Como cada día, se deslizó suavemente hacia el
lugar donde los dos amantes habían compartido palabras, gestos y besos, pero la
alcoba seguía tan fría como desde el momento en que el amante exhaló el último
suspiro, el último canto de amor hacia la amada, el último adiós a quien había
sido todo en su vida.
Por Francisca Castillo Martín
Ella no quiso cerrar la puerta tras sus pasos; esperaba,
celosa hasta del viento, que el alma de su amado quedara prendida en el cuarto
donde habían sido tan felices, pero la evidencia de que el tiempo pasaba y no
quedaba ni un fuego fatuo, ni si quiera una tibia llamarada de lo que había
sido su amor desvanecía todas sus esperanzas de encontrar el espíritu del amado
entre las sombras de las cobijas y de las mantas que habían contenido su
aliento postrero. Allí no quedaban sino cenizas y polvo de estrellas, y un
recuerdo que poco a poco, a medida que transcurrieran los meses y los años
inmisericordes, se iría deshaciendo como el hielo del norte en los barcos
transoceánicos.
La amada, aunque incapaz de olvidar el dolor
provocado por la ausencia de su amado, se dio cuenta por primera vez en semanas de que su Fez era
la ciudad más hermosa del mundo: sus altas torres y sus minaretes, sus plácidas
plazas y sus calles atiborradas de gentes de todas las nacionalidades y
condiciones entraban diariamente en el balcón de la muchacha, que se retorcía
los dedos para contener las ganas de unirse a la fiesta: era una viuda joven,
entrada apenas en la treintena, de rostro diminuto y ojos de almendra,
cabellera oscura como el silencio y labios turbadores que, cuando sonreían,
mostraban una hilera de encantadores dientecillos que resplandecían al sol como
astros diminutos. Desde la balconada contemplaba a los peregrinos hacer sus
abluciones antes de entrar en la mezquita, y se descalzaba y ronroneaba y
saltaba impulsándose como un gato sabio al compás de aquellos desconocidos que
la miraban atónitos, y se preguntaban de qué cielo había salido aquella diosa
que arrastraba sus pecadores corazones directamente hasta el infierno.
Salió de la casa envuelta en su sari tornasol, la
faz oculta tras el grueso velo y, por última vez en su vida, encaminó sus pasos
hacia el puerto. Llevaba en las manos un ramo de rosas rojas, y con pequeños
pasos cubrió su ruta sin emitir un suspiro ni un reproche hacia el hombre que
la había amado tanto. Allí quedó anclada en la dársena unos instantes, y sin
esperar a que subieran todos los pasajeros del barco que guardaban cola desde
hacía rato se abrió paso entre la gente sin tener que recurrir al plebeyo acto
de los empujones y de los codazos, privilegio de la clase alta cuyas maneras y
refinamiento eran reconocidas enseguida por los seres corrientes, que se
inclinaron inmediatamente al reconocer la dignidad de tan alta señora. Una vez
cómodamente instalada en la proa del velero, deslizó su delicada carga floral
por el casco, y el chasquido de los pétalos de rosa contra la espuma de las
olas provocó en la bella un leve mareo, un feliz estremecimiento, al sentir que
la presencia del amado la protegía en el único lugar que el hombre que la había
desposado había reconocido que había sido dichoso: el mar. Mientras las olas se
tragaban los últimos restos de las rosas, y una lágrima provocaba en ella el
último remordimiento de quien ya no ama con la intensidad del pasado, un último
recuerdo llegó a su mente, consolándola y confortándola por cuatro meses de
soledad y de espera.
