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jueves, 19 de noviembre de 2009

Pongamos que se me ocurre intentar publicar una colección de libros que tienen que ver con un asunto tan osado y tan insólito como la relación de cosas que uno haría por dinero, por equivocadas, chocantes o infrecuentes que fueran, un libro, en el fondo, en torno a la moral de nuestra sociedad, a nuestras prioridades y valores. Pongamos que pregunto cosas como ¿estarías dispuesto a pasar un año en prisión por dinero?, ¿te gustaría conocer la fecha exacta y la hora de tu muerte? ¿cambiarías tu sexo por dinero? ¿ingerirías un rollo de cinta adhesiva por una compensación económica adecuada? Si consiguiera respuestas representativas, respuestas suficientes para llenar las páginas de un libro, quedaría componerlo, maquetarlo, editarlo, distribuirlo y, mágica y herméticamente, venderlo, algo que podría resultar bastante difícil en un mercado abarrotado de novedades. Pero pongamos en que persisto en la idea, convencido de su interés. ¿Cómo conseguir poner en marcha un proyecto editorial así?



La web pone en nuestras manos herramientas hasta ahora insólitas para poner en marcha proyectos creativos entre los que se cuentan, claro, los editoriales: sitios como Kickstarter nos ofrecen la posibilidad de relatar a nuestros posibles mecenas, financiadores o colaboradores las líneas básicas de nuestros proyectos, pidiéndoles a cambio una inversión mínima a cambio de la cual cada inversor recibirá el ejemplar del libro impreso o, si la donación ha sido superior (desde 1 dólar hasta 9, 25 o 40), otros objetos o servicios que añadan un plus a la mercancía básica (tener acceso al desarrollo del libro a través de un enlace restringido en el blog; incluir las respuestas del propio contribuyente a la encuesta en una edición limitada de 100 ejemplares; incluir en la página de créditos al mecenas digital, en un remedo contemporáneo del Duque de Béjar; etc., etc, tan lejos como la imaginación nos lleve).


El proyecto Live wrong and prosper es uno de los que busca financiación entre posibles donantes desconocidos que, con su dinero, quieran contribuir al desarrollo de esa obra a cambio de la compensación que la editora haya prometido. Los lectores serán tan pocos y tan extravagantes, seguramente, como la propia editora, pero la red se pone a favor de estas iniciativas extemporáenas, del talento al servicio de unos pocos, de la larga cola que satisface la demanda de unos cuantos. La tecnología propicia un encuentro que, de otra manera, sería casi inconcebible: un editor de un sólo libro para unos pocos lectores. O, por qué no, un escritor que desea escribir un libro y necesita alejarse durante un tiempo de las necesidades que le rodean, para lo que pide financiación a una comunidad de posibles lectores interesados.



Esta posibilidad de desarrollar nuevos modelos de negocio en la industria de la cultura no se limita, sin embargo, a iniciativas puntuales, singulares, sino que puede constituir el cimiento económico de una editorial, como en el caso de la editorial para jóvenes autores, o el punto de partida de las memorias de un editor, o el soporte del primer libro creado por los habitantes de la ciudad de New York.



Nuevos medios para nuevas industrias para nuevas ideas. Ponga un editor en su vida.

14:03 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (3)

martes, 17 de noviembre de 2009

Los libros de texto de código abierto no son otra cosa que libros colaborativos escritos y mejorados por muchas manos. Al contrario que los libros de texto tradicionales, encargados a uno o varios autores, inmodificables por definición, inmutables hasta la siguiente reedición, caros por cuanto su confección, corrección, edición, producción y distribución requerían de verdaderos ejércitos de profesionales, los libros de texto de código abierto son obras en evolución constante, modificables y editables a voluntad, baratos por cuanto no comportan producción industrial alguna, sencillamente distribuibles mediante descarga electrónica. Los flexbooks, que así se llaman esta clase de obras educativas generadas cooperativamente, amenazan con hacer desaparecer, definitivamente, al libro de texto tradicional, acantonado, quizás, en sus últimos y aparentes éxitos comerciales.



Desde el mes de mayo de 2009, el Estado de California en los Estados Unidos adoptó los libros de texto open source como fuente de abastecimiento de sus escuelas estatales. Varios factores concurrieron para que se tomara esa decisión: la bancarrota innegable del Estado regido por el musculoso prócer Schwarzenegger, y la sospecha fundada de que los libros de texto tradicionales eran caros, justificadamente caros si se quiere, y lentos, muy lentos en su capacidad de introducir y fijar los nuevos conocimientos, como no podría ser de otra manera en la tecnología del papel.

Es cierto que ambas afirmaciones son discutibles si las valoramos según los parámetros de la industria tradicional: el coste de un libro de texto, en el que intervienen decenas de personas, entre autores, correctores, editores, maquetadores, diseñadores, impresores, distribuidores y comerciales, no puede ser barato; la tecnología del papel, en este caso, no permite una renovación diligente de los cambios acaecidos en las disciplinas, aunque muchos dirían que tampoco los libros de texto tienen la obligación de ofrecer a los alumnos de primaria o secundaria la más rabiosa actualidad, siempre sujeta, a su vez, a discusión, por son más compendios y síntesis razonadas que medios de difusión de las novedades. Los buenos libros de texto tradicionales, además, ofrecían una clara secuencia pedagógica vinculada con unos objetivos inteligibles, gracias a la intervención de pedagogos y directores editoriales.Pero lo que sí resulta cierto es que las contribuciones de los profesores al contenido de lo que impartían siempre era limitada, tan restringida que la mayoría se acaba conformando con transmitir, estrictamente, lo que el libro ofrecía ordenadamente.

No es la única alternativa a los libros de texto tradicionales -las plataformas estrictamente digitales suponen un reto adicional-, pero constituyen una alternativa plausible, colaborativa, barata, bien contrastada, administrativamente respaldada, que convierte a la comunidad entera de los educadores en creadores y distribuidores del conocimiento que imparten.

Mañana, en FICOD, a las 19.00, hablaremos sobre Los contenidos digitales en el nuevo contexto de la educación, un debate apremiante y necesario.

11:24 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (2)

viernes, 13 de noviembre de 2009

Ayer, en Vigo, con cielo cubierto y claros ocasionales, en el Campus de la Unviersidad, hablamos del futuro de la edición científica. Se trata, básicamente, de difundir el conocimiento especializado que las universidades producen, para lo cual, hasta ahora, se venía utilizando la tecnología del papel -como soporte a través del que el contenido discurría-, el copyright -como licencia que intentaba controlar la circulación y la reproducción del contenido difundido-, y el peer review -como el sistema de evaluación y acreditación que daba el visto bueno definitivo para que ese contenido llegara a sus posibles lectores-. Todo eso, afortunadamente, ha cambiado. Adios al editor científico tradicional; viva el nuevo editor científico.



