Con mucho acierto, Platón encontró
hace unos 2.500 años una condición imprescindible para el buen gobernante que
no aparecía en la lista tradicional de las virtudes. La incomodidad… Sólo quien
ordena con cierto desagrado y toma decisiones con el único interés de resolver
el asunto será capaz de encontrar soluciones acertadas y ecuánimes, pero ¿qué
pasa si el jefe le empieza a coger el gustillo a la voz de mando? ¿Y si además
el periódico de mayor tirada nacional se diera cuenta?
La semana
pasada Antonio Figueras recuperaba en su weblog
un artículo
de Javier López Facal para El País en el que éste recordaba las primeras promesas
electorales de Rodríguez Zapatero acerca del aumento de la inversión en I+D,
que posteriormente, y es justo decirlo, fueron cumplidas puntualmente. En
vísperas del debate sobre los presupuestos generales para 2010, Facal augura
cuán probable es que el ahora experimentado Presidente del Gobierno se sienta
obligado a traicionar sus promesas y sus convicciones íntimas, y deje el
apartado del presupuesto en I+D en porcentajes menores.
Hoy, lunes
de la semana siguiente, ese mismo diario decora su primera página con un
artículo acerca de la improvisada gestión de la crisis cuya segunda entradilla
reza:
“El presidente consultaba algo antes; ahora,
prácticamente nada”
Por
supuesto, las comillas de cita son originales. Alguien dentro del partido en el
gobierno parece haberse dado cuenta de que el Presidente le ha cogido el
gustillo a lo de tomar decisiones y echarse el gobierno a la espalda, aunque
quizás no se haya percatado de que, al mismo tiempo, Rodríguez Zapatero está
dando la razón a aquel barbudo ateniense tan sabio.
Cuando
sólo uno decide, retractarse es un proceso que demasiado a menudo se emprende a
la ligera, pues se incurre en una disonancia cognitiva
débil entre las creencias más firmes del yo pasado y el yo presente. Y digo que
es débil porque resulta fácilmente armonizable mediante mecanismos
autopersuasivos del tipo: “ahora sé más cosas que antes”, “ese sería el camino
perfecto, pero la realidad es más compleja y me impone otras prioridades”, etc.
En resumidas cuentas, está claro que quien dialoga únicamente consigo mismo no puede
tener mucha razón ni mucha cabeza.
Por eso
sería fundamental atender a una de las recomendaciones del II Foro de la
Ciencia de la
Fundación Lilly sobre el papel de los medios de comunicación
en la difusión de la ciencia, según recordaba recientemente el director de la
Fundación, José Antonio Gutiérrez, en una entrevista
para el Sistema madri+d:
“Proponer a
la administración pública la creación de un organismo estatal encargado de la
gestión y financiación de las actividades de I+D, con suficiente grado de
independencia como para garantizar una adecuada orientación y una correcta
utilización de los recursos, fundamentada científica y socialmente, y que
proporcione un marco estable para la ciencia (Este organismo debería estar
íntimamente relacionado con la/s estructura/s representativa/s de los
científicos)”
Con un
organismo fuerte que se dedique a la orientación de la investigación
científica, el presidente tendría un interlocutor difícil y reivindicativo con
el que medirse. Retractarse tendría un peso mayor, y no tendríamos que temer
los procelosos mares que anticipa Luis Sanz, director del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del
CSIC (pincha aquí
para leer el artículo completo donde aparece la cita):
“Si el presidente del Gobierno respalda
estos presupuestos sería como tirar piedras contra su propio tejado, liquidaría
las bases del cambio de modelo productivo y del relanzamiento de la
competitividad, desandando el camino ya recorrido en el fortalecimiento de la
I+D. Seguramente hay que contener el crecimiento del gasto, pero creíamos que
este Gobierno ya sabía que la I+D es una inversión (y no un gasto) actual para
el futuro que, además, crea empleo"
Me parece
que Sanz es clarísimo, y carga las tintas en su justa medida. Recortar el
presupuesto en I+D no es un ahorro, sino un derroche insalvable. Ahora, que más
que desandar un camino que se pudiera re-correr el día siguiente a la misma
hora, yo diría que el recorte implica quemar las naves –con toda la gravedad y
desesperación bélica de la expresión–. El tiempo no ofrece partidos de vuelta
ni revanchas.
Suspender
líneas de investigación; suspender el proceso de aprobación de la Ley de la
Ciencia; abandonar a su suerte la
investigación aplicada al impedir una regulación proactiva de la relación entre
OPIs y empresas; dejar en suspenso las vidas y las carreras de tantos y tantos
investigadores que aún no han conseguido consolidar su posición y que se verán
consiguientemente obligados a buscarse las probetas en otro lado. Esa decisión
merece un suspenso rotundo a la cabeza que la emane.
Por Jaime Capitel