Una de nuestras colaboradoras, nos entregó este poema con la intención de dar a conocer otra forma de hacer poesía. Pasen y lean. Pasen y comenten.
Por Francisca Castillo Martín
Cuando
los poetas gritaron, ella guardó silencio. Suaves estertores de pajarillo débil
recorrieron su cuerpo desnudo ya de vida.
Desde el río llegaban las odas rabiosas de
los poetas, dando dentelladas a la luna de sangre, espuria y enronquecida de
llanto dulce y piel amarga.
Desmayado en el diván de la miseria,
bordaba estrellitas de plata un gato de ojos brillantes. La favela se
estremeció cuando el viento, enloquecido caos de dolor lívido, galopaba sobre
sus hombros sin techo. Una llama, sonrojada, bailaba la danza del vientre para
su público formado por un millón doscientos veinticinco mil ojos de cristal. La
niña no se movió de su camastro, porque estaba muerta desde antes de nacer.
Salvas ahogadas por el verdor de la frondosa selva la saludaron dando brincos
de pluma para asomar el hocico por entre las hojas de los bananeros de papel
cartón. Los ratones clavaron sus ojos en la arena y brotaron charcos de fango.
La niña no se movió de su camastro. Su madre vomitó mil rosas de ceniza
puntiaguda y abrió una grieta en el aire transparente para pedir a los poetas
que callaran. El erizo inició la vuelta al mundo, dispuesto a convertirse en un
personaje de Julio Verne, pero fue alcanzado por el rayo, y quedó inmóvil, con
una expresión turbia y demoníaca en la porcelana gris de sus ojos sin fondo. El
erizo era el animal favorito de la niña. La niña no se movió de su camastro. La
madre abrió una ventana de cobre y mirto y penetró en las orillas del sueño
perfumado por el recuerdo doloroso de la niña agonizante y el erizo muerto con
los ojos clavados en la luna. El padre pidió a los poetas que dejaran de dar
dentelladas a la luna, porque su niña se estaba muriendo. Atormentado, azul y
ámbar el rostro, contraído el pulso, apasionada e irrefrenable su sangre, lanzó
por el acantilado el alma aún caliente de la niña, aún latiendo en su mano, aún
tornasolada y turgente. Se arrojó tras ella y lanzó un aullido descolorido y
pútrido al llegar al suelo, pero la niña no se movió de su camastro. El aire se
llenó de pequeños fragmentos de esperanza. Allá arriba, en la montaña, el
pájaro del odio amamantaba inútilmente a sus hijuelos disecados.
La madre sintió cómo el frío cortaba su
garganta redonda y jugosa, rematada en tres collares negros trenzados por los
negros dedos de su hija. La luna, herida de muerte, juró venganza, mientras los
perros de piedra se desternillaban de risa. La niña no se movió de su camastro.
Los poetas, mudos y desnudos, radiantes pero altivos y malignos, no tuvieron
más remedio que marcharse triste y blandamente.
***
Suplicó por última vez que le concediera
la gracia de marcharse. En los rechonchos espejos de sus ojos se multiplicó el
brillo maléfico de una mariposa envuelta en el verde crujido de su batir de
alas. El sudor daba un matiz cobrizo a su piel tensa. Cerró los párpados.
Errabundo, ingrávido, comenzó a vagar por el pasillo en sombras. El corredor se
ampliaba infinitamente, como un manantial umbrío, luengo e indefinidamente
oscuro, endiosado como el tiempo pero sin la gracia de los espíritus. Recordó a
su hija, pequeña y marchitada como una margarita rota en la caja de zapatos de
algún niño enfermo. El sudor se le enfrió de repente en el rostro y recibió una
bofetada de aire fresco. Había conseguido huir de la mansión del Poeta y,
arrodillándose, a pesar de que hacía tiempo la niña, serena y astutamente, le
había dicho que no existía, dio gracias a Dios por ello.
Notó la tierra apisonada entre sus
rodillas y su terca humedad. Bajo el manto de estrellas, con el rumor único y
rítmico del grillo, se echó de espaldas en la frescura correosa de una yerba
empecinada aún en soportar el peso de su cuerpo.