Si lo que pretendemos es difundir el conocimiento para que llegue a todos aquellos que lo puedan necesitar; si cuantos más especialistas lean un texto y lo comenten más inteligencia colectiva se generará en torno al tema tratado; si cuanto más desinteresados somos, poniendo ese texto a disposición de quien lo requiera, más intereses recibamos devueltos en forma de reconocimientos y parabienes de la propia comunidad científica, convendría que nos pusiéramos manos a la obra y transformáramos, consecuentemente, todo el proceso editorial tradicional.

Cómo afrontar la edición científica del futuro


El tridente de esa nueva edición científica debería estar compuesto por: la gestión digital de los contenidos, que se encarnarán, preferentemente, en soportes digitales dotados de aplicaciones que nos permitan explotar los textos de una manera mucho más rica, capaces de generar una verdadera red de conocimientos compartidos; la liberación de los contenidos, mediante su puesta a disposición de la comunidad científica mediante licencias Creative Commons, en la modalidad que se elija; la generación de grandes plataformas públicas de conocimiento que aglutinen la producción de los centros de investigación y las universidades públicas, sin necesidad, al menos forzosamente, de contratar servicios privados o accesos restrigindos a plataformas de suscripción obligatoria que no permiten que se realice descarga alguna.

Internet puso en manos de los autores la posibilidad de controlar el medio de producción, la circulación del contenido y su posterior reutilización o empleo. La verdadera revolución digital está en el uso consecuente de esas potencialidades.

8:00 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (1)

martes, 10 de noviembre de 2009

Acaba de hacerse público el The Information Economy Report 2009: Trends and Outlook in Turbulent Times publicado por las Naciones Unidas en el que se constata el crecimiento exponencial de la penetración de la web en nuestras vidas a la vez que las casi insalvables diferencias entre países en vías de desarrollo y países desarrollados, entre las grandes ciudades donde la capilaridad de las comunicaciones llega a cada rincón y la desolación de los entornos rurales. Lo cierto, no obstante, es que la revolución digital no es o no debería ser un fenómeno confinado a los países occidentales, porque su implantación y extensión puede traer consigo innumerables beneficios en todos los ámbitos de nuestra vida, desde la administración y la gobernación hasta la creación compartida, la educación y la edición, por mencionar de pasada sólo unos pocos. ¿Qué hacer para que esos países sin recursos económicos o esos lugares sin acceso a la web puedan obtener parte de los beneficios de esta sacudida y transformación digital?



Mi amigo Miguel Gallego, incansable rastreador de novedades tecnológicas en la web, me puso sobre la pista hace algunas semanas: Daniel Reetz, un artista o activista inclasificable, ha inventado un scanner de libros que puede construirse a base de materiales reciclados cuyo coste final no rebasaría los 300 $. Reetz ha creado una comunidad, la DIY Book Scanning Community que discute sobre desarrollos e implementaciones posibles de una tecnología de bajo perfil y escaso coste, asumible y asequible, que pone en manos de cualquier particular, biblioteca o editorial, la posibilidad de resucitar sus fondos inasequibles devolviéndolos a la vida digital.

DIY Book Scanner Introduction and Motivation on Vimeo.

Las instrucciones para la construcción y montaje del ingenio reanimador están disponibles en la web, y la comunidad de interesados que están intentando ensamblarlo, discute sobre el hardware y el software necesarios para optimizar su funcionamiento.



El informe de las Naciones Unidas revela, por ejemplo, que la generalización del ancho de banda en las economías desarrolladas es ocho veces superior a la de las economías que pretenden despegar. Recomienda, por eso, a los gobiernos de esos países emergentes, que presten mucha atención a las tecnologías digitales promoviendo su uso, sobre todo, entre pequeñas y medianas empresas. ¿Por qué no campañas de invención, implantación y uso de tecnologías de bajo perfil y poca inversión que garantizan rendimientos inmediatos, como podrían ser reanimar la industria editorial de un país generando una masa crítica de contenidos suficientemente importante para que las operadoras de telecomunicaciones comprendieran que desplegar las redes puede generar beneficios mutuos? A más oferta, en este caso, mayor posibilidad de que la demanda crezca. Y no sólo se trata de un beneficio estrictamente mercantil, sino de la posibilidad de reanimar y tonificar la vida cultural de un país. ¿Y si a eso, además, le añadiéramos una red de tiendas de reprografía extendidas por todo un país que se hicieran cargo de la impresión y reproducción de los contenidos digitalizados para hacerlos llegar hasta cualquier rincón antes inimaginable? Quien lo dude, que se lo pregunte a Arthur Attwell, de Electric Book Works, una editorial surafricana pionera en esta clase de distribución digital.

A grandes brechas, pequeños remedios.

14:51 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (0)

viernes, 06 de noviembre de 2009

"Los investigadores cuya actividad investigadora esté financiada con fondos de los Presupuestos Generales del Estado harán pública una versión digital de la versión final de los contenidos que hayan sido aceptados para publicación en publicaciones de investigación seriadas o periódicas, tan pronto como resulte posible, pero no más tarde de seis meses después de la fecha oficial de publicación". Así dice el Artículo 2, del Capítulo III del borrador de la futura Ley de la Ciencia y la Tecnología. En ese texto se exige a los investigadores cuyos trabajos hayan sido financiados con fondos públicos, que distribuyan los resultados de sus investigaciones sin restricciones, en abierto, sin necesidad, por tanto, de volver a pagar cuota alguna o suscripción adicional por consultar los contenidos que ellos mismos crearon. El imperativo legal, sin embargo, es necesario pero no suficiente, porque cada Universidad y cada centro de investigación debe, posteriormente, instigar a su propio personal investigador para que acepte las nuevas reglas del juego de la diseminación de la ciencia, y eso no es siempre fácil cuando hablamos de prácticas académicas instaladas, en muchos casos, en la más rancia regla del impacto y de la publicación en un puñado de revistas cerradas que no cumplen con los requisitos exigidos. La UPC de Cataluña acaba de publicar, sin embargo, un valoroso y necesario documento de Política institucional de acceso abierto, que continúa con los publicados con cierta antelación por las Universidades Rey Juan Carlos, Carlos III, UCM y UNED.