El amado había llegado del mar desde la lejana
tierra de los antepasados de la joven, los califas de Córdoba. Era enjuto y
cetrino, de cuerpo fibroso, de movimientos precisos, refinados y
aristocráticos. El cabello oscuro se rizaba en una madeja imposible de peinar,
pero ella decidió domesticar la fiera de su pelo desde el primer día
acariciando los bucles azules con sus largos dedos mientras el marinero le
contaba viejas leyendas de príncipes Omeyas y de fuentes milagrosas de los
patios de la Alhambra. Una de aquellas noches de pasión y furtivos besos, el
marinero de allende el horizonte le contó que era Abu Abdalah, a quien todos
llamaban Boabdil, “el chico”, el último descendiente de la dinastía de los
nazaríes de Granada, y que venía huyendo de sus obligaciones palaciegas y de un
absurdo matrimonio con una joven cuyo único encanto residía en que sabía tocar
la cítara y cantar jarchas en las zambras interminables de las noches del
verano de la lejana Al-Andalus. Intercambióse la identidad con su hermano gemelo, Abdel-Asís, y caminó
solo y encorvado como un viejo, arropado por una pesada manta de arriero,
vacías las alforjas y lleno el espíritu del candor y de la esperanza que sólo
poseen los que no tienen nada más que su cuerpo en propiedad y por techo el firmamento,
y se enroló en un mercante que cubría la ruta hacia el norte de África,
henchido de sueños, al abrigo por fin de sus propios medios y de sus propias
fantasías para caminar por el mundo como un hijo del destino y no como el
heredero de un hombre perezoso y rico cuya dinastía estaba quebrándose en
pedazos. Contaba el amado que le preguntaron su nombre y su patria al montar en
el barco, y él contestó, con una breve sonrisa, que se llamaba Yusuf y que
venía de Damasco. Desde el momento en que la mentira quedó impresa en el papiro
del embarco, Abu se sintió un hombre libre y nuevo, y ni siquiera derramó una
lágrima al contemplar las luces del puerto dispuestas en hilera como un pelotón
de luciérnagas dispuestas a cegarle la vista y con ello el último recuerdo de
esa tierra oscura que se tragaba el mar con rítmicos lengüetazos.
El agua todo lo devora, hasta el amor que un día
parecía eterno. La joven amada, revuelto el sari por el viento, ajado el rostro
por un llanto inoportuno, contempló cómo el agua verde deglutía, inmisericorde,
las últimas y más bellas rosas del ramo que con sus propias manos había
preparado, igual que hiciera con el cuerpo de su amado cuando éste devolvió a
la tierra los últimos ecos de su triste vida. Con el gesto contrito, pero con
más firmeza que nunca, se dijo a sí misma que su marinero había definitivamente
alcanzado la paz que no había logrado en vida, y rezó la última plegaria de
amor en honor de quien había sido su más leal compañero. Cuando la proa del
barco alcanzó la otra orilla, ella descendió lentamente la pasarela, sin ayuda
del capitán, y en cuanto sus delicados pies tocaron tierra regresó a su
palacete envuelto en bruma, último refugio de amor de dos corazones solitarios.
El recuerdo del amante volvió, como un fantasma
alado, a languidecer tímida y dulcemente en los sueños de la hermosa, para
contarle lo que un día en la balconada se atrevió por primera y última vez en
su vida el amado a confesar a ser humano alguno: allá lejos, en el rojizo y
pálido palacio andalusí, había conocido los deleites y los pesares del
amor. Se llamaba Soraya, y era gitana,
tan bella como el rocío y de piel tan pálida como las llanuras de la llorada
Castilla. Vendía pan recién hecho en la puerta del alcázar, y el príncipe Abu Abdalah se prendó de ella una
mañana en que salía a hacer sus ejercicios a caballo junto al maestro de
equitación. El joven, turbado y enojado consigo mismo por su timidez, se acercó
al puestecillo de frescas viandas y la joven, tras hacerle la reverencia de
rigor, le ofreció un pastel de carne hecho con sus primorosas manos. El pupilo
sólo tuvo tiempo para decirle: “Esta noche, en el pasadizo. A la salida de la
luna. Te espero”. No pudo concentrarse en todo el día en sus pesados
ejercicios, y respondía a los lances de su maestro con suma pericia pero con
desdén y angustiosa intranquilidad a medida que se acercaba el precioso momento
de soledad con la gitana.