***
Despertó entre sombras. Otra cruda
pesadilla. En la semipenumbra, notó el bulto escurridizo y panzudo de su
esposa, que dormitaba aparentemente plácida, boqueando al compás de los
aullidos de los perros mansos del jardín. A su garganta enarcada por el
mortecino resplandor de la luna herida se aferraban triste e inútilmente unos
tiernos collares de azabache profundos y fríos como la noche.
Se incorporó. Notó el aliento de miríadas
de jazmines jugando en la cabellera, celeste como un planeta líquido, de la
mujer. Se dirigió al baño y descorrió las cortinas de la ducha. Abrió el grifo
y dejó escapar un alarido indigesto que había soterrado durante mucho,
demasiado tiempo. Para no despertar a su esposa, lo extrajo con cuidado de la
minúscula estancia y lo arrojó por la ventana, y pudo oír cómo su eco se
multiplicaba en el inmenso cielo estrellado que besaba la llanura con temblores
de pájaro chiquito.
Decidió, mientras se sumergía en las aguas
silenciosas del olvido, que no regresaría a ese caserón ruinoso mientras no
tuviera fuerzas para enfrentarse al Poeta. La hora final estaba aún por llegar.
Con el puñal de verde nácar, mutilaría su alma deshumanizada y arrojaría sus
pálidas manos al vacío. Con una calma plomiza vería arder sus libros...
***
Desde que su hija murió comenzaron
aquellos sueños. En ellos, todo lo inerte cobraba vida espiritual y voluntad
propia, dejando de ser por un instante meros adornos fútiles del paisanaje.
Pero lo que más terror le producía eran esa casa y su tétrico inquilino.
-¿Desde
cuándo esos sueños?-interrumpió el doctor.
-Ya
se lo he dicho. La misma noche de la muerte de la niña.
-No
ha comprendido mi pregunta. Me refiero al tiempo que hace que comenzaron esos
sueños.
-Cinco
años. Cinco años con sus días grises y sus noches azules. Cada noche y todas
las noches. Invariablemente. Siempre.
La eternidad izaba sus alas en la lustrosa
consulta del psicólogo. Parecía como si aquel hombre amanerado y
lamentablemente postrado en el diván acudiera en su ayuda para responder a una
pregunta eterna y sublime, pero abortada antes de ser formulada a flor de
labio. Poseía un aura poderosa, magnética, como si pudiera atraer en torno a sí
las corrientes gravitatorias de otros campos de energía. Pero sus ojos
reflejaban una angustia tan vieja y tan diáfana como un mar en calma. Parecía
como si tratara de reconfortarse con una desvencijada sonrisa interior. Era un
hombre dolorosamente iluminado por el ángel de la muerte. El doctor sintió
instintiva compasión, infinita pena.
-¿Qué
elementos destacaría de su sueño?-Una mano inteligente y delicada, de largos y
finos dedos, presta a tomar rápidas notas sobre el papel, una voz que se abría,
despacio, con un quejido gutural, una luz muy tenue y densa, unos ojos que no
veían...
-Un
río de corrientes tumultuosas, un prado desproporcionadamente grande y hermoso,
un desierto poblado de dunas y soledades, una iglesia semiderruida coronada por
un campanario incólume y taciturno...Una montaña nevada, surcada por huellas
sin nombre, sin tiempo, infinitamente pequeñas e infinitamente solas. Un aire
de incienso y malva lo cubre todo como un manto de ensueño...Y, postrado de
espaldas al horizonte, un caserón desalmado, polvoriento y derretido bajo el
peso de un sol sin justicia ya para tantos....Es el hogar de los cuervos
inmisericordes y de las parcas y monstruos que gustan de asustar a los niños
pequeños desde el fondo de un armario...en el ubérrimo jardín sólo florecen los
verdes cementerios del amor...no hay vida en el frío mármol de sus paredes,
vestidas por el hielo de la mirada de miles de ojos pétreos, salvajes y
solemnes, desangrado recuerdo de una cacería tortuosa y viejísima...Entre esos
desolados paredones no pueden cobijarse espacio y tiempo...sencillamente, no
existen. Cuando penetré por primera vez en la mansión, además de abatirme una
oleada de calor frío me ganó la sensación de estar situado en un punto único
del universo rebelde a todo mapa o calendario. La fascinación se fue apoderando
de mí y me abandonaron los demás sentimientos: amor, dolor, miedo, ira...Miré
hacia el cuenco que formaban las palmas de mis manos. Tardé un tiempo en
comprender que en el núcleo, entre la carne y la sangre, allí donde diestra y
siniestra más se unían, en irrompible abrazo, yacía un pequeño Aleph. Transido
por el resuello de miles de almas, caminaba por el pasillo casi a tientas, con
pasos de gigante sonámbulo...