En el mundo son ya muchas las Universidades que han decidido desembarzarse de los viejos corsés editoriales y asumir con plena responsabilidad el control de los medios de generación, distribución y uso de los contenidos que ellos mismos crean. Si destaco la declaración de la UPC es porque explicita más completamente que las declaraciones previas la extensión de su compromiso:
  • La UPC promueve el acceso abierto a Internet en las publicaciones académicas, científicas y técnicas realizadas por su profesorado, personal investigador y estudiantado.
  • La UPC recomienda a sus autores que publiquen los resultados de su actividad académica en revistas científicas de acceso abierto (o que permitan a los autores depositar una copia en depósitos abiertos) y / o en depósitos abiertos de información reconocidos en la comunidad científica.
  • La UPC pide a su profesorado y personal investigador que deposite las publicaciones académicas: artículos de revistas, textos publicados en congresos y documentos científico-técnicos (reports) en el Depósito Institucional UPCommons (http://upcommons.upc.edu/).
  • La UPC se compromete a incrementar la visibilidad y la interoperabilidad de las publicaciones depositadas en el Depósito institucional UPCommons mediante: El estándar internacional de metadatos Dublin Core, el Protocolo OAI-PMH (Open Archives Initiative - Protocol for Metadata Harvesting), el Identificador URN Handle y las licencias de acceso abierto Creative Commons.
  • La UPC velará por los derechos de autor, propiedad intelectual y el derecho de confidencialidad de las publicaciones depositadas en el Depósito Institucional UPCommons.
  • La UPC preservará, asegurará y mantendrá el acceso perpetuo a las publicaciones de la producción científica alojadas en el Depósito Institucional UPCommons.




Aún con todo, se percibe -y mi comentario solamente pretende llevar a su corolario lógico el propósito que se entrevé en la declaración- cierta prevención: la Fraunhofer Gesselschaft, uno de los centros de investigación sin duda más importantes del mundo, añadía hace ahora algo más de un año las siguientes puntualizaciones legales y financieras:
  • Si los artículos son publicados en medio que.. requieren alguna suscripción o alguna otra forma de pago, las copias deberán estar disponibles a través del repositorio de la propia organización, el Fraunhofer ePrint... (Si) la editorial lo requiriera, deberá respetarse un embargo no superior a un año;
  • Cuando los empleados de la FG publiquen un artículo, deberán "demandar expresamente el derecho a realizar usos derivados y adicionales de sus obras".
  • FG se compromete a proveer el apoyo financiero, organizativo e inmaterial necesario para implementar esta política.
Si bien no cabe limitar el derecho a la propiedad (copyright) del contenido de una investigación y se permite a sus autores legítimos publicar en revistas comerciales, se establece la obligación simultánea de almacenarnos en los repositorios electrónicos de la institución y de limitar el embargo del contenido a un año, además de pedirles que requieran el usufructo de su uso.



Muchas otras instituciones siguen en nuestro país deshojando la margarita del acceso abierto y, sobre todo, cavilando sobre la manera de planteárselo a sus profesores o investigadores sin que perciban en ello una agresión a sus derechos fundamentales. Lo mejor es que pregunten... la próxima semana, en la Asamblea General de la UNE, en Vigo.

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miércoles, 04 de noviembre de 2009

Claude Levi-Strauss ya no está entre nosotros. En mi particular hitparade de la antropología del siglo XX Levi-Strauss ocupa junto a sus maestros, Emile Durkheim y Marcel Mauss, la posición más eminente, sin olvidar, claro, a la cúspide que terminó de coronar cien años de ciencia social: Pierre Bourdieu. Solamente me dejo fuera de ese repertorio afrancesado la figura monumental de Max Weber. Todo lo demás han sido puras imitaciones, devaluados remedos o, en el mejor de los casos, perspicaces extensiones. No pretendo glosar la obra completa de Levi-Strauss sino recordar ahora, simplemente, aquellas páginas que dedicó en Tristes Trópicos -el relato de su trabajo de campo iniciático entre los nambiquara brasileños- a la Lección de escritura, a la reflexión sobre el papel de lo escrito en la cultura humana.



"La escritura", narraba Levi-Strauss en el capítulo mencionado, "es una cosa bien extraña", y seguiré citando por extenso. "Parecería que su aparición hubiera tenido necesariamente que determinar cambios profundos en las condiciones de existencia de la humanidad; y que esas transformaciones hubieran debido ser de naturaleza intelectual. La posesión de la escritura multiplica prodigiosamente la aptitud de los hombres para preservar los conocimientos. Bien podría concebírsela como una memoria artificial cuyo desarrollo debería estar acompañado por una mayor conciencia del pasado y, por lo tanto, de una mayor capacidad para organizar el presente y el porvenir". De no seguir leyendo a Levi-Strauss parecería que su conclusión se acercara mucho a la de expertos en el mundo antiguo como Havelock, que cifra en el surgimiento de la escritura, precisamente, tal como se recoge en La musa aprende a escribir, el desarrollo paralelo de las más altas capacidades cognitivas del ser humano.



Pero Levi-Strauss no es de la opinión de que la escritura procure la emancipación intelectual de los seres humanos o incremente el control sobre sus vidas presentes y futuras. Al contrario: "el único fenómeno que ella ha acompañado fielmente es la formación de las ciudades y los imperios, es decir, la integración de un número considerable de individuos en un sistema político, y su jerarquización en castas y en clases". La escritura, es el corolario de las afirmaciones y observaciones históricas anteriores, "parece favorecer la explotación de los hombres antes que su iluminación" o, más taxativamente si cabe, "la función primaria de la comunicación escrita es la de facilitar la esclavitud", así de claro. Esa sospecha de control artero del espíritu humano por parte de la escritura la heredó, claro, Jacques Derrida.



No hay duda alguna que en todas las antropologías e historias serias de la escritura que se han publicado -como la de Cardona o como la de Calvet- el vínculo entre la aparición de lo escrito y la dominación de los súbditos de civilizaciones de gran complejidad organizativa, parece incuestionable. Pero quizás, y solamente digo quizás, el peso de la estructura sobre los desvaríos de la acción (por expresar esa antigua polémica antropológica reavivada en el estructuralismo sobre el grado de libertad de los agentes respecto a la estructura subyacente), gravó demasiado la concepción de la escritura que Levi-Strauss vertió en su gran obra inicial.

Pero aunque así hubiera sido, históricamente, me gustaría pensar hoy de otra manera, como epitafio a la vida del gran antropólogo y en recuerdo de sus numerosos escritos: "el lenguaje", dice Ivonne Bordelois, "es un fermento indestructible de unidad y comunidad entre nosotros, acaso uno de los últimos que nos quedan.. La derrota de la palabra implica una ceguera letal, un leso crimen de humanidad, un craso fracaso que necesitamos conjurar por tods los medios a nuestro alcance", escribiendo, "para no descender al infieron que nos proponen nuestros enemigos". Adios maestro.

10:35 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (3)

lunes, 02 de noviembre de 2009

A estas horas, cuando escribo hoy, Roger Chartier estará hablando en el foro organizado por los editores catalanes, el Foro Atlántida. El título al que obedecen todas las entrevistas es el de "La contribución de la edición en la configuración de la cultura occidental", una reivindicación muy apropiada en tiempos de desintermediación digital y de redefinición de la condición y esencia del editor. Un poco más tarde intervendrá Antoine Compagnon, el autor de ¿Para qué sirve la literatura?, esa pregunta se hace más acuciante ahora que las tecnologías digitales inventan nuevos lenguajes de expresión. Editores y literatura cuestionados; editores y literatura quizás rescatados.



