Mi primera corrida de San Isidro (29 de mayo)
Texto: María Olivera Zaldua/ Fotos: Paloma Aguilar

M.Durán
Mi anterior crónica fue sobre la visión de una aficionada por la televisión y hoy, día 29 de mayo, he ido a la plaza con mi mejor amigo, Armando, el chico más guapo, simpático y majo de Chinchón. La corrida ha sido espectacular por los toros y he disfrutado más en la plaza que en el sofá. Mientras le esperaba a la salida del Metro, observaba a la multitud que había alrededor, como llegaban de todas partes en grupos, corriendo para no llegar tarde al primer toro. Al entrar me impresionó lo grande que es la plaza y la cantidad de gente, toda con un mismo objetivo: ver una gran faena.

Lo que más me ha llamado la atención son los sonidos, y también el silencio con que se espera la salida desde los toriles al albero, el murmullo, los gritos del matador, los banderilleros citando al toro, los derrapes del morlaco en los primeros quites, el empuje en el caballos y los derrotes en las tablas, el sonido de los cascabeles de las mulillas…

La plaza pide silencio cuando la faena es buena para que se escuchen los ¡olés! Desde algunos tendidos se oyen voces de crítica al torero o bien aconsejándole cómo debe torear mejor. Todos estos gritos retumban en la plaza y no pueden ser advertidos ante el televisor.

Cuando termina la faena todo el mundo se pone en pie y los fotógrafos aprovechan para sacar las fotos a los amigos, como en mi caso, o a las personas que se lo piden. Entre tanto se comenta cómo fue el toro, o cómo ha sido el día de trabajo. Estos pequeños detalles tienen mucho valor en la plaza.

Ha sido mi primera corrida de San Isidro, había estado en los toros algún verano y es absolutamente distinto, porque en verano van los japoneses con sus cámaras y en estos días asisten los verdaderos aficionados: ¡Se acaba la feria grande y seguimos sin puerta grande!
