Padecemos una conmoción definitiva en la manera en que difundimos y transmitimos lo que hacemos, en la manera en que lo compartimos, lo mostramos y lo enseñamos. Quienes antes ejercían de intermediarios obligatoriamente para exponer lo que hacíamos, no tienen por qué seguir haciéndolo, al menos obligatoria o exclusiva. Surge la posibilidad de arrogarse con el soberano derecho a difundir de la manera que a uno le plazca los propios contenidos; surgen nuevas intermediaciones que pueden acabar con el papel de los mediadores tradicionales, incluidos los editores claro. Los nativos digitales, como el que nos contempla, puede que no comprenda qué era un editor de aquí a unos años (que los dioses de los bits no lo quieran). La educación, concebida tradicionalmente como la emisión de un discurso único, del que sabe a los que necesitan aprender, no ha perdido su vigencia, pero sí se ha matizado, porque las nuevas herramientas promueven la conversación y la proliferación de los discursos divergentes.



Padecemos, seguramente, un cambio neuronal irreversible, una convulsión cognitiva solamente comparable a la que el pobre Sócrates narró en su Fedro. La lectura profunda, sucesiva y ensimismada que conformó nuestro milenario cerebro lector, está en trance de reciclado. La tecnología que soportaba esa posibilidad era la del libro tradicional -paralelepípedo con principio y fin entre cuyas cubiertas discurre un discurso con sentido-, pero el nuevo soporte digital por antonomasia que es la web posee una característica que hace que los textos comiencen en cualquier sitio y acaben en cualquier parte, de manera que la trazabilidad de su significación original (si es que existía) sea una tarea imposible. El hipertexto aboca a un tipo de lectura fragmentaria e irreversible, y el tipo de experiencia cognitiva que propicia es necesariamente diferente. Nuestro cerebro, órgano impar e indeterminado genéticamente para la lectura, hará lo que le pidamos, para lo bueno o para lo menos bueno.


Los cambios, y no me extiendo más, son sin duda editoriales, pero, sobre todo, son cambios de la cultura escrita, de las tecnologías que usamos y, con ellas, de nuestro propio organismo, de nuestra propia sociedad, de nuestra propia convivencia, de nuestra propia cultura y de nuestra educación. Quizás convenga, parafraseando a Federico Ibáñez y recuperando el video tantas veces emitido de The machine is us/ing us, repensar el copyright, la autoía, la identidad, la ética, la estética, la retórica, la gobernanza global, la privacidad, el comercio, el amor, la familía. Quizás convenga que nos repensemos.

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