Su primera noche de amor, amor puro, hecho de bocas y de cálidos alientos perdidos
y encontrados, de cuerpos enlazados en la sombra y de dulces promesas nunca
cumplidas pero jamás olvidadas. Tras la tibieza de los abrazos y los goces
deleitosamente compartidos, Soraya la gitana cogió una de las manos del joven
príncipe y le anunció, triste y lacónicamente, que encontraría el verdadero
amor allende los mares, que sería terriblemente feliz e inmensamente
desgraciado en su vida, y que no viviría más
allá de los treinta. Vaticinio que se cumplió, como todas las verdades
reveladas por quien ama a aquel cuyo corazón pertenece a otra persona.
De regreso al palacio, la joven amada se dejó
mecer por la brisa de la mañana, y notó cómo el bulto hinchado de su vientre se
agitaba con pequeños movimientos rítmicos. Era el fruto de la pasión de dos
desconocidos que durante tantas lunas habían sido uno solo. Era el último
descendiente de la dinastía nazarita, que reclamaba para sí la vida que le
faltaba a su padre.
La guerra con los cristianos del norte no cesaba,
y aquellos ejercicios a caballo fueron el preludio a una batalla crucial para
el destino de las tierras altas de los musulmanes. El joven caudillo formaba
escuadra junto con sus hermanos mayores y su tío Yusuf. El rey, incapacitado
por la gota y los ataques de erotismo senil, quedó en el palacio copulando
ruidosamente con las mujeres del harén, quienes, aunque en el fondo le
despreciaban, no tenían más remedio que someterse a los abyectos deseos de su
esposo, un hombre fondón cuya autoridad se desvanecía a medida que los vapores
del alcohol iban haciendo mella en su antes envidiable anatomía. Su hermano
Yusuf, que aspiraba al trono, se hizo cargo del funcionamiento del palacio
mientras el rey se dedicaba a sus profanos deleites. Abu Abdalah, hijo mayor
del rey, adoraba a su tío y odiaba su padre a partes iguales, y cuando la guerra
se hizo inminente corrió al lado del gran Yusuf y con sus hombres apoyó
logísticamente a su tío, cortando la retirada a los cristianos, que se
replegaron hacia la Meseta tras un brutal encuentro a orillas del Wadi
Al-Quivir, el río cuyas aguas ensangrentadas se convirtieron en temible
frontera entre unos y otros.
Soraya había acompañado a Abu Abdalah y a su tropa
como soldadera, pues conocía muchas canciones y era divertida y alegraba sus
corazones. Nunca permitió que la tocase otro que no fuera el joven príncipe Abu
Abdalah, y se ganaba la vida contando historias de amores y desencuentros y
leyendo las líneas de la mano a los incrédulos soldados que, más por lástima
que por otra cosa, pagaban a la gitana con algún que otro maravedí procedente
de la bolsa de algún cristiano caído en el campo de batalla.
La tierra
de África tiene poder curativo, o eso es lo que dicen quienes a ella caminan en
sueños. El alma que se dirige hacia el alma amada tiene la mitad del trayecto
recorrido, y el joven Abu sentía que en la patria de sus primeros ancestros le
esperaba el amor prometido por Soraya entre lágrimas de celos, celos que se
volvieron de hielo e hiel cuando Abu le contó que estaba prometido con su prima
Moraima, venida de Túnez para conocer a su familia nazarita y que se casaría
con ella cuando cambiara la luna. La joven gitana suplicó, lloró, gritó, pero
de nada sirvieron sus airadas protestas: Abu, como su tío Yusuf, era un hombre
de ley, y por tanto, la palabra que había dado estaba por encima del amor que sentía
por la panadera, por encima de la carne y de la sangre, y por encima incluso de sí mismo. Pero cuando Abu vio el rostro de Moraima, en
la intimidad de una zambra vespertina, comprendió que no era ella la dueña de
su corazón. A pesar de los esfuerzos de la muchacha por llamar su atención a
golpes de canto y cítara, Abu se retiró a sus habitaciones, desde las que podía
contemplar los últimos resplandores de las cenizas de la guerra, y lloró
amargamente sobre el pecho de Soraya. La gitana tomó el rostro de Abu en sus
manos, y le dijo serenamente: “No es ella, ciertamente. Has de caminar tú hacia
la amada, y dejarme aquí con mi amargura y mis reproches. Vete al puerto a
través del pasadizo, y huye. Sus brazos te esperan al otro lado del océano”.