No es sencillo resumir el pensamiento de ninguno de los dos gigantes que hablan esta tarde en Barcelona, así que me limitaré a intentar abrir el apetito lector para mejor degustar sus obras. Y quizás habría que empezar a leerlos por otra parte, con un apertivo contundente que sacia: me refiero al On the origin of stories. Evolution, cognition and fiction, un libro de Brian Boyd ya citado en alguna ocasión, que defiende la tesis de que el ser humano cuenta y necesita que le cuenten historias como un rasgo adaptativo que se ha convertido en ventaja evolutiva: igual que el resto de las especies animales juega para simular sin peligros las situaciones a las que tendrán que enfrentarse, una y otra vez, hasta que el placer vinculado a la diversión y a la repetición automatizan respuestas que utilizaran en su vida corriente, el ser humano escucha y cuenta compulsivamente historias que le atañen porque recrea de esa manera, sin riesgo alguno y mediante el placer asociado de la fantasía y la invencion, las múltiples situaciones de interacción social que vivirá a lo largo de su existencia. Como una especie de ensayo controlado donde pueden entenderse las razones de los demás, sus diversos estados de ánimo, sus distintos y quizás divergentes puntos de vista: "la literatura debe, por lo tanto, ser leída y estudiada porque ofrece un medio -algunos dirán que incluso es el único- de preservar y de transmitir la experiencia de los otros, de aquellos que están alejados de nosotros en el espacio y en el tiempo, o que son distintos a causa de sus condiciones de vida", dice Compagnon, como si se hiciera eco del planteamiento de Boyd.


Pero lo que de más propio e intransitivo tiene la literatura, parece casi de perogrullo decirlo, es el lenguaje. El ser humano representó pictóricamente sus mitos antes de transcribirlos; quizás existiera también la música y su encarnación en los cuerpos que seguían el ritmo del relato; pero el lenguaje fue y sigue siendo el vehículo más preciso de retrato y representación de la naturaleza y los sueños humanos.



Los libros han sido el depósito de esa textualidad imaginaria a lo largo de muchos siglos, el soporte sobre el que se han encarando infinidad de historias que nos recrean y nos retratan. "Para comprender las significaciones que los lectores han dado a los textos", dice Chartier en el tantas veces citado Escuchar a los muertos con los ojos, "de los que se apoderaron, es necesario proteger, conservar y comprender los objetos escritos que los han transmitido. La felicidad extravagante suscitada por la biblioteca universal podría volverse una impotente amargura si se traduce en la relegación o, pero aún, en la destrucción de los objetos impresos que han alimentado a lo largo del tiempo los pensamientos y los sueños de aquellos y aquellas que los han leído".



Surgirán nuevos lenguajes, nuevas textualidades para nuevos soportes, capaces, quizás, de plasmas otras experiencias, pero aunque así fuera, siempre quedará el lenguaje, y los libros: "no deberíamos, entonces", dice Ivonne Bordelois, "deslizarnos al cliché apocalíptico, porque, felizmente, las culturas transcurren y se suceden unas a otras, mientras el lenguaje, a pesar de llevar en sí las cicatrices de las diferentes hecatombes culturales, económicas e históricas de las cuales es testigo y víctima, sigue allí como depósito de la memoria colectiva y fuente viva de la vida y la poética futura [...] Y en realidad, tratar de defender a la poesía es una empresa un tanto ridícula, porque es la poesía quien en realidad nos defiende a nosotros...". Que así sea.

13:32 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (1)

viernes, 30 de octubre de 2009

Lawrence Lessig escribió hace tiempo un libro, bajo licencia Creative Commons, titulado así, Free Culture, cultura libre, cuya "meta no es combatir a los defensores de «todos los derechos reservados ». La meta es complementarlos. Los problemas que la ley nos crea como cultura son producidos por las consecuencias irracionales e involuntarias de leyes escritas hace siglos, aplicadas a una tecnología que solamente Jefferson podría haber imaginado. Puede que las reglas tuvieran sentido en un marco tecnológico de hace siglos, pero no tienen sentido en el marco de las tecnologías digitales. Lo que hoy necesitamos son nuevas reglas —con libertades diferentes, expresadas de forma que puedan usarlas seres humanos sin abogados. Creative Commons le da a la gente una forma efectiva de empezar a construir esas reglas". Ayer comenzó en Barcelona el Free Culture Forum, un espacio para reflexionar sobre las profundas e inexorables implicaciones políticas, sociales y económicas, amén de obviamente editoriales, que la expansión del movimiento por el libre acceso y la cultura libre tienen en todo el mundo.



El lunes -qué envidia- andará también por Barcelona Roger Chartier, en el Foro Atlantida, y lo menciono porque hace ya muchos años que enunció la regla fundamental del cambio contemporáneo. Chartier dejó dicho que nunca antes en la historia de la civilización habían concurrido transformaciones en las maneras de crear y generar ideas y contenidos; en las maneras y modalidades de difundirlos y compartirlos, en las fórmulas jurídicas, por tanto, de su disponibilidad; en los usos que de esos contenidos pudieran hacerse, en su potencial reutilización o remezcla. No hay parcela de la experiencia humana que pueda quedar indmene, menos aún la editorial, que no es otra cosa, esencialmente, que el oficio de la creación, explotación y distribución de contenidos.

Hace pocos días escuchaba a Robert Darnton, otro de los grandes expertos en metamorfosis de la cultura escrita, Director de las Bibliotecas de Harvard y paladín del open access, declarar que una de las razones que explicaba la propagación imparable de este movimiento era la réplica de la comunidad científica ante los abusos de la industria editorial, y no le falta razón. Darnton explicaba en esa entrevista que para las grandes universidades norteamericanas era más cabal, consecuente y barato financiar a sus autores para que publicaran sus artículos en revistas de acceso abierto que intentar mantener por más tiempo las suscripciones a cabeceras cuyos precios excedían, en muchos casos, los 30.000 $ anuales. Organizar una Oficina de Comunicación Académica, dotarla de personal y presupuesto y ponerla al servicio de la comunidad de profesores para explicarles las implicaciones del uso consciente de la propiedad intelectual, era mucho más eficiente y económico que seguir adquiriendo productos editoriales que ellos mismos habían contribuido a crear con su trabajo. De este reflexión no quedaban excluídos completamente, sin embargo, los editores: su función de filtradores y seleccionadores de contenidos, en concurrencia con otras modalidades de evaluación social distribuida, podría seguir siendo fundamental, y lo digo sólo condicionalmente porque las herramienas de creación, distribución, uso y valoración de los contenidos están siendo usadas de manera tan masiva y congruente, que a veces doy por desaparecido el oficio, al menos tal como lo hemos entendido hasta hoy.