-¿Y
qué es lo que vio en ese Aleph?-interrumpió el doctor, visiblemente aturdido-.
(El doctor era un gran admirador de Borges).
-Vi
una telaraña de espirales en la que fluían en azarosa lentitud espejos
cubiertos de un orín antiquísimo, cortinas festoneadas, armaduras milenarias,
fugaces llamas amamantadas por eternas lámparas que abrían minúsculas puertas
de luz en el muro intransitable de la oscuridad, flamígeros espíritus que
agitaban indecorosamente sus livianos senos en el aire...Vi la vida en unos
ojos que lloraban, y en la vida vi la muerte...y vi a mi hijita en su camastro,
y el rayo, y el huerto de los erizos, y los perros de piedra, y los collares
negros, y vi, sentí el dolor...
(...)
Cuando traté de ver a los poetas, echaron
a correr por el monte, aullando con sus blandas y fétidas manos ensortijadas en
la cabeza...
Ellos
la mataron. Ellos escribieron un poema acerca de la muerte de mi hija
trescientos años antes de que ella naciera. -El hombre del aura poderosa se
había sumido, a medida que avanzaba en su relato, en un profundo sopor-. -No
son sólo sueño, son también flor y espada, desdeñosas aves y maldad humana. Son
la hoguera de la soledad. Ellos la mataron. Sin embargo, no les culpo a
ellos, pues obedecen las órdenes del Poeta...son perros acólitos, meros muñecos
de trapo. La niña no tenía la culpa. Debí cortarles sus escuálidas y frígidas
manos hace mucho...Cuántas veces me he sentido tentado de entrar en la
biblioteca...ése es su refugio y morada. He hablado con todos aquellos que
perecieron en el intento...Me advirtieron que no tratara de mirarle a los
ojos...arde en ellos el tormento de mil infiernos de vacío y lujuriosa
soledad...Son dos brasas que penetran mucho más allá de toda dicha y todo
dolor...No es humano...Los libros, callados tesoros de los hombres, no son más
que un pretexto...Las firmes columnas en que descansan anaqueles repletos de
respuestas soportan un peso hercúleo que roza casi el verde esplendor de los
jardines celestiales...
Toda la sabiduría del universo está
concentrada en esas cuatro paredes de inefable fortaleza. Pero él, conocedor de
sus misterios, la desprecia y se ríe de los hombres graznando en sus altas
cumbres...
El soporífero reloj no marca ya las
horas...adorno cruel de una naturaleza extraña...pero dará las doce cuando le
clave mi puñal verde en sus verdes ojos de serpiente amarga... Debo destruir lo
que hace tiempo creé...debo enfrentarme a quien cree mover los hilos invisibles
de nuestro destino en sombras, debo arrancarle la chispa vital que habita su
pecho sin alma...porque la niña no tenía la culpa de haber nacido dentro de sus
ojos de dragón voluptuoso. Yo no era el padre de esa niña, es verdad, pero me
hice cargo de ella y la quise y la protegí largo tiempo de quien la había
traído, desnuda y tierna, a este mundo de padecimientos y mortecinos
estertores. Pero el viejo de ojos grandes mandó a esos poetas de aliento
demencial a que hundieran una flor de sangre en el pequeño pecho
aterciopelado...Su propio padre...
El doctor inspiró profundamente el aire
nocturno y dejó escapar un suspiro redondo transido de tristeza. Bajó la
persiana. Contempló la turbia estrella en los ojos de su paciente. Acercó una
de sus manos al rostro demacrado y le bajó los párpados. Comprendió,
compungido, la temeridad de la acción del desesperado padre. Se había
enfrentado al Poeta, y su valiente arrojo y decisión nada habían podido hacer
para evitar mirarle a los ojos.
Cuando bajaba las escaleras del hall, la
ambulancia llegaba dando gritos en medio de la noche cerrada.
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