Abu tomó consigo su cimitarra y el libro de versos
que le regalara su tío Yusuf, y desapareció tras el pasadizo con los labios aún
conservando el calor del último beso de Soraya. Vestido como un campesino pasó
inadvertido ante la guardia real, y se fundió
con la vociferante multitud noctámbula del puerto de Granada.
Cuando llegó a Fez, Abu no se sentía ni más triste
ni más feliz que al principio de su viaje. Sólo quería llegar hacia ella,
encontrar a aquella que le había hecho huir de su lugar en la Historia, de su
puesto en la dinastía nazarita, de su responsabilidad como guerrero y como
hombre, y morir entre sus brazos, como así estaba escrito en las estrellas
desde el principio de los tiempos, antes de los hombres y del destino que los separa y los junta. Y, de
repente, junto a la dársena en la que chocaba el agua plomiza que le había
traído hasta lejanas tierras, la vio. Envuelta en un sari blanco, la cabellera
abultada bajo el tupido velo, los ojos echando chispas incandescentes, era una
aparición espectral que le partió el corazón en pedazos…Era ella, la deseada,
la ansiada, la soñada, del esposo esposa, del amante amada, la señora de sus
pensamientos. La mujer miraba al mar como si esperara la llegada de alguien muy
querido, con melancolía teñida de nostalgia. Pero cuando sus ojos se
encontraron con los del príncipe, la sangre batió sus venas y saltó hacia su
corazón como un caballo desbocado, y un tenue desvanecimiento la hizo caer al
suelo. Abu la tomó en sus brazos y la llevó bajo la sombra de una palmera.
Apenas tuvo tiempo de darle de beber agua de coco y miel, porque en los ojos de
la hermosa pudo leer las palabras mágicas que la gitana había pronosticado:
“Soy tuya”.
El camino hacia el palacete se hizo eterno. Abu
sólo quería estar con ella, contemplarla, hacerla feliz el tiempo que dura un
beso, conocer su historia. Ella le dijo que era una princesa abasí, y que había
pasado toda su infancia en Egipto, al cuidado de sus tíos. Sus padres, los
sultanes de Fez, habían muerto, y cuando la joven cumplió los quince regresó a
la ciudad a estudiar en la Madrasa para convertirse en digna sucesora de sus
progenitores y poder desposarse algún día con algún noble caballero. Era rica,
independiente y bella, no se debía a nadie y sólo daba cuentas a Alá y a su
conciencia, así que uno a uno fue despreciando a todos los potentados que
pretendían hacerla señora de su harén. Ella esperaba a su propio príncipe, al
que reconocería por llevar en sus ojos la marca del amor verdadero, y no le
importaba que su amado apareciese con la forma externa de un pobre diablo. “Soy
mendigo de tu amor”, le dijo Abu Abdalah a la joven mientras la desnudaba
lentamente y le besaba los hombros. Así comenzó el rosario de sus noches, que
empezaban con dos cuerpos desnudos y turgentes abrazados al unísono y
terminaban con la aurora repleta de historias con las que ambos fueron
conociéndose mutuamente y reconociéndose uno en otro como dos ríos paralelos
que finalmente confluyen en el mar de la vida, del amor…y la muerte.