Quizás las iniciativas y estrategias de libre distribuión que siguen autores puntuales como el mismo Lawrence Lessig, Cory Doctorow o Alberto Vázquez Figueroa, no sean más que eso, ejemplos restringidos a autores cuya capacidad de deshacerse de molestas intermediaciones sea excepcional, pero en otros ámbitos de la generación y difusión del conocimiento -como he ido comentando en las entradas de los días anteriores-, la toma de conciencia de los actores sobre sus capacidades incrementadas es tan abrumadora, gracias al uso de las tecnologías, que podemos hablar con propiedad de un nuevo ecosistema de producción y circulación de la información, de una nueva economía o, mejor aún, de una nueva práctica económica vinculada a un espacio cuyas reglas ya no son las de la vieja economía. De eso y de muchas otras cosas igualmente importantes se tratará estos días en Barcelona (y gracias desde aquí a Simona Levi, alma instigadora del proyecto, que me ofreció coordinar una de las mesas y por mi alocada agenda no pude aceptar).

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miércoles, 28 de octubre de 2009

Hoy se celebra en Madrid las I Jornadas Técnicas ANELE, la Asociación de Editores de Libros y Material de Enseñanza, coordinadas por Javier Celaya, lo que siempre es una garantía de rigor y actualidad. Si la educación está sufriendo, al menos en apariencia, una profunda transformación que va de la mano de la construcción de una escuela abierta y digital que transfigure las jerarquías de la comunicación, los métodos de transmisión del conocimiento y las reglas de su uso, no parece que los libros de texto y el ecosistema del aula puedan quedar intactos.



Por una parte, la red hace posible que miles de profesores construyan sus propios libros de texto, generando repositorios de contenidos y de objetos digales bajo licencias permisivas que admiten su difusión, uso y transformación sin límites. Esa realidad es patente en el proyecto Connexions. Sharing knowledge, que es, quizás, el mayor libro de texto de la red, si es que puede recibir ese nombre que respondía a otra realidad textual. Su fundador y principal valedor, Richard Baraniuk, lo explica en este video de obligada consulta:

Por otra parte, nuestros jóvenes nativos digitales utilizan las herramientas digitales de una manera cualitativamente distinta a la nuestra y su ecosistema informacional no coincide ya con el de la textualidad del libro de texto tradicional o con el discurso unidireccional del profesor habitual. Experto en el manejo de las tecnologías, aunque no las comprenda ni sepa cómo acreditar la información que recibe, difícilmente renunciará a su manejo, de forma que la escuela tendrá que cambiar en parte sus hábitos comunicacionales obligada por los usos y costumbres de sus usufructuarios. El proyecto Edutopia hace tiempo que viene investigando este cambio y sabe que se trata de algo más que de la sustitución de unos soportes por otros.

El debate que no suele mantenerse pero que está en el fondo de la discusión es si este nuevo entorno que propicia la desjerarquización, la comunicación horizontal, el juego y el ensayo, la remezcla y la fusión, es mejor o peor que los métodos tradicionales, basados en la adquisición de unos conocimientos mínimos transmitidos unívocamente y memorizados mediante la repetición. ¿Qué escuela de las dos es mejor para asegurar a sus ciudadanos la adquisición de esos conocimientos mínimos indispensables que propicien su desenvolvimiento personal y social? Alain Finkielkraut y Paul Soriano se lo preguntaban en un libro que mencioné hace ya algún tiempo, Internet, el éxtasis inquietante, donde denunciaban la acrítica recepción de las novedades digitales en materia educativa.



Mientras tanto, las editoriales, con más o menos secreto y más o menos acierto, se preparan. Algunas reinventan el libro de texto en papel componiéndolo como si se tratara de una página web, en un extraño movimiento de reinversión textual que resta complejidad y contenidos al  libro tradicional; otros preparan sus propuestas de pizarras digitales con contenidos adaptados al nuevo soporte, más allá de la mera reproducción facsimilar del libro tradicional, explorando sus potencialidades interactivas y su capacidad de atender a las múltiples inteligencias y a la diversidad de competencias que un profesor se encuentra en el aula.

Un reto extraordinario que estas primeras jornadas técnicas pretenden, en alguna medida, comenzar a resolver.

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lunes, 26 de octubre de 2009

Hace unos pocos días la todopoderosa Deutsche Forschung Gemeinschaft (Unión de investigación alemana) anunció que ponía en marcha el plan de financiación para que todas las universidades alemanas pudieran acogerse sin coartada ni evasiva alguna al mandato general del acceso abierto a los contenidos y conocimientos generados en la red académica pública alemana, algo que viene a ratificar o completar el camino que en su momento trazó el Max Planck Institute, en su Declaración primigenia de Berlín y, algo más tarde, siguiendo sus pasos, abrazó el Fraunhofer Institut, la vanguardia de la investigación aplicada en Alemania. Mientras tanto, en Estados Unidos, las universidades de Harvard, Berkeley, Cornell y el MIT se ponen de acuerdo para lanzar la declaración del Compact for open-access publishing equity, el pacto para la equidad de la edición en abierto, un llamamiento a que los científicos se reapropien de sus contenidos y de la dinámica de su circulación sin desdeñar la labor de algunas editoriales. Soplan vientos imparables de cambio en la edición científica y, por ende, en la generación, distribución y uso del conocimiento.



Si alguien de entre mi legión de lectores tuvo la suerte de andar por el pabellón 4.2. de la última Feria de Frankfurt habría notado un contraste sideral entre los magníficos pabellones de los sellos editoriales dedicados a la venta de acceso restringido a bases de datos científicas, diseñados con la contundente y efectiva elegancia de un concesionario de automóviles, y el chamizo reservado en un rincón a la asociación internacional de Open Acces amparada por la European University Presses.



Parece existir, cada vez más, un relación proporcional inversa entre la rutilancia de un pabellón y su importancia real en el mundo de la creación, intercambio y reutiilzación del conocimiento científico. A mayor magnificencia del pabellón, más necesidad de justificar una labor y un modelo de explotación de las consecuciones de la ciencia hoy casi innecesarios. Lo dice muy bien un joven investigador inglés dedicado a las nuevas formas de circulación y evaluación de la ciencia a las que la red da pie: "Un gran debate”, dice Taraborelli, “afecta en los últimos años al modelo del peer review de evaluación de la calidad científica, debate que cuestiona, entre otras cosas, su capacidad para ser factible, correcto, puntual, objetivo y eficiente en la detección del fraude. El debate toma en cuenta, en particular, el asunto de cuáles han de ser los indicadores cuantitativos que estimen el valor de la producción científica de conocimiento”. La red pone a disposición de la comunidad científica los medios de producción necesarios para que la figura del productor y el distribuidor coincidan, prescindiendo, al menos potencialmente, de intermediaciones editoriales y de la esterilizante y a menudo tergiversada pugna por utilizar la contabilidad de los índices de impacto tradicionales como única medida de la excelencia o no de un contenido. “Las motivaciones detrás de este debate”, continúa Taraborelli, “son múltiples, pero están en parte relacionadas con el problema de la explosión del contenido científico disponible en la World Wide Web. La disponibilidad masiva de contenidos científicos en Internet está desafiando el papel que las revistas académicas tenían en el pasado como vehículos privilegiados de comunicación científica y como filtros de la calidad científica: la Web ha venido pavimentando el camino hacia nuevas formas de evaluación científica (tales como el open peer review o el open peer commentary), que no eran concebibles como tales en el pasado”.



