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domingo, 13 de julio de 2008

El iPhone: otro ingrediente para la ensalada de la crisis


La prensa del sábado 12 de julio de 2008 daba noticia de que dos colombianos habían sido los primeros en adquirir el iPhone de 3G de Apple después de 17 hotas de espera. Sencillamente ¡Extraordinario!  Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad... decía la zarzuela.

Mientras el programa Informe Semanal, en un magnífico documental de Vicente Romero, nos ofrecía la situación en que se encuentra el pueblo etíope, el G-8 cerraba sus sesiones con una pantagruélica comida y un espectáculo japonés (sin ballenas porque ya las han matado casi todas).

 

Y mientras una interminable cola de tipos esperaba para adquirir el aparatito, cientos o miles de personas se tragaban la rabia porque el servidor de su correspondiente compañía insertaba esta nota: "El servidor no responde".

Podemos eternizarnos esperando respuesta a determinadas cuestiones porque la página oficial de una institución no carga, podemos desesperarnos porque las compañías telefónicas responden mediante contestadores automáticos que no ayudan a solucionar el problema... Ejemplos y experiencias de esta índole tenemos todos, por no comentar esa maravillosa posiblidad de solicitar o resolver problemas mediante sistema automazido vía Internet que no tiene valor si no se acompña de los mismos documentos impresos, firmados y entregados en la oficina correspondiente por triplicado (incluida la matrícula de la Universidad): "Su solicitud se ha cursado correctamente, pero no olvide entregar tres copias firmadas en la ventanilla xxxx".

¡Enhorabuena a quienes después de 17 horas de espera consiguieron el iPhone! No hace falta explicar lo que significa, el iPhone viene a colaborar en la cacareada igualdad desde el acceso a las tecnologías para todos.  Medio mundo conectado y el otro medio desconectado. Leo en el diario ABC: "Telefónica no fue la única que hizo negocio, porque los restaurantes y hoteles próximos a la antigua sede social de la operadora, como el Trypp o el Senator, no dieron abasto para saciar el hambre acumulada y alojar a los inquietos huéspedes. La escena se repitió en las más de 1.500 tiendas de la compañía preparadas al efecto, muchas de las cuales cerraron ayer sin existencias".

¿Hasta dónde puede llegar nuestra estupidez?

6:51 | gestionado por Juan Carlos Marcos Recio/Juan Miguel Sánchez Vigil | Enviar comentario (1)

¿Hacia dónde?

Texto y Foto: Juan Miguel Sánchez Vigil

 


Fotografía en blanco y negro surgida de los píxeles de un ordenador en forma de cámara. Podría haber nacido también por efecto de la química. Pura ciencia. Un camino de vías científico y experimental que sugiere culturas. Ciencia y cultura unidos, o quizá nunca separados. 

Seguí las vías del tren y no encontré el final del camino. Las vías del tren siempre me llevan a los crematorios donde fueron asesinados millones de judíos, a paisajes perdidos en la montaña, o a ninguna parte como en el viaje que Fernando Fernández Gómez dedicara a los cómicos.  

Al final del camino se encuentra el túnel, el conocimiento ordenado y experimentado de las cosas.

Por eso la ciencia no se define en un solo sentido. Los sabios de la Academia de la Lengua lo explican: “Conjunto de conocimientos relativo a una materia determinada”. La ciencia es también sinónimo de cultura. Las Facultades de la Complutense donde se estudia la fotografía se denominan así: Ciencias de la Información o Ciencias de la Documentación; también de Bellas Artes.

Nada que añadir, sólo que al final del camino la realidad es muy distinta. Si esta fotografía no fuera vista, si quedara muerta, si no despertara sentimientos o reacciones, no importaría donde o como se difundiera.   

La visión es otra: la imagen es cultura y como cultura ciencia, no en el sentido limitado del conjunto de conocimientos relativos a matemáticas, física o química, sino en el sentido de que la imagen forma parte del mundo, surgió como ciencia y se encuentra inmersa en todas las ciencias de las ciencias.

4:38 | gestionado por Juan Carlos Marcos Recio/Juan Miguel Sánchez Vigil | Enviar comentario (0)