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Jueves Lardero, Carnaval y el Entierro de la Sardina. ¿Carne o pescado?

Enviado el sábado, 07 de marzo de 2009 16:23

Por Ana Nieva.
Prof. IES Vallecas II

El Entierro de la Sardina se celebra el miércoles de Ceniza y marca el final del Carnaval y el inicio de la Cuaresma. Es una fiesta pagana que guarda relación, como el Jueves Lardero, con la propia celebración del Carnaval.

            El Carnaval es la fiesta de despedida de la carne, según indican las dos etimologías con las que se relaciona (la latina carnem levare: “dejar la carne”, y la italiana carnevale: “la carne, está bien”, literalmente). De ahí que se procurase gozar de ella todo lo posible en esos días; no sólo porque iban a seguir cuarenta días en los que la religión les iba a prohibir catar la carne, sino también para desquitarse de los largos ayunos “cárnicos” que la pobreza les imponía durante todo el año. Los términos carnestolendas (carnes que han de ser quitadas) y carnestoltas (carnes que han sido quitadas) nos hablan bien a las claras de cómo ha sido entendido el Carnaval por nuestra cultura. Comienza el Carnaval un jueves llamado Jueves Lardero o Jovelardero, etimológicamente relacionado con lardum o lardium, palabra con la que los romanos denominaban el tocino y la manteca de cerdo, y es que era de lo que se trataba durante una semana, de que, el que pudiera, se hartara de carne, a fin de no echarla en falta durante la inminente Cuaresma.  Y así reza el dicho: “Jueves Lardero, longaniza en el puchero”o bien “el chorizo, en el caldero” según las regiones.

            Pero ¿por qué, entonces, se entierra una sardina el miércoles que termina el Carnaval? Hay dos versiones.



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La primera nos explica que la costumbre de enterrar la sardina nació hace tres siglos en Madrid durantes las fiestas que se celebraban para anteceder a la Cuaresma. Ese miércoles se reunía la gente en el campo y lo que se enterraba, en efecto y como reclama la lógica, no era un pez (permitido en la  vigilia de Cuaresma), sino un cerdo abierto en canal (o un costillar) al que se llamaba "cerdina"  La tradición se fue extendiendo por otros pueblos y ciudades del país que adoptaron la costumbre de oído, y confundieron los términos de modo que la “cerdina” acabó en “sardina”, y así, por la vía de la confusión lingüística (lo que los doctos de la filología llaman “etimología popular”), la sardina se ha convertido sin lugar a dudas en la protagonista multitudinaria del final de las fiestas de carnaval. Otros dicen que el costillar pudo recibir también el nombre de “sardina”, en alusión a su forma.

La otra versión de esta historia cuenta que el rey Carlos III (1759-1788) quiso celebrar el final del Carnaval con el pueblo llano y ordenó traer sardinas para tal celebración. Fue un día muy caluroso, atípico para la época del año en la que se encontraban. Debido al calor, las sardinas se descompusieron y para alejar el olor que éstas desprendían la comitiva decidió enterrar el pescado en la Casa de Campo, en las proximidades de la Fuente de la Teja. Ramón de Mesonero Romanos, en sus "Escenas matritenses”, se refiere al Carnaval de 1.839, y nos dice que la comitiva descendía desde el Madrid castizo hasta el río Manzanares que se cruzaba por el Puente de Toledo. Esta versión parece la más lógica, pues ¿quién se iba a deshacer así como así, con los tiempos que corrían, de un cerdo, aunque sólo fuera uno?

 

            Fuera como fuera en su origen, lo que es seguro es que este entierro, fuera de una sardina o de una cerdina, vino a sustituir, a principios del XIX, a los seculares “Entierros del Carnaval”, personificado éste en forma de peleles, espantajos o monigotes más o menos truculentos. Costumbre muy extendida por los países

europeos en esos tiempos era la de someter a la efigie del Carnaval a una serie de mascaradas y representaciones que simulaban el juicio, muerte y entierro del Carnaval. Por lo común, el pelele, tras ser sometido a un simulacro de farsas judiciales y religiosas, era condenado a muerte y entregado a su suerte a manos del populacho. Después de ser quemado, apaleado, tiroteado, ahorcado o despedazado, una comitiva burlesca procedía al entierro de sus restos en un canal o río cercanos, un descampado próximo o, como en algunas ocasiones, en los basureros de las afueras. Parece que esto es lo que pudo representar el propio Goya en su Entierro de la Sardina, pintado entre 1812 y 1819.

 

En definitiva, el Entierro de la Sardina es una parodia desenfadada de un entierro de rito católico en el que se quiere representar el fin de los desenfrenos carnavalescos y el comienzo de un período de penitencia y de abstinencia cuaresmal. Esta celebración se ha difundido por toda España, e incluso algunos países de América han heredado esta costumbre. También se celebra todos los años con entusiasmo general y gran afluencia de público en el I.E.S. Vallecas I, desde donde parten en “tristísima procesión” compungidos alumnos, plañideras profesoras y animal muerto (en este caso, sardina, como mandan los cánones populares). No en vano, comienza para todos ellos un período de penitencia, que no llega en ningún caso a cuarenta días, y que recibe el nombre genérico de “2ª evaluación”. En algunos lugares, como en Murcia, se celebra el sábado siguiente al Domingo de Resurrección, coincidiendo con la representación de La batalla entre Don Carnal y Doña Cuaresma, alegoría que se puede disfrutar en el Libro de Buen Amor. Este enfrentamiento estaba, sin duda, en la base de una especie de teatro que se representaba en algunos lugares, ya en el siglo XIV, durante el Carnaval, que ponía en escena la lucha entre carniceros y pescaderos. Siempre ganaban los últimos, pero el Sábado Santo la lucha-representación se reanudaba y eran, entonces, los carniceros los triunfadores.

 

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Nota: todo esto es producto de un rato en que, postrada en el sillón, cual Robokop, y a la hora de cenar se me presentó la dualidad ¿carne o pescado? y entonces me acordé de la sardina, y de vosotros/as, miembros/as, y de mis Jueves Larderos en Cuenca, que ya quisiera yo que fueran más.                                                                                                                

    Ana Nieva


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