Alberto Corsín, antropólogo e investigador en el CSIC además de Decano de la EOI, me consultaba hoy qué podría hacer desde el punto de vista editorial (esto es, desde el punto de vista de la generación, comunicación y explotación de los contenidos) una red como la de Open Anthropology Cooperative, constituida, entre otras cosas, para el fomento de la discusión, la puesta en común de ideas, proyectos y problemas y, también, la publicación de contenidos propios de ese área de conocimiento sin la necesaria intermediación de sellos editoriales profesionales. La respuesta está en el propio sitio de la cooperativa y la fortaleza de la red social que lo ampara: cualquier documento puede ser publicado en abierto utilizando los recursos que visualizadores como Scribd proporcionan gratuitamente pero si, además de eso, lo que se pretende es hacer circular en papel la versión definitiva de un documento que se tiene por tal, basta con fomentar una suscripción anual ajustada entre los integrantes de la red para financiar la impresión digital del número de ejemplares que la red demande, ni uno más ni uno menos.



Los negocios en la economía de la atención y el prestigio para iniciativas tan definidas y delimitadas como pueda ser la de un colectivo interesado por la antropología, deben circunscribirse a la larga cola, a su perfil más minoritario, y su calidad y pertinencia debe medirse mediante los instrumentos de valoración social colectiva (Del.icio.us o Mendeley, por ejemplo) que sortean ventajosamente las rémoras del peer review tradicional.

La semana que viene, en la Asamblea general de la Unión de Editoriales Universitarias Españolas, más.

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viernes, 23 de octubre de 2009

Cuando murió, en el año 2002, la casa de subastas Sotheby puso a la venta toda su biblioteca, calculada en unos 25000 volúmenes. Lo más jugoso de su catálogo lo constituían las más de 3000 obras raras dedicadas a la magia y la nigromancia, al ocultismo y la brujería, además de otras materias relacionadas como la demonología y la hechicería, volúmenes originales de los siglos, sobre todo, XV-XVII. Robert Lenkiewicz no se tenía así mismo, tan sólo, por el pintor internacionalmente conocido que donaría parte de su herencia, la derivada de la venta de su biblioteca, a la fundación que hoy da cabida a jóvenes artistas. Más que como pintor Lenkiewicz se percibía así mismo como un investigador del alma humana y de sus recovecos más indecibles y ocultos, como un estudioso de las esencias más arcanas y confidenciales de la naturaleza del ser humano, lo que le llevó a atesorar una biblioteca en la que brillaba la estrella negra de las ciencias ocultas.



Artista, filántropo, escritor y, sobre todo, coleccionista compulsivo de libros, Lenkiewicz empleó su patrimonio en la adquisición de obras raras y valiosas en torno a la biografía de grandes artistas, a la historia del arte, a la metafísica, a la muerte y a los cuidados paliativos, a la brujería y a la magia, a la literatura, al arte erótico y, sobre todo, a las ciencias ocultas. De hecho, su casa estaba dividida en habitaciones que bajo ese rótulo daban cobijo a sus diferentes colecciones,



La "habitación de las ciencias ocultas", nos dice uno de sus biógrafos, "contenía el grueso de los volúmenes antiguos de la biblioteca y constituía una colección especialmente coherente. La habitación estaba dividida en tres secciones: la sección renacentista, de reminiscencias neoplatónicas, relacionadas con las ciencias ocultas y con su práctica, que incluía obras de Lull, Paracelso, Agrippa, Ficino, Bruno, Kircher, Boehme y Dee; obras que trataban de alquimia y con su práctica y simbolismo, muchas de las cuales eran manuscritos; y por último obras dedicadas a la cábala judía y al pensamiento místico, muchas de ellas manuscritos originales del inicio de la era moderna. Podían encontrarse también otras materias relacionadas: masonería, ocultismo en el siglo XX (incluyendo, claro, a Aleister Crowley) y antigüedades. En total, aproximadamente, 3000 libros".



Personaje radical y alejado de las tentaciones más mundanas, su biblioteca era el cimiento de su pensamiento: si sus cuadros intentaban penetrar en alma desamparada e indefensa de los seres humanos más sacudidos por la vida -obras casi siempre realistas que sin juzgar a sus modelos retrataban su extravío o su orfandad-, en sus libros buscaba las claves del enigma del alma humana, a veces, para mi gusto, por caminos excesivamente esotéricos y algo chocantes: en su gabinete de curiosidades, que acompañaba a su biblioteca, podía encontrarse, entre otras cosas, el esqueleto de Ursula Kemp, una mujer ajusticiada y condenada por brujería en Plymouth en el año 1582... Entre los libros que adornaban su colección estaba la Demonología del Rey Jaime I, una obra en la que el trastornado monarca relataba la supuesta posesión demoníaca de sus dos hijas, acompañando sus cavilaciones con 92 ilustraciones de los trances y éxtasis de sus herederas. Quizás tomara Lenkiewicz a estas dos jóvenes como ejemplos y prototipos del alma humana, asendereada siempre por maleficios y embelesos, y trasladara su imagen doliente a los modelos que constituyeron el grueso de su obra pictórica.



Cuando los libros inundaban las habitaciones de su casa y las estancias ya no podían dar cobijo a su expansiva colección de rarezas bibliográficas, adquirió una iglesia. Fiel a su fino e irónico sentido del humor británico, que acompaña incluso a los más oscuros de entre ellos, desacralizó el espacio y lo habilitó para que convivieran las iconografías cristianas y los conjuros mágicos de la hechicería medieval o la demonología moderna, en una conversación que imagino algo enconada y poco constructiva.

Como afirmara una vez su amigo Crowley, "al infierno con el cristianismo, construiré un nuevo cielo, una nueva tierra, quiero blasfemias, asesinatos, violaciones, todo lo malo..." que quepa en una biblioteca.

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miércoles, 21 de octubre de 2009

No creo que sea excesivo afirmar que en España apenas existe la formación editorial, lo que no deja de ser una paradoja para una industria que pasa por ser la primera en su ámbito, el cultural: existe formación reglada para los periodistas, para los cineastas y, por su puesto, para los amantes de las bellas artes, pero nada similar ocurre en el ámbito editorial. La cuestión es tanto más grave cuanto en tiempos de transformación y convulsión digital como el que vivimos, las competencias y conocimientos de los editores debería renovarse y alinearse con lo que las editoriales van a necesitar en los próximos lustros. Más que de formación editorial casi podría hablarse de deformación editorial.