Casi a ciegas, la amada se deslizó escaleras
arriba y volvió a la alcoba con la mano sobre el vientre, anegado el vestido
por la premura con la que su primogénito había decidido venir al mundo. Con una
voz enérgica llamó a sus sirvientas, que la desposeyeron del empapado sari y la
metieron en la cama. Fuera, tras las balconadas donde los dos amantes habían
contemplado los rayos lunares vestir sus cuerpos desnudos, los ángeles
jugueteaban alegremente, y sus alas rozaban por un leve segundo los visillos en
las ventanas, levantando regueros de polvo de estrellas y corrientes de aire
fresco. La niña nació sin lágrimas, pues ya su madre había derramado un
torrente de ellas y no quedaba ni
siquiera un resto para que pudiera llorar la pequeña. “Última rama de las
dinastías abasí y nazarita, hija sin padre, bienvenida al dolor y al
sufrimiento de la vida, a la que sin embargo te aferrarás y amarás más que a ti
misma”, susurró la joven a su hijita, la hija de Abu Abdalah, descendiente del
noble tronco de los musulmanes de Hispania, y que fue bautizada con el nombre
de Azahara, en honor a las frondosas huertas de fragantes limoneros y naranjos
crecidos en la tierra de su padre y de sus ancestros de allende el horizonte.
El amado murió entre sus brazos al conocer el
triste sino de su estirpe. Una carta de su hermano Abdel-Asís le contaba que la
guerra había asolado lo poco que quedaba de Al-Andalus, pereciendo en el
oprobio y la vergüenza los restos de lo que había sido el esplendoroso califato
de Córdoba. Ni Yusuf ni sus valientes guerreros habían podido frenar el
incontenible avance de los cristianos, a quienes hubo que entregar Granada y
con ella el pasado y el futuro de las gentes que en Hispania adoraban a Alá y
no tenían otro hogar ni otro destino que el inminente destierro. Eso, o la
conversión a unas creencias de las que renegaban y a las que aborrecían con
toda su alma de viejos musulmanes. Contaba el hermano que la huida de
“Abdel-Asís” había consternado a la madre del muchacho, que había maldecido al
hijo que se había quedado en Granada para gobernarla en medio del caos, de la
degradación moral del rey y del desánimo de Yusuf y de sus hombres. Rendida
Granada, entregada por un puñado de cláusulas engañosas, condenadas las gentes
sencillas a morir en tierra extranjera o a vivir en tierra propia adorando a un
Dios que no era el suyo, a la familia real no le quedó otra alternativa que
marchar junto a sus súbditos a algún lugar perdido donde su nombre y su semilla
fuera borrada para siempre. El día antes de partir, ante los restos carbonizados
del campo de batalla, la reina había dicho al falso Boabdil: “Eres la vergüenza
de mi familia y contigo muere el alma de Al-Andalus. Llora como mujer lo que no
has sabido defender como hombre”. Y el falso príncipe heredero lloró, durante
días, sin que ningún consuelo viniese en su ayuda. Sólo la idea de la muerte
era tentadora, la única salida digna. Pero Abdel Asís recordó que, allende el
mar, en algún lugar de África, su
hermano, el verdadero Boabdil, vivía su amor junto a una muchacha, ajeno a los
problemas de palacio, tal y como le había contado en una carta secreta, sellada
en Fez sin fecha y dirigida al último vástago de la dinastía nazarita.
La amada no pudo contener la reacción de su amado
al leer la carta de su hermano en Hispania y conocer la noticia de que su reino
tan amado ya no existía. La noticia le congeló el pecho y su corazón, débil
como un pajarillo desde que el joven era un niño, comenzó a latir cada vez más
lentamente, al tiempo que la angustia y la culpa le carcomían las fuerzas. Formó con sus manos un haz, cubrió con ellas
su rostro, y a sus manos las cubrió con su llanto, irrefrenable, desbocado,
entregándose a la pena y al desconsuelo. Las palabras terribles de su madre se
habían cumplido a pesar de la distancia.
