La estimulación eléctrica transcutánea (ENET o TENS, su acrónimo en inglés) es una de las formas de aplicación de electroterapia más utilizadas en fisioterapia. Como otras técnicas, se viene usando de forma un tanto mecánica, con aprendizaje imitativo, sin una valoración crítica de sus verdaderos efectos sobre el dolor. Nos cuestionamos si son esos supuestos efectos reales, evaluados con estudios solventes, o los aceptamos por una transmisión acrítica de los mismos. Es más, ¿es factible un acercamiento científico al conocimiento de sus efectos? ¿Es posible acercarnos a la dosis "ideal"?
La cuestión de
la dosis en fisioterapia está presente en muchos de nuestros planes de
tratamiento. Nos planteamos si existen unos parámetros de aplicación de
diferentes técnicas o procedimientos considerados como óptimos, dejando abierta
la posibilidad de la personalización de la fisioterapia según el caso. Así,
pueden surgir preguntas como ¿cuánto tiempo aplico un masaje?, ¿cuánta presión
ejerzo en una técnica neuromuscular?, ¿qué grado de tensión tengo que esperar
en la elongación del nervio en neurodinamia?, ¿cuántas sesiones serán
necesarias?, ¿con qué periodicidad? Dilucidar estas interrogantes se nos antoja
complicado en el caso de la terapia manual, la esencia de la fisioterapia. Es
difícil transmitir esos conceptos, y muy difícil la reproducibilidad de la
técnica.
En el caso de
la electroterapia parecería más sencillo. Se manejan parámetros objetivos,
cuantificables, reproducibles de una sesión a otra y de un paciente a otro. La
variabilidad interterapeuta desaparece en cuanto a la aplicación de la técnica
en sí.

Sin embargo,
basta definir los parámetros de aplicación para darnos cuenta de la
complicación del proceso de aplicación. Podemos distinguir diferentes variables
independientes que pueden
influir en el evento resultado, en este caso la influencia sobre la disminución
de dolor de la corriente que hacemos pasar por el cuerpo del paciente.
Encontramos variables de corriente,
como forma de pulso, frecuencia, amplitud de impulso e intensidad; variables de interfase entre
electrodos y paciente, como tamaño de los electrodos y lugar de aplicación de
los mismos (sitio de dolor, metámera, dermatoma, punto de acupuntura); variables de paciente, como la
admitancia de la piel al paso de la corriente, la profundidad del área
diana de aplicación, las características del dolor (se excluyen las
variables de índole psicológica como
las experiencias previas o la tolerancia a la corriente, el efecto
placebo, el efecto cuidados, etc.,que también forman parte del efecto).
Todas esas
variables, al menos, deberían tenerse en cuenta para determinar cuál sería la
mejor forma de aplicación de TENS para un paciente concreto (o grupo de
pacientes de características similares). El análisis del estudio que lo
determine debe ser multivariante. Dada la condición de variables continuas de
las variables de corriente, este trabajo puede ser muy dificultoso. Me puedo
preguntar, por ejemplo, que con una corriente bifásica rectangular
compensada con 80 hz., ¿qué amplitud será la óptima para un dolor neuropático
en el trayecto ciático en un paciente obeso?; ¿cuánto tiempo de
aplicación?; ¿cómo coloco los electrodos?; ¿qué tamaño tendrán estos?; ¿cuántas
sesiones?; ¿y con una corriente de 4 hz.?; ¿ o de 120?; ¿y si voy alterando
cada una de esas variables? Las combinaciones son numerosísimas por lo que se
hace imprescindible un esfuerzo de simplificación. Se corre el riesgo de que
tal simplificación derive en una falta de eficacia de los parámetros
estudiados. Es esta, quizás, la razón de que en la práctica cotidiana no se
alcancen los resultados "teóricos" de la TENS y de que muchos estudios
cuestionen su eficacia.
La actitud
debería ser, en nuestra opinión, intentar evaluar los efectos desde una
perspectiva científica, teniendo presente la dificultad que esto conlleva. Tal
vez sea imposible encontrar una dosis óptima, como tampoco lo son en caso de la
farmacología o, en nuestro campo, en el caso de la terapia manual. Pero
sí se hace preciso, dentro de un paradigma científico, acercarnos a una solución de consenso. Y evitar, en todo
caso, mirar para otro lado, continuar con aplicaciones que no dan los
frutos deseados y que fomentan la variabilidad en los tratamientos.
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