En el último programa radiofónico de Libros al aire, un programa de Crisol de Culturas para Radio Círculo y Radio Bogotá dirigido por Jenny Alexandra Rodríguez, tratamos precisamente de un asunto que carece de explicación plausible y racional: ¿cómo es posible que un sector como el editorial carezca casi por completo de una formación reglada cuando su facturación justificaría una educación sistemática y continua de sus profesionales? No hace falta saber demasiado del tema para caer en la cuenta, además, de que esa formación, de existir, debería mantener las pericias y conocimientos tradicionales implicados todavía en el desarrollo de los productos editoriales añadiendo todas aquellas enseñanzas y preparaciones que la era digital trae consigo.



En nuestro país, al menos, las escalas teóricamente más básicas, las relacionadas con la formación de los profesionales de la preimpresión y la producción, están bastante bien cubiertas porque forman parte de los ciclos de formación profesional, y hay institutos y profesores muy comprometidos con esa docencia. También existen cursos de postgrado específicos que abarcan áreas muy especializadas, como pueden ser los máster vinculados al diseño y gestión de la producción gráfica o corrección y calidad lingüística, por poner solamente dos ejemplos de la proliferación de una oferta muy ceñida a objetivos específicos. Existen, finalmente, escuelas de formación de calidad muy diversa que con más ahinco que éxito luchan por ocupar un espacio dentro de la formación del sector editorial, en algunos casos mediante extrañas concesiones de los respectivos gremios, y me perdonarán si no doy nombres. Silvia Senz se queja desde hace mucho tiempo, reiteradamente, no tanto del arribismo y el amateurismo como de la desprofesionalización y menoscabo de los profesionales del sector, algo por demás agravado por la progresiva falta de interés de los gremios en la formación de sus empleados.



Hay tres reglas para escribir una buena novela. Desafortunadamente, nadie sabe cuáles son. Esa broma de editores británicos define bastante bien nuestra formación editorial actual: existen tres reglas para editar un buen libro. Desafortunadamente, nadie sabe cuáles son, podría replicarse sin demasiado margen de error. La ANECA, en España, no dispone por otra parte de ningún baremo que mida la calidad de los títulos de postgrado, de manera que el único ranking oficioso contrastado es el que publica anualmente el diario El Mundo con sus 250 Máster más destacados divididos por áreas de conocimiento. Entre los de letras y humanidades, en los primeros puestos, figuran, precisamente, dos Máster en Edición, seguramente -sin desdoro de los demás- los únicos dignos de tener en cuenta, por la consistencia de su planteamiento pedagógico, la calidad y profesionalidad de sus profesores y el índice de inserción laboral que procuran. Aún así, la presbicia de las empresas privadas hace peligrar el único reducto de la formación editorial seria en nuestro país.

Con algo de suerte -y lo dejo para mejor momento- quizás podamos ver en los próximos años una oferta formativa bien estructurada, que forme a los editores polivalentes del futuro, en instituciones y lugares expresamente construidos para eso.

10:24 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (4)

lunes, 19 de octubre de 2009

El cloud computing es el nirvana de los datos, el más allá a la vez presente e inalcanzable donde, de ahora en adelante -si hacemos caso de las compañías prestatarias de servicios digitales e, incluso, de las editoriales-, se acomodarán y guardarán nuestros datos y contenidos. Qué mejor -podríamos pensar- que en un mundo de movilidad creciente y desplazamientos continuos tener siempre a mano los documentos, direcciones o, incluso, la biblioteca que uno haya atesorado con el paso del tiempo, por muy intangible que sea, por muy inmaterial o impalpable que parezca. Se exige, eso sí, un fuerte acto de fé, de creencia en lo invisible, una verdadera religión de lo digital en la que los celebrantes somos los usuarios de esos nuevos servicios. A esta nueva práctica, en realidad, ya se habían sumado hace mucho tiempo los proveedores de bases de datos de libros y revistas y, ahora, las propias librerías y editoriales que ofrecen a sus compradores y a sus lectores estanterías virtuales donde guardar sus ejemplares, libros en las nubes, libros aéreos e impalpables. Eso sí: si por alguna razón esos libros se perdieran o desaparecieran o el vendedor decidiera, en legítimo ejercicio de lo que su contrato le capacita, retirarlo del soporte donde ha sido almacenado previa compra, habría que reclamar al maestro armero.



En un semanario alemán -leído estos días pasados en Frankfurt- se relataba el caso sucedido recientemente en Estados Unidos -además de la ya archifamosa sustracción de Amazon- en el que una compañía proveedora de servicios de almacenamiento áereo de los datos de sus abonados ofrecía la cantidad de 100 $ como compensación por su pérdida. No hace falta decir que la contabilidad estrictamente monetaria no siempre se corresponde con el valor real de las cosas. Además de esa evaporación celestial, la incorporación de los DRM a muchos de los productos editoriales que los usuarios adquieren convierten a los libros en la nube en verdaderas sombras de sus antepasados en papel, incorpóreos e inconsútiles: si éstos se caracterizaban, además de por encarnar físicamente el texto, por ser acumulables, prestables, reflejo de la memoria y la personalidad del lector que los acopió, aquéllos no son del lector, que solamente los disfrutará durante un tiempo limitado, sin posibilidad de prestárselos a sus allegados o de apilarlos en su biblioteca.



En la reciente reunión TOC en Frankfurt, Cory Doctorow defendió encendidamente el derecho de los usuarios a apropiarse de sus bibliotecas, de los contenidos que adquieren, sin cortapisas ni limitaciones que añadan a su probada volatilidad su encadenamiento tecnológico. Michael Tamblyn, de Shortcovers, empresa que practica decididamente el cloud booking, apostó, al menos, porque en el precio de los contenidos digitales se añada una cantidad determinada de unos céntimos que compense al editor por las posibles pérdidas que podrían derivarse de la circulación del contenido que libera. En todo caso, ante pérdida, daño o deterioro, como en el caso arriba mencionado, las reclamaciones al maestro armero.



Mientras esto ocurre, la siempre inquisitiva e inquieta Silvia Senz, me pone al corriente de la función reavivadora de los hospitales de libros: no se trata de un mero afán arqueológico de recuperación y preservación del patrimonio, que también, ni siquiera de un histérico deseo de bibliófilo despechado por la fealdad de los libros electrónicos, que tampoco falta, sino de una interrogación sólida y concluyente a la civilización del cloud computing y los maestros armeros.

Larga vida al papel y los guardianes de la memoria vegetal.