El amado
murió una mañana de octubre, a pesar de los cuidados de la joven, quien, segura
de su pericia para calmar el dolor del alma, nada pudo hacer por restaurar los
añicos de la de su amado, amante y amigo, que se fue del mundo de los vivos sin
saber que había dejado una estela de esperanza en el vientre de su esposa. No
fue sino después de enterrar a su amado cuando la joven pudo comprobar que
estaba encinta. El dolor del amor se calmó con la futura llegada de un nuevo
ser a su palacio ahora tan frío y solitario, y en cuanto tuvo fuerzas, volvió a
abrir los balcones, a dejar entrever su rostro a los transeúntes, a demorarse
en los pequeños detalles que le hacían la vida más gustosa. Por eso al sentir
los dolores del parto, decidió asomarse a la calle para darse cuenta por primera
vez en días de que su Fez era la ciudad más hermosa del mundo, y de que la
promesa de vida era el principio del alivio de su luto, tan recatado y tan
manso como el de un corderillo enfermo. Y así vestida, con su sari tornasol,
salió a las calles fragantes, ocultando en el seno hermosamente hinchado de
vida un gran ramo de rosas, y caminó hacia el puerto a depositar en el vientre
del mar un último regalo para su amado, que sólo había sido feliz en el corto
trayecto en barco que le había llevado a su amada, imaginando cómo sería su
larga vida juntos, pensando en los nombres que daría a sus hijos, elucubrando
el futuro de ambos lleno de dicha, sueños que su corazón grande y bueno,
cansado y roto por el dolor, había truncado dejando de latir como el eco de una
caracola herida. El rostro de Azahara, que era el rostro de Abu Abdalah en
diminuto, confirmaba, por fin, que la muerte no era la terminación de la vida,
sino que la vida comenzaba tras la muerte, que el hijo desafortunado del
destino había plantado la semilla de su propia creación hermosa, que al fin
había dejado tras sus pasos unos pasos, incipientes, balbucientes, llenos de
ingenua inocencia, los de una niña, Azahara, hija del hombre que vino del mar a
coronar con sus besos y caricias los designios del amor primero que una reina
cristiana disfrazada de gitana celosa había pronosticado, sin importarle que
con sus malas artes provocaría la caída de un reino entero. Abu Abdalah sería
de la mujer ultramarina, pero ¡ah Granada!… Granada no sería de nadie más que
de ella, la artera, la fría, la arpía Isabel Primera de Castilla.
Cuentan las crónicas que Azahara creció tan
hermosa y galana como una flor heráldica, y que al cumplir los dieciocho, bajo
las intrigas de su madre, que la hizo pasar por una princesa cristiana, fue
presa en Orán por el rey de Portugal, Sebastiaô, quien prendado de la joven la
desposó y la llevó consigo a la península. Del fruto de sus amores nació una
niña, a la que su madre, ironías del destino, puso por nombre Isabel. La bella Isabel,
rubia como el viento de Fez, de ojos azules como su padre y piel tostada como
su madre, le robó el corazón al nieto de la reina de España, un emperador
alemán nacido en Gante, en el reino de Holanda, Carlos, quien nunca llegó a
saber que los nazaríes habían vuelto a recuperar Granada, y con ella España y
la mitad del mundo conocido.
La amada siguió viviendo por y para el recuerdo
del amado, hasta que un buen día notó que las alas de los ángeles llenaban su
estancia de polvo de estrellas y aire fresco, y se entregó al sueño eterno para
caminar con el amado por las sombras del mundo de los muertos. Cuando llegaron
las sirvientas a la estancia de la señora de la casa, sobre la cama sólo
quedaba un ramo de rosas y las huellas de una lágrima reciente, mientras el mar
traía el antiguo eco de unos amores que habían trastornado al universo entero.
De “Te cuento mi universo, 1994-2006.”
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