El último fin de semana / Juan Miguel Sánchez Vigil

La Feria del Libro cierra sus puertas el domingo 15 de junio. Esta reunión de colegas de Gutenberg es, obviamente, un negocio. Sin embargo, hay negocios o maneras de matar el ocio para ganarse la vida que enganchan a quienes los ejercen. La Feria del Libro de los años ochenta nada tiene que ver con este espectáculo de masas donde se exhiben obra (y autores) de prestigio mezclados con extraños elementos (Aida Nízar, invento de un programa de televisión, firmaba ejemplares de un libro que lleva su nombre en la portada. Aclaro, perdón, que no firmaba sino que estaba allí esperando clientela).
Decimos que se exhiben obras (y autores) porque las casetas más parecen a veces los habitáculos de la antigua Casa de Fieras (estamos en el Retiro). Haciendo una broma de mal gusto, me decía un amigo el otro día que cuando era pequeño en las casetas de la Casa de Fieras (zoológico) estaban los tigres, leones, monos, hienas... y que los niños les lanzaban cacahuetes, palomitas y migas de pan que los bichos recogían y se llevaban a la boca como ansia, como si no hubieran comido en años.
Todavía hay quien se acerca con miedo a preguntar el precio de un libro, porque la distancia entre uno y otro lado de la caseta no se ha roto. No me refiero a los espacios de las librerías, donde el vendedor está pendiente, siino a los de las editoriales. Pidió mi amigo un catálogo a cierto tipo y antes de contestarle lo examinaron (a él claro, no al catálogo). Eso es lo que sintió, aunque tal vez se lo estaba imaginando proque es un gran lector y de vez en cuando se transforma en personaje. Por fn se lo entregaron porque debió superar la nota exigida por el tribunal.
Claro que si miramos la cantidad de paseantes en corte que llevan bolsas con folletos, pegatinas, gorras, camisetas y ese sombrero de paja que puedes conseguir si tomas una cerveza con limón, la cosa está para poner tribunales en todas las casetas. A veces me pregunto: ¿Qué hará ese señor/a con tanto folleto? Porque ese tipo de papel, que suele ser bueno (el continente quiero decir: satinado, barnizado, etc.) no sirve para envolver y mucho menos para otras cosas más personales.
La Feria sigue. Si ustedes acuden los días 14 y 15 toménselo con paciencia. Son las jornadas de mayor afluencia, porque todavía en España lo dejamos todo para el último minuto. Hay libros por millares, y espacios en los que da gusto detenerse porque el trabajo de los editores aflora por todas partes.
Vean lo que vean o miren lo que miren, siempre les quedará en la retina un nombre propio, un apellido, un título, o la sensación de estar enamorados cuando acaricien la cubierta de un poemario de aquel hombre o mujer que creyó que el mundo cambiaría cuando al escribir un verso se mezclaron lágrimas y tinta.
Les daremos cifras, resultados y demás datos en próxima entrega.