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jueves, 15 de octubre de 2009

En el último número del semanario Die Zeit, que traigo a colación ahora que muchos andamos por Frankfurt, se publica una estadística reveladora que aupa a España al segundo lugar del ranking mundial de productores de libros per capita, por encima del quinto o sexto puesto que las cifras de producción neta suelen arrojar. El inventario dice que solamente el Reino Unido nos aventaja en esa alocada carrera editorial hacia la nada, con 1830 títulos nuevos por cada millón de habitantes, seguido de lejos por Francia, con 1053 títulos por millón de habitantes y a una distancia considerable del supuesto coloso mundial, Estados Unidos, con "tan sólo" 956 títulos por millón de habitantes. Orgullosamente ensimismada y ciertamente precipitada, la industria editorial nacional alcanza la cifra de 1361 títulos por cada millón de habitantes, de manera que, además de ases del balompié, somos empedernidos y voraces lectores. ¿O no?



Si uno considera desapasionadamente la estadística, las preguntas y consideraciones que brotan naturalmente, al menos a mi, serían las siguientes: tal cantidad abrumadora de nuevos títulos, que supera incluso a la potente industria alemana, debería tener una estricta correspondencia con el número de compradores y lectores habituales, ¿o no? Si la cifra real de lectores y compradores asiduos no supera en nuestro país la cifra del 25%, por mucho que las estadísticas se hermoseen, tocamos a 183 por cabeza. Si esa consonancia no existe, y las estadísticas del Gremio, aunque maquilladas, no parecen desmentirme, será que las librerías tienen anchurosos espacios para su exposición y depósito y una capacidad de gestión y financiación que asegura su pervivencia a largo plazo, ¿o no? Si no fuera así, que según tengo entendido tampoco parece ser el caso, ¿a qué puede deberse esa obstinada sobreproducción? Podría ser, quizás, que para sobrevivir, las editoriales siguieran enredadas en un ciclo perverso de financiación que consiste en lanzar nuevos títulos antes de que les devuelvan los anteriores para que el activo circulante les permita sobrevivir precariamente a la manera en que los platillos chinos siguen girando en perpetuo desequilibrio, ¿o no?



Lo cierto parece ser, sin embargo, que las tiradas siguen predicióndose después de una consulta astrológica y que los invendidos superan con mucho a los pocos que se colocan y que, finalmente, acaban arrinconados en almacenes o malvendidos a latinoamérica a precios que sirven para amortizar la inversión industrial y, de paso, para mantener los precios inseguramente en España. Se tira por encima de lo necesario porque el negocio sigue estando basado en imprimir antes de vender, y en perseverar en el error de sumar solamente el coste de la producción, no el de la comercialización fallida, la distribución desorientada o el vergonzante almacenaje.



¿Podría ser, quizás, que no nos gusten los libros electrónicos, en contra de lo que los periodistas de El País nos recuerdan empecinadamente todos los años, y que apostemos por la explosión y expansión inmoderada del papel, en un último extertor vegetal? ¿Pudiera ser que no nos gustaran a los españoles, por aquello del espíritu arraigadamente anarquista, los formatos propietarios del Kindle y sus arteros DRMs? ¿Es posible que los españoles estuviéramos apostando, decididamente, por un soporte de código libre y abierto, estable, sin molestos y manilargos DRMs? Me gustaría que así fuera, de verdad, pero tampoco creo que sea el caso.



Y además: ¿de verdad alguien cree que las editoriales van a reducir sus planes de novedades? Es más: ¿resulta siquiera conveniente reducir la oferta editorial e intentar atenuar el entusiasmo de los pequeños editores combativos que se atreven a entrar en el mercado? No lo creo. Más bien se trataría de mantener la diversidad de la oferta, pero encarnada en un libro en papel o en un archivo electrónico solamente cuando fuera estrictamente necesario. Es decir, implantar una gestión digital de los contenidos en toda la cadena editorial, desde la recepción de los originales hasta su impresión y su distribución, de manera que de una industria basada en la sobreproducción supeditada a criterios industriales, pasáramos a un servicio capaz de dispensar a cada lector en cada momento aquello que demandara. ¿Imposible? En absoluto. Toda la tecnología está a nuestro alcance. Y se me antoja que el precio fijo y la armonización del IVA de los libros en papel y los libros electrónicos -asunto sobre el cual se viene tratando sin censuras en los mentideros electrónicos  los últimos días, de la mano, sobre todo, de Luis Suñén y de Manuel Rodríguez Rivero- es una parte importante de este nuevo engranaje: aquellos pequeños libreros que se arriesgaran a financiar las tecnologías necesarias para proporcionar servicios digitales a medida, necesitarían el resguardo y la protección del precio fijo, porque de otra manera las inversiones no estarían justificadas. Si bien es cierto que resulta cada vez más difícil mantenerlo, sólamente bajo el resguardo del precio único cabría pensar en una red de librerías independientes con el valor suficiente para asumir los costes de una reinvención digital. De otra manera es seguro que solamente quedarían tres o cuatro grandes espacios de venta.

Desde la atalaya de Frankfurt todo se ve más claro.

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martes, 13 de octubre de 2009

La conferencia de clausura que debería haber pronunciado Tim O´Really llevaba por título "Razones para estar excitado", pero un accidente en su villa italiana, subiendo o bajando unas escaleras (es el incoveniente de poseer palacetes de varias alturas a orillas del Lago Maiore), le ha impedido estar presente. En todo caso en el ambiente previo al inicio de la Feria se respira esa excitación denunciada por O´Really, aunque a veces no se sepa si procede de la más pura desorientación o del conocimiento profundo de la insostenibilidad de una industria con fundamentos predigitales.

Tools of Change Conference in Frankfurt


Desde una Frankfurt otoñal, a ratos bañada por el agua y a ratos caldeada por un sol tímido y esquivo, sólo tengo tiempo de transmitir un par de afirmaciones, definitivas, entresacadas de algunas de las intervenciones de los más conspicuos de los conferenciantes: la industria editorial nunca será la misma: de un modelo de negocio centrado en la producción sobreabundante de libros en papel, en su distribución masiva, en su consecuente retirada tras la devolución y en su almacenamiento inevitable, hemos llegado a una industria que sólo tendrá inventarios virtuales o microalmacenes, productos editoriales que se encarnarán, cuando se les pida, en el formato deseado por el lector.

thedigitalist.neta blog by the digital team at Pan Macmillan

De una industria que imprimía los libros antes de venderlos, hemos llegado a un nuevo modelo de negocio en el que los libros solamente asumirán una forma determinada cuando se hayan vendido, no antes. Será necesario buscar alianzas algo inusitadas con proveedores que puedan prestar ese servicio, el de una impresión realmente global y distribuida, que excluirá en buena medida a la producción tradicional para dar paso a las tiendas de reprografías y a puntos de descarga de contenidos hasta ahora desconocidos.

Booksquare

Del out of print, el agotado o el descatalogado, surgirá el libro inmortal, capaz de asumir muy diversos formatos y personalidades, print back in life.

Un buen número de razones para estar excitado.

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