Dos amores
Texto e imágenes: Patricia Hernández Medrán


Dos personas, dos enamorados, y la Plaza de España de Sevilla como telón de fondo. Éste podría ser el resumen de una fotografía, que en realidad es una postal, y que carga a sus espaldas con sesenta y cinco años de vida.
Fue tomada en la ciudad de Sevilla en el año 1943, como así lo indica la imborrable huella de tinta, de una pluma prestada, que hizo posible que en el verso de la estampa quedara, como grabada a fuego, una sincera declaración. El término enamorados no es aleatorio y es fácil de adivinar si atendemos al detalle cursilón, pero en el fondo tierno, de unos corazones que tímidamente se acarician y que simulan ser el marco de los retratos.
Él, Juan Medrán Misa, veintitrés años, vestido con el uniforme reglamentario, rostro duro curtido por tres de guerra y obligado a cumplir otros tantos de servicio militar en la capital hispalense, como si con la primera experiencia no hubiese tenido suficiente formación castrense, decide emplear los días, y haciendo acopio de los exiguos descansos que le conceden en el cuartel, recorre en largos paseos sus principales vías. En una de estas incursiones, toma de su cartera la fotografía de la amada, aquélla que ella misma le entregó el día de su partida hace ya más de dos años, y decide aprovechar la presencia de un fotógrafo ambulante, de aquellos que llamaban minuteros, para que con presteza y arte de magia perpetuara sus sentimientos en un trozo de papel. A su regreso a Dos Torres, el pueblo cordobés de donde son originales y donde ella le espera, le hará entrega de la instantánea, pero esta vez, cargada de poesía.
Ella, Manuela Gómez Medrán, una joven de mirada tierna y poco más de diecisiete años, refleja, en su mal disimulada expresión, la dureza de unos tiempos crueles, de escasez y juventud robada que intenta adornar con peinado cuidado, maquillaje ocasional, humildes alhajas y un vestido hecho con sus propias manos. Un retrato, que con el paso de los años, se ha transformado en el tenue espejo de una época y de muchas vidas.
Pero esta fotografía, este fotomontaje, esconde un secreto. El secreto que un desgastado y destartalado esparadrapo puesto con sumo cuidado al verso intenta acallar, y que a la vista se muestra a aquellos que, sin necesidad de ser adivinos, reconocen una ruptura, una discusión tonta de enamorados que tuvo que ser subsanada tras la reconciliación con los escasos recursos